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A los 150 años de la muerte del Padre Félix Varela

Teresa Fernández Soneira

Al cumplirse los 150 años de la muerte del Padre Varela –el 18 de febrero de 1853– los cubanos “seguimos su obra de resurrección”, aquella que él realizó durante su largo y prolongado exilio en los Estados Unidos de América, pero que habría de iniciarse en las Cortes españolas.

En 1820, un movimiento liberal había restablecido en España y sus colonias la Constitución de 1812.  Por este motivo se eligieron diputados a Cortes para las sesiones parlamentarias, y entre los designados por Cuba estaba el Padre Félix Varela Morales, distinguido sacerdote y maestro de La Habana.  Mientras Varela presentaba en las Cortes de Cádiz sus proyectos, entre los que estaban el de la independencia de los territorios de Iberoamérica y el de la abolición de la esclavitud, las tropas que luchaban en contra de los liberales atacaron la ciudad y se restauró el absolutismo de Fernando VII.

Las Cortes quedaron disueltas inmediatamente, y por decreto real se ordenó confiscar los bienes y aplicar la pena de muerte, por traición, a todos los diputados. El Padre Varela tuvo que huir a Gibraltar y de ahí a los Estados Unidos.

Cuando en 1823 Varela llega exiliado a Nueva York, ha dejado de ser liberal; el liberalismo español no ofrece la solución para el problema cubano, afirma, y hay un solo camino: el de la independencia, y por ese camino se encaminarán sus acciones en el futuro. En Filadelfia redacta El Habanero, periódico político, científico y literario que logra introducir clandestinamente en Cuba. La repercusión de El Habanero sobre el pensamiento cubano de la época es tan grande que el rey Fernando VII prohíbe su circulación. Como ha dicho Emilio Roig de Leuchsenring, “Varela es el primer cubano intelectual que pone su talento y su pluma al servicio de la causa libertadora de su país (…) el primer cubano intelectual que predica, porque de ello está firmemente convencido, que no es por la evolución, bajo la soberanía de la metrópolis, sino por la revolución, como Cuba puede y debe conquistar sus derechos políticos y económicos”.

En 1825 recibe las licencias para servir como sacerdote en los Estados Unidos y empieza a trabajar en la Iglesia de San Pedro, entonces la única parroquia de Nueva York que, junto con la Catedral de San Patricio, sirve a los católicos de esa ciudad. Dos años más tarde compra una antigua iglesia y la transforma en la Iglesia de Cristo, donde sería pastor de una feligresía compuesta por inmigrantes irlandeses a los que se entrega totalmente. 

A pesar de sus múltiples deberes, todos los días busca tiempo para escribir, y en los siguientes años su labor en el campo periodístico es asombrosa: prepara la tercera edición de sus Lecciones de Filosofía; escribe para el Youth´s Friend y el Truth Teller; edita, junto a José Antonio Saco, El Mensajero Semanal; funda el New York Register and Catholic Diary y el Catholic Observer, así como muchos más. También publica las Cartas a Elpidio, un tratado moral dirigido a la juventud cubana. 

Durante casi 25 años consecutivos el Hospital Municipal de Nueva York, dirigido entonces por protestantes, lo ve llegar a cualquier hora y por cualquier circunstancia para asistir a los enfermos, especialmente durante la epidemia del cólera que ataca a esa ciudad en 1832.  Incansable y sumamente activo en la vida diocesana, el Padre Varela tiene otros proyectos: establecer nuevas parroquias, crear escuelas parroquiales y fundar un medio orfanato para niños de viudas y de viudos pobres.  Todo esto lo lograría.

Investido Vicario General de Nueva York, asiste en 1837 al Tercer Concilio Provincial de Baltimore; en 1842 forma parte del Primer Sínodo Diocesano de Nueva York, y por esa fecha el Seminario Santa María de Baltimore le concede el título de Doctor en Sagrada Teología, siendo considerado el primer teólogo de los Estados Unidos.

Pero toda esta actividad pastoral y literaria tan intensa no lo desvincula de Cuba.  Sostiene correspondencia regular con intelectuales en la Patria y sufre por ella.  Por entonces, su hermana María de Jesús le escribe, pidiéndole que regrese a Cuba. Pero él le dice: “Sólo puedo contestarte a tu carta melancólica recordándote nuestro deber de conformismo con la voluntad de Dios. Mi separación de la Patria es inevitable y en esto convienen mis más fieles amigos. Acaso yo he tenido la culpa por haberla querido demasiado, pero he aquí una sola culpa de la que no me arrepiento”. Y en carta a amistades vemos esta postura: “...he vivido aquí tantos años a pesar de que al principio el clima me dañó la salud y sufrí privaciones por no saber el idioma (...) he tenido varias invitaciones para relocalizarme a otros países, pero no he aceptado ninguna (...).  Soy natural de este país aunque no soy su ciudadano, y nunca lo seré pues me he hecho el firme propósito de no pertenecer a ningún país de la tierra por las circunstancias que tu sabes me han separado de mi patria.  No planeo volver a allá, pero creo que le debo el tributo de mi amor y respeto al no unirme a ningún otro país”, declara con firmeza.

Para entonces, la estructura de la Iglesia de Cristo había sufrido mucho y era urgente comprar otra iglesia.  Con la ayuda de compatriotas y de amigos, el Padre Varela adelanta el dinero y adquiere una iglesia presbiteriana, consagrándola como la Iglesia de la Transfiguración. Allí trabajaría como párroco hasta su retiro definitivo.

Su salud nunca fue buena, pero ya a los 62 años se le agudizan los males y se dirige al sur del país, buscando un clima menos riguroso. Recala en Charleston, pero el asma no le deja.  Decide bajar un poco más, esta vez a su viejo y querido San Agustín de la Florida, donde había vivido cuando niño junto a su abuelo Bartolomé. Allí pasaría los últimos años de su vida.  Llevaba a San Agustín la carga de un prolongado exilio: 30 años fuera de la Patria. 

En San Agustín tiene que recurrir a la hospitalidad del Padre Aubril, entonces párroco de la Catedral, y se instala en un pequeño y modesto cuarto adjunto a la iglesia.  Allí lo visita en 1852 su ex-alumno Lorenzo del Allo, quien queda impresionado ante la pobreza y el estado de salud del Padre, y a su regreso a Cuba realiza una colecta y se designa a José María Casal para que le lleve el dinero y lo convenza de que regrese a la Isla. Pero cuando Casal llega, en abril de 1853, Varela ya ha muerto el 18 de febrero. Lo habían enterrado en el Cementerio Tolomato, y como escribió Jorge Mañach, “le amortajó el cariño de un pueblo extraño al que había sabido también servir”. En la Patria se le rindió el tributo a media voz de los pueblos oprimidos.

¿Se había extinguido la antorcha?  De ninguna manera. El año en que moría Varela, nacía José Martí. La lucha por la libertad continuaba. La antorcha se mantenía encendida. En 1892, al visitar Martí la tumba de Varela, diría:  “…aquel patriota entero, que cuando vio incompatible el gobierno de España con el carácter y las necesidades criollas, dijo sin miedo lo que vio, y vino a morir cerca de Cuba, tan cerca de Cuba como pudo…”

Hoy, más que nunca, la intensa labor del Padre Varela en el exilio nos sirve de ejemplo; sus ideas iluminan el horizonte patrio, y seguimos como él: confiados y empeñados en ver un día a la Patria libre.

Autora de Apuntes desde el Destierro; CUBA: Historia de la Educación Católica 1582-1961, y Con la Estrella y la Cruz, Historia de la Federación de las Juventudes de Acción Católica Cubana.