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Debemos cruzar los
umbrales del miedo...
Homilía de Monseñor José Siro González Bacallao, Obispo de Pinar
del Río, en la Misa del Centenario de la Diócesis
Catedral de Pinar del Río,
20 de Febrero de 2003.
Queridos hermanos y hermanas:
1. Elevemos nuestra voces y nuestro espíritu en un himno de Acción
de Gracias a nuestro Dios, Señor de la Historia, que nos ha
permitido celebrar este primer centenario de la creación de
nuestra querida Diócesis de Pinar del Río.
En efecto, hace hoy justamente cien años que el Papa León XIII, de
feliz memoria, erigía el tercer Obispado que tuvo Cuba luego del
primado de Santiago de Cuba y el de San Cristobal de La Habana.
Este mismo día y con las mismas Letras Apostólicas creaba también
la cuarta Diócesis de la Isla, nuestra hermana y querida Iglesia
de Cienfuegos, con la que tenemos el gozo de compartir
espiritualmente esta celebración. Su Obispo vendrá, Dios mediante,
a presidir la Fiesta de nuestro Santo Patrono San Rosendo el
próximo 1ro. de Marzo.
Nuestra acción de gracias se eleva a Dios, nuestro Padre, por la
historia de evangelización que durante más de 300 años ha venido
escribiendo el Pueblo de Dios, la Iglesia que ha peregrinado en
estas tierras vueltabajeras, bajo la acción del Espíritu Santo.
No podemos dejar de mencionar las visitas pastorales de los siglos
pasados, efectuadas por Pastores como el Obispo Diego Evelino de
Compostela, quienes recorrieron estos campos a caballo, en volanta
o en carretas para anunciar con audacia y pasión el Evangelio de
Cristo. Ellos fueron los padres fundadores de esta Iglesia, ellos
regaron la primera siembra de la que todos los siglos posteriores
han recibido la luz de la Verdad. Sobresale la preocupación por la
situación de las familias, por las pobrezas materiales, por los
problemas sociales que estos Obispos y cada uno de los párrocos
dejaron plasmados en los Archivos de la Iglesia al realizar las
Visitas Pastorales. Esta es la lección: la Iglesia desde siempre,
a lo largo de los siglos, ha expresado su preocupación por la vida
del pueblo, se ha dedicado a remediarla como pudo y ha encontrado
el sentido de su predicación profética en la entrega generosa al
servicio de los más necesitados del alma y del cuerpo. Nosotros
somos herederos de esta ingente labor en la que nunca se separó la
siembra de la Palabra y la cura de las heridas, el anuncio de
Cristo y la redención de los hombres y la mujeres que encontraba
en el camino. No debemos descuidar esta herencia. No la debemos
dejar en segundo plano, aun cuando la Iglesia sea incomprendida y
segregada de los cauces por donde corre la vida pública y el
debate para la solución de estos problemas.
Los Obispos que vinieron después, continuaron esa sagrada misión
de enseñar, santificar y guiar a este pueblo. Y en este siglo,
damos gracias por Mons. Orúe y Vivanco, de corto ministerio
episcopal; por su sucesor, uno de los más grandes obispos de Cuba,
Mons. Manuel Ruíz; por el entrañable y nunca olvidado Mons. Evelio
Díaz, el primer pinareño pastor de esta diócesis, y por el
episcopado de Mons. Rodríguez Rozas, de feliz memoria, y de
nuestro querido Mons. Jaime, que es ahora Arzobispo de La Habana y
Cardenal de la Santa Iglesia. Rueguen conmigo a Dios para que este
siervo suyo pueda servir fielmente a este pueblo, aún sin poder
alcanzar la altura de mis predecesores.
2. Debemos dar gracias a Dios también porque un numeroso grupo de
sacerdotes como el Padre González Arocha, el Padre Miret, el Padre
Cayetano, el Padre Claudio Ojea y muchos más gastaron su vida al
servicio de este pueblo, y manifestaron patentemente y sin vacilar
su inseparable amor a Cristo y a Cuba. Los sacerdotes de hoy, los
seminaristas que serán los pastores del segundo Centenario de la
Diócesis, deben estudiar la vida y las obras de estos y otros
presbíteros que supieron, en los peores trances y en los tiempos
de bonanza, hacer la síntesis vital entre la Palabra y la vida,
entre la fe y la cultura, entre el culto y la misión, entre la
caridad y el profetismo, sin fisura, sin claudicar ante el
cansancio y los peligros. Inspirémonos en esa coherencia de vida y
misión.
