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Si la arquidiócesis se va a la guerra


El mayor general Gaylord T. Gunhus, ministro luterano que dirige a los capellanes del ejército de Estados Unidos (izq.), y el oficial ejecutivo, el católico romano Monseñor Phil Hill, revisan algunos materiales durante un retiro para los capellanes católicos del ejército. (Foto: Ana Rodríguez-Soto)

Ana Rodríguez-Soto
The Florida Catholic

Dice un refrán que no hay ateos en las trincheras. Que esto es verdad, nadie lo sabe mejor que los sacerdotes que asisten a los soldados estadounidenses en tiempos de guerra y de paz.

Hay sacerdotes –y capellanes de decenas de creencias religiosas, incluyendo cristianos, judíos y musulmanes– entre los miles de soldados estadounidenses que se están desplegando para una posible guerra contra Irak.

“Cuando las tropas se mueven, nosotros nos movemos”, dice el Padre Richard Spencer, comandante del Ejército de los Estados Unidos y director de vocaciones de la Capellanía General del Ejército.

“Aunque el capellán no es un combatiente, pues ni porta ni usa armas, va con las tropas a las primeras líneas de combate”. Esto, comentaron varios capellanes reunidos durante un retiro en Fort Lauderdale a principios de enero, es lo que hace que esta misión pastoral sea única.

“No hay ningún otro lugar en la Iglesia donde uno pueda vivir con la gente a la que sirve. Uno vive con ellos, y se viste como ellos”, explica monseñor Phil Hill, coronel y oficial ejecutivo de la Capellanía General.

“En el ejército, uno está con sus feligreses todo el día, y todos los días”, puntualiza el obispo John J. Kaising. “Fundamentalmente”, resume, “se ejerce el sacerdocio vestido de uniforme”.

Hay una gran diferencia, sin embargo: “Si la parroquia se va a la guerra, uno se va a la guerra”.

Kaising es obispo auxiliar de la Arquidiócesis de las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos, una prelatura no territorial que se encarga de atender las necesidades espirituales de los católicos en todas las ramas de las fuerzas armadas, así como de los que están en las instalaciones de la Sección de Veteranos y en las distintas dependencias gubernamentales en el extranjero.

La Arquidiócesis tiene a su cargo, aproximadamente, a 1.2 millones de católicos: 375,000 en servicio activo; 204,000 en las diferentes ramas de la reserva y la Guardia Nacional; 29,000 en las instalaciones de Virginia; 66,000 civiles que trabajan en el extranjero, con sus 520,000 familiares. También lleva los registros sacramentales de todas las personas bautizadas en capillas militares: aproximadