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El Papa
pide reconocer la herencia cristiana en la Constitución de la U.E.
Zenit
Vaticano
El Papa Juan Pablo II ha pedido que la futura Constitución de la
Unión Europea reconozca el patrimonio cristiano, en el respeto de
la laicidad propia de las estructuras políticas.
El justo reconocimiento de los valores cristianos que han forjado
Europa, aclaró, “ayudará a preservar al continente del doble
riesgo del laicismo ideológico, por una parte, y del integrismo
sectario, por otra”.
El pontífice repitió su propuesta el domingo 16 de febrero en la
intervención pronunciada antes de rezar el “Angelus” junto a miles
de peregrinos congregados en la plaza de San Pedro dedicada a
recordar la herencia dejada por los santos Cirilo y Metodio, cuya
fiesta se celebró el 14 de febrero.
Los dos santos hermanos desempeñaron en el siglo IX un papel
decisivo para la unidad de Europa Oriental y Occidental, tanto a
nivel religioso como cultural: fueron los grandes evangelizadores
de los pueblos eslavos para quienes crearon el alfabeto cirílico.
“La característica de su apostolado fue la de mantenerse siempre
fieles tanto al Romano Pontífice como al Patriarca de
Constantinopla, respetando las tradiciones y la lengua de los
pueblos eslavos”, recordó el Papa.
“Les animaba un profundo sentido de Iglesia una, santa, católica y
apostólica, mientras que la invocación de Jesús ‘ut unum sint’ [‘Que
sean uno’]” (Juan 17, 11) constituía su lema misionero”, constató.
“Que su ejemplo e intercesión pueda ayudar a los cristianos de
Oriente y Occidente a reconstruir la unidad plena”.
“La herencia de los santos Cirilo y Metodio es preciosa también
bajo el perfil cultural —dijo el Papa—. Su obra contribuyó, de
hecho, a consolidar las comunes raíces cris-tianas de Europa,
raíces que con su sabia han impregnado la historia de las
instituciones europeas”.
“Precisamente por este motivo se ha pedido que en el futuro
Tratado constitucional de la Unión Europea se deje espacio a este
patrimonio común de Oriente y Occidente. Una referencia de este
tipo no quitará nada de la justa laicidad de las estructuras
políticas”, insistió Juan Pablo II.
En alusión implícita a la crónica de estos días, concluyó: “Unidos
sobre los valores y recordando el propio pasado, los pueblos
europeos podrán desempeñar plenamente su papel en la promoción de
la justicia y de la paz en el mundo entero”.
Unión Europea ignora pedido del Vaticano y excluye el nombre de
Dios
Fides
Roma
La Convención sobre el Futuro de Europa anunció el 19 de febrero
que, a pesar del pedido expreso del Vaticano y numerosas
denominaciones religiosas, las referencias a Dios quedarán
excluidas del decisivo artículo segundo de la nueva Constitución
Europea.
Pese a que el mismo Papa Juan Pablo II dirigió una carta al
Presidente de la Convención, Valery Giscard d’Estaing, solicitando
incluir “una clara referencia a Dios y a la fe cristiana”, un
vocero de la UE informó que se había decidido “prescindir de
cualquier referencia a divinidad alguna”.
Una fuente del Vaticano calificó la decisión como “completamente
insatisfactoria, pues va en contra del explícito deseo de una
parte muy importante de los pueblos europeos”; pero también se
mostró pesimista respecto a la posibilidad de un cambio.
Actualmente, la Unión Europea está recibiendo la presión de varios
parlamentarios para permitir que Polonia y Malta mantengan su
legislación pro-vida sin interferencias de las demás naciones, en
su mayoría abortistas.
¿Perderá Europa
sus raíces cristianas?
Zenit
Exeter, Inglaterra
¿Perderá Europa sus raíces cristianas? Ante las aparentes señales
de una creciente indiferencia religiosa en el Viejo Mundo, hay
quienes piensan que esta pregunta podría convertise pronto en una
afirmación.
Entre los especialistas cuyas respuestas suelen solicitarse en
relación con esta problematica, se encuentra la socióloga
británica Grace Davie, presidenta del Comité de Sociología de la
Religión de la Asociación Sociológica Internacional, profesora de
sociología de la religión de la Universidad de Exeter, y autora
del libro ‘Europa. La excepción. Parámetros de fe en el mundo
moderno’ (Europe.
The
exceptional case, parameters of faith in the modern world).
La profesora Davie, que dirige el Centro de Estudios Europeos de
Exeter, está convencida de que en Europa se ha impuesto la fórmula
believing without belonging, es decir, creer sin pertenecer
necesariamente a instituciones o comunidades.
En una entrevista reciente, Davie explicó que este fenómeno se
debe, en parte, a una Ilustración antirreligiosa vivida por el
viejo continente, factor que en los Estados Unidos fue
precisamente el contrario. La llamada época de las luces, en los
Estados Unidos de América, propició la libertad religiosa,
mientras que en Europa la amordazó.
Mientras el fenómeno religioso tiene cada vez más importancia en
el mundo, en Europa parecería perder peso. ¿Por qué Europa es una
excepción en términos de fe?
El elemento importante es que la relación entre modernización y
secularización se explica a partir de las circunstancias de la
realidad europea en los tiempos de la revolución industrial. Las
iglesias tradicionales estaban profundamente enraizadas en modos
premodernos y preindustriales de vida. Por esta razón se vieron
amenazadas por las presiones de la industrialización y la
urbanización.
¿Perderá su alma Europa?
El “alma” de Europa está cambiando. La gente ya no es religiosa
por obligación. Un número significativo de europeos, sin embargo,
sigue escogiendo vivir la religión.
Las opciones se amplían cada vez más. Aparecen formas novedosas de
religión. Personas que han llegado a Europa, sobre todo por
motivos económicos, traen consigo distintas formas de religiosidad.
La cuestión crucial no es la existencia de las diferentes ofertas
religiosas, sino la capacidad de los europeos para optar por ellas.
Este es el mayor punto de contraste con los Estados Unidos.
Lo que antes fue sencillamente impuesto o heredado, ahora se
convierte en una opción personal.
¿Aumentará todavía la fórmula de creer sin pertenecer a
instituciones en el contexto europeo?
Sí y no. En cierto modo preferiría el término “religión vicaria”,
por el cual entiendo la noción de religión propia de una minoría
activa, que actúa en nombre de un número mucho mayor, que no sólo
entiende sino que aprueba lo que la minoría hace.
Si es cierto que el peso de las iglesias como institución ha
descendido en el período de postguerra, también es verdad que ha
sucedido algo semejante a otras entidades, como los partidos
políticos o los sindicatos.
La reducción de la actividad de las Iglesias tiene que entenderse
como parte de un cambio en la naturaleza de la vida social, y no
como un signo inequívoco de indiferencia religiosa.
En otras palabras: creer sin pertenecer es una dimensión
persistente en las sociedades europeas modernas, y no está
confinada sólo a la vida religiosa.
Es demasiado pronto, sin embargo, para predecir el fin de las
iglesias europeas. Mucho antes de que esto ocurriera, empezarían a
emerger nuevas formas de religión, dentro y fuera de las iglesias
tradicionales. Quizá serán grupos pequeños, pero creo que serán
núcleos capaces de llevar a cabo formas de religiosidad
substanciales.
¿Responderá Europa a las demandas sociales del Islam?
Lo está haciendo. No sorprende que las comunidades musulmanas
reclamen cada vez más un lugar en el espacio público de las
sociedades europeas, incomodando en muchas ocasiones a las
sociedades que les han acogido, particularmente aquéllas cuyo modo
predominante de vida religiosa ha sido el de creer sin pertenecer.
Un Islam privatizado no tiene sentido; de hecho es como una
contradicción. El Islam molesta a los cristianos de nombre (por
ejemplo, en las crecientes formas privatizadas de religión
heredada). Molesta mucho menos a los cristianos que han “elegido”
pertenecer a una iglesia determinada.
Pero si las pequeñas y recién llegadas comunidades musulmanas
pueden reclamar un espacio público en Europa, de la misma manera
lo pueden hacer los cristianos. De hecho, los cristianos ya
reclaman su papel en los complejos debates morales de la sociedad
moderna, o en la lucha por una sustentación institucional adecuada
de todas las sociedades europeas que toman en serio la religión.
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