Somos también herederos de aquellos religiosos misioneros, como el
P. Ibarguren y el Padre Lombó, como el P. Rivera y el P. Jaime
Manich, jesuitas, franciscanos, escolapios, y otros que sin dejar
su carisma propio, hicieron de las misiones itinerantes,
campesinas y populares un signo distintivo de esta Iglesia de
Pinar del Río. Junto a ellos y junto al pueblo, sin pensar en
ellas mismas, sin poner primero sus necesidades congregacionales
sino las necesidades del pueblo, gastaron su vida y sus pobres
zapatos aquellas mujeres religiosas consagradas que pusieron en
Cristo toda su confianza y supieron escuchar los latidos más
profundos, las quejas más dolorosas y las lágrimas más amargas de
este pueblo. Los nombres de Sor Asunción, Sor Isabel Valdés, la
Madre Josefa Plat y tantas otras, se unen más recientemente al de
Sor Ligia Palacio Jaramillo, cada una en su tiempo y a su forma,
supieron dar testimonio de que la prioridad de su vida eran los
pobres y el sentido de su consagración la fidelidad a este pueblo.
En ellas tienen las religiosas de hoy, de mañana y de siempre no
sólo unas intercesoras, sino el ejemplo inspirador de lo que
significa la esencia de la vida consagrada. No debemos fallar a
ese legado.
3. Permítanme una última inmersión en el riquísimo pozo de la
memoria histórica de esta Iglesia que, sin mérito propio, hemos
recibido en herencia. No puedo dejar de referirme con profundo
agradecimiento a la multitud de laicos y laicas que marcaron para
siempre el carácter de esta Iglesia, y a la que ella le debe lo
mejor de sus obras y testimonios. La Iglesia en Pinar del Río ha
sido y es una Iglesia donde los seglares han tenido, han ocupado y
han exigido su lugar, su misión y su cuota de sacrificio.
Solamente mencionaré a algunos cuyas vidas ejemplares son
elocuentes por sí solas. Comienzo por las mujeres: Doña Panchita
Barrios, madre de muchos hijos y misionera de nuestras campos y
lomeríos; Paulita Castillo, progenitora de una gran familia e
incansable predicadora de la misericordia de Dios; Zoila Quintans,
fundadora de las maestras católicas, Josefa Méndez; Lola Careaga,
también conocida como “el beso de Cuba” por el gesto que tuvo con
el Papa en plena Plaza José Martí, y tantas otras que cuidaron,
defendieron, ayudaron a reorganizar la Iglesia, en los duros
momentos en que la mayoría de los hombres y las demás mujeres le
volvían la espalda.
Debemos mencionar también e implorar su intercesión, a aquellos
hombres laicos, intrépidos cristianos como César Balbín, misionero
desde Oriente en cada vega y casa de tabaco; Justo Figueroa, negro
valiente y devoto que sembró de capillas y de fe la parte norte de
nuestra diócesis; Ormani Arenado Llonch, joven piadoso y culto que
entregó su vida en coherencia con su compromiso con la libertad de
Cuba desde la inspiración cristiana, y más recientemente, el
hermano Arturo de Candelaria y la hermana Lilia Carbonell, de
Mantua, para sólo mencionar algunos.
Queridos laicos y laicas de la Diócesis de Pinar del Río, que este
rasgo distintivo de nuestra Iglesia siga distinguiéndolos hoy y
siempre. No se desanimen; los invito como Pastor de esta porción
del pueblo de Dios a ser valientes, serenos, perseverantes y muy
comprometidos con la vida de nuestro pueblo. El campo de la
familia, de lo social, de lo económico, el mundo de la política,
de la cultura, de las ciencias y de las artes, es el campo propio
e indeclinable de la misión que les es propia. Ese mundo es el
lugar donde encontrarán a Dios en la persona de cada hombre, y en
los ambientes donde desarrollan su vida y su trabajo. Ese es el
lugar de santificación de ustedes.
Nunca pidan a la Iglesia que los saque de ese mundo, antes bien,
hagan presente a Cristo y a su Iglesia en medio de ese mundo. Un
laico católico, fiel a su vocación, no huye de ese mundo, no se
refugia en la Iglesia más que para reponer fuerzas y Gracia para
volver a salir, para adentrarse “mar adentro” en cada ambiente, en
cada estructura social o política, en cada una de nuestras
familias, trabajos, escuelas y calles . Su Obispo los acompaña y
los respeta. No decide por ustedes, no los protege como
adolescentes, sino los apoya como hombres y mujeres adultos,
responsables de sus propias vidas y de cada una de sus acciones.
Como dijo el Papa, “ustedes son y deben ser los protagonistas de
su propia historia personal y nacional”. El Obispo los bendice y
los anima. Los anima a permanecer en Cuba, aquí es posible ser
feliz y ser fiel. Aquí es posible servir a Cristo y servir a Cuba
sin grietas en el alma. Es una bendición vivir aquí en estos
tiempos de transición de época y de purificación del alma.
Su obispo los anima sobre todo a ser fieles a la Verdad, audaces
defensores de la justicia, servidores de una caridad comprometida
con la erradicación de las causas de la pobreza, trabajadores de
la libertad con responsabilidad, edificadores de la paz y la
reconciliación.
4. La historia de estos cien años no es sólo una herencia
inapreciable, sino que es lección de vida, reto y desafío para el
presente de nuestra Iglesia. Esa herencia y esas lecciones son una
urgente llamada de Dios que nos invita a la fidelidad y al
compromiso.
El presente de nuestra Iglesia no puede, y no debe ser otro que el
presente de nuestro pueblo. Estamos aquí para servirlo, para
acompañarlo, para ayudar a curarlo, para cooperar en su
crecimiento en humanidad y en gracia. Estamos aquí para adelantar
el Reino de Dios en medio de nuestro pueblo. La Iglesia es experta
en humanidad y tiene un deber insoslayable con las personas que
sufren la injusticia.
Recuerdo vivamente la exclamación del Papa en la Plaza de La
Habana, cuando dijo:
“Queridos hermanos: la Iglesia es maestra en humanidad. Por eso,
frente a estos sistemas, presenta la cultura del amor y de la vida,
devolviendo a la humanidad la esperanza en el poder transformador
del amor vivido en la unidad querida por Cristo. La Iglesia, al
llevar a cabo su misión, propone al mundo una justicia nueva, la
justicia del Reino de Dios (cf. Mt 6, 33). En diversas ocasiones
me he referido a los temas sociales. Es preciso continuar hablando
de ello mientras en el mundo haya una injusticia, por pequeña que
sea, pues de lo contrario la Iglesia no sería fiel a la misión
confiada por Jesucristo. Está en juego el hombre, la persona
concreta. Aunque los tiempos y las circunstancias cambien, siempre
hay quienes necesitan de la voz de la Iglesia para que sean
reconocidas sus angustias, sus dolores y sus miserias. Los que se
encuentren en estas circunstancias pueden estar seguros de que no
quedarán defraudados, pues la Iglesia está con ellos y el Papa
abraza con el corazón y con su palabra de aliento a todo aquel que
sufre la injusticia.”(no. 5)
El magisterio de Juan Pablo II en su inolvidable visita a Cuba, de
la que estamos celebrando el quinto aniversario, debe ser la
brújula, el norte y el rasero de nuestra misión evangelizadora
aquí y ahora. Ese magisterio está en plena consonancia con las
enseñanzas de los Obispos cubanos, está en sintonía con las
prioridades y reflexiones del ENEC. Esas enseñanzas del Papa en su
peregrinación apostólica a Cuba le dan plenitud al Mensaje de los
Obispos cubanos conocido como “El Amor todo lo espera”, que el 8
de septiembre cumple 10 años, y que mantiene hoy toda su vigencia
y urgencia. La palabra del Papa en Cuba inspiró el mensaje “Un
cielo nuevo y una tierra nueva”, que los Obispos presentamos en
ocasión del Jubileo del año 2000, y que no ha tenido aún la
aplicación deseada. Creo personalmente que los puntos ofrecidos en
el Mensaje dirigido a los Obispos cubanos el domingo 25 de Enero
de 1998, son para mí, pastor de esta amada y sufrida diócesis,
principal motivo de inspiración, guía segura para orientar mi
misión apostólica y programa encarnado y profético para la vida de
la Iglesia en Cuba en los años por venir. Los animo, pues a
iluminar nuestro presente con ese magisterio pontificio.
Cuba lo necesita hoy más que entonces, porque sufre más, porque el
tiempo avanza y porque las esperanzas urgen al compromiso sin
descanso. La Iglesia que vive en Cuba, esta Iglesia de Pinar del
Río en profunda comunión con ella, debe elevar a su Señor aquella
parte de la Plegaria Eucarística que rezamos frecuentemente:
“Danos entrañas de misericordia ante toda miseria humana,
inspíranos el gesto y la palabra oportuna, frente al hermano solo
y desamparado, ayúdanos a mostrarnos disponibles ante quien se
siente explotado y deprimido. Que tu Iglesia, Señor, sea un
recinto de verdad y de amor, de libertad, justicia y de paz, para
que todos encuentren un motivo para seguir esperando”. (Plegaria
Eucarística V/b. Misal Romano.)
Al celebrar este primer Centenario de nuestra Diócesis, volvemos
los ojos hacia el Señor que sufre y espera en cada cubano y cubana.
Que no nos distraigan los ruidos de este mundo, que no nos
confundan las voces extrañas al Evangelio, que nunca perdamos de
vista al pueblo al que estamos enviados, porque si nos distraemos
no escucharemos la Palabra de la Verdad; porque si perdemos de
vista al pueblo que sufre, seremos ciegos que guían a otros ciegos;
porque si abandonamos al que es discriminado, perseguido por causa
de la justicia, al que se siente solo o desamparado, estaremos
abandonando al mismo Cristo. Así lo expresó vehementemente el
Santo Padre en el Rincón:
“Cuando sufre una persona en su alma, o cuando sufre el alma de
una nación, ese dolor debe convocar a la solidaridad, a la
justicia, a la construcción de la civilización de la verdad y del
amor. Un signo elocuente de esa voluntad de amor ante el dolor y
la muerte, ante la cárcel o la soledad, ante las divisiones
familiares forzadas o la emigración que separa a las familias,
debe ser que cada organismo social, cada institución pública, así
como todas las personas que tienen responsabilidades en este campo
de la salud, de la atención a los necesitados y de la reeducación
de los presos, respete y haga respetar los derechos de los
enfermos, los marginados, los detenidos y sus familiares, en
definitiva, los derechos de todo hombre que sufre. En este sentido,
la Pastoral sanitaria y la penitenciaria deben encontrar los
espacios necesarios para realizar su misión al servicio de los
enfermos, de los presos y de sus familias.
”La indiferencia ante el sufrimiento humano, la pasividad ante las
causas que provocan las penas de este mundo, los remedios
coyunturales que no conducen a sanar en profundidad las heridas de
las personas y de los pueblos, son faltas graves de omisión, ante
las cuales todo hombre de buena voluntad debe convertirse y
escuchar el grito de los que sufren.” (Homilía en el Rincón.no.4.)
Quiero animar a los diferentes servicios diocesanos a responder
con diligente caridad y solidaridad a ese grito de los que sufren
en el alma o en el cuerpo, en el alma propia y en el alma de Cuba.
•La catequesis de niños y las pastorales de adolescentes y jóvenes
deben seguir respondiendo a la formación integral, que es una de
las prioridades de nuestro Plan Global de Pastoral, ayudándolos a
que crezcan en la virtud y el compromiso con Cuba y su Iglesia.
•La pastoral de la familia y los grupos Pro-vida y de la tercera
edad deben responder a las necesidades urgentes y graves de la
familia cubana. Haciendo realidad aquella llamada del Papa: ¡Cuba,
cuida a tus familias para que mantengas sano tu corazón!
•La pastoral social, Cáritas, Pastoral de la Salud, Hermandad de
Ayuda al Preso y sus familiares, Comisión de Justicia y Paz y el
Centro de Formación Cívica y Religiosa, con sus grupos y servicios,
deben responder, sin desanimarse, a las urgentes necesidades del
cuerpo y a la reconstrucción de la persona y de la sociedad civil.
•Los misioneros, ministros de la Palabra y animadores de
comunidades, deben seguir la incansable siembra evangélica de
aquellos padres fundadores de esta Diócesis, de aquellos laicos y
laicas. Sembrar a tiempo y a destiempo. Sólo el Señor sabe el
mérito y el valor que ustedes tienen para no desfallecer.
•Nuestras publicaciones, la Revista Vitral, El Pensador, y todos
los boletines de los grupos y servicios pastorales y nuestras
hojitas parroquiales, deben ser fieles a la Verdad y saber que
están al servicio de ella, al servicio de la libertad de la luz y
de la justicia en el Amor. El Obispo los bendice y acompaña, los
anima y les agradece todo lo que están haciendo para hacer
realidad aquellas clarísimas palabras del Santo Padre:
“Un estado laico no debe temer, sino más bien apreciar, el aporte
moral y formativo de la Iglesia. En este contexto es normal que la
Iglesia tenga acceso a los medios de comunicación social: radio,
prensa y televisión, y que pueda contar con sus propios recursos
en estos campos para realizar el anuncio del Dios vivo y verdadero
a todos los hombres. En esta labor evangelizadora deben ser
consolidadas y enriquecidas las publicaciones católicas que puedan
servir más eficazmente al anuncio de la verdad, no sólo a los
hijos de la Iglesia sino también a todo el pueblo cubano.” (Mensaje
a los Obispos cubanos, no. 5.)
Estas obras y todas las demás obras apostólicas que, gracias a
Dios, crecen y se desarrollan en nuestra Iglesia diocesana,
cuentan con la bendición y al apoyo de su Obispo, de los
sacerdotes, de las religiosas y de muchas personas de buena
voluntad. Todas estas obras y servicios tienen un costo y una
ofrenda. El costo del sacrificio y “la ofrenda permanente que es
agradable a Dios”. Vale la pena poder presentar en la Mesa del
Señor nuestras pobres ofrendas, que en esta Eucaristía se unen al
eterno sacrificio de Cristo, que da sentido a nuestros sacrificios
y salvación a nuestras vidas.
5. Nuestro presente es una invitación a la encarnación y el
profetismo, al servicio generoso y a la apertura de mentes, de
corazones y de obras que estén a disposición de todos los cubanos,
y no sólo de los miembros activos de nuestras comunidades. En el
Salmo de hoy hemos cantado: ¡Abrid vuestros dinteles, Oh puertas,
alzaos, Oh puertas eternas y entrará el Rey de la Gloria! Esta
debe ser nuestra actitud y nuestro estilo: una Iglesia abierta a
Cuba y a todos los cubanos, los de la Isla y los de la Diáspora,
los que piensan como nosotros y los que piensan diferente. Debemos
preguntarnos durante este año Jubilar qué significa para la
Iglesia abrirse más al pueblo, a la gente concreta que comparte
nuestro peregrinar, qué significa que la Iglesia ensanche sus
dinteles a los diferentes ambientes sociales en los que aún no
está presente, ni ella como comunidad, ni sus hijos como
ciudadanos.
Debemos cruzar los umbrales del miedo, de la desesperanza, del
desarraigo, de la anomía; debemos alzar los dinteles de nuestro
compromiso, de nuestra entrega sacrificada y gozosa. Debemos
superar los postigos de nuestras falsas prudencias, de nuestras
estrecheces de miras, de nuestros posibles sectarismos y cálculos
desde la miseria humana. Abrir nuestro corazón y nuestras obras a
todo hombre y mujer de buena voluntad es abrir la puertas a Cristo.
No es abrir las puertas para que entre cualquier “aire del mundo”,
ni para que nos dobleguemos a su influjo “como caña doblada por el
viento”. Ni para que cambiemos al Dios verdadero por un becerro
que ni de oro nos ha salido. ¿Qué personas, o qué cosas o
estructuras, o tentaciones, constituyen hoy nuestros becerros,
nuevos ídolos ante quienes nos inclinamos dejando al Dios inefable
y misericordioso?
La segunda lectura de hoy, de San Pablo a los Corintios, nos habla
claro en nombre de Dios. No por casualidad sino por providencia,
el Santo Padre terminaba con esta misma cita su Mensaje a los
Obispos cubanos: “Mire cada cuál cómo construye. Nadie puede poner
otro cimiento fuera del ya puesto, que es Jesucristo. Lo que ha
hecho cada uno saldrá a la luz... porque ese día despuntará con
fuego y el fuego pondrá a prueba la calidad de cada construcción.”
(I Cor. 3.10-17)
Esta es y debe ser nuestra mayor inquietud y nuestra única
preocupación verdadera. ¿Cómo construimos el Reino de Dios en
Cuba? ¿Sobre qué cimientos edificamos, no sólo la comunidad
cristiana, sino sobre qué bases construimos el edificio de nuestra
sociedad?
Estos últimos cien años, los días que han despuntado a la luz y al
fuego de los años, ya son suficientes para que podamos fijarnos en
la calidad de las obras de estos tiempos en Cuba.
Afincados firmemente en Cristo, el único Señor y el único Maestro
que no defrauda, construyamos una Cuba nueva y mejor, “estimulando
las iniciativas que puedan configurar una nueva sociedad” –como
recomendábamos los Obispos en nuestra Carta Jubilar del 2000,
haciendo nuestra la exhortación del Papa al año de su Visita.
Alcemos la vista y veremos que los campos están ya maduros para la
cosecha. La Iglesia tiene una responsabilidad histórica a la que
debe corresponder con humildad e incansable perseverancia.
Debemos cruzar los umbrales del miedo, de la desesperanza, del
desarraigo, de la anomía; debemos alzar los dinteles de nuestro
compromiso, de nuestra entrega sacrificada y gozosa. Debemos
superar los postigos de nuestras falsas prudencias, de nuestras
estrecheces de miras, de nuestros posibles sectarismos y cálculos
desde la miseria humana
La Iglesia en Pinar del Río desea, de todo corazón, dar su aporte
a esta vocación de servicio al pueblo cubano permaneciendo en
Cuba, con Cuba y viviendo para Cuba, para servir a la causa de la
justicia, la libertad, la verdad y el amor. Que en este empeño
tremendo no perdamos ni la sencillez de vida ni nuestra fe en la
fuerza de lo pequeño. Que en este empeño nos acompañen siempre el
ejemplo y la intercesión de San Rosendo, nuestro santo Patrono, y
de todos aquellos que nos han precedido en el signo de la fe,
especialmente del Siervo de Dios, el Padre Félix Varela, de cuyo
tránsito al Cielo estamos celebrando el 150 Aniversario.
Que nuestra Madre, Reina y Patrona, la Virgen de la Caridad,
peregrine con nosotros y presente al Señor esta Plegaria que le
dirigimos en nombre de toda la comunidad eclesial en el Primer
Centenario de la Diócesis de Pinar del Río:
A Ti, Señor Jesucristo, Camino,
Verdad y Vida,
Te alabamos y te bendecimos
porque nos has concedido la Gracia
inefable de haber nacido en Cuba
y de poder trabajar en esta porción de tu Iglesia
que es la querida Diócesis de Pinar del Río.
A ti, Señor de la Historia y Padre de los Siglos,
Te alabamos y te damos gracias,
porque nada mejor nos pudiera haber pasado
que compartir con nuestro pueblo esta hora crucial y única de
Cuba.
Ponemos en el Altar nuestra historia pasada:
memoria, herencia y compromiso;
ponemos también nuestro presente:
desafío y vocación, don y tarea.
Sobre tu Altar ponemos también
las incertidumbres y las esperanzas del porvenir.
Haznos una ofrenda permanente
para que seamos fieles, para que podamos servir generosamente
y alcancemos así el gozo eterno
de saber que hemos edificado
sobre la Única Roca, que es Cristo,
y poderte decir, con manos limpias y corazón sereno:
siervos inútiles hemos sido,
Tú, has estado grande con nosotros.
Gracias, Señor.
Amén.
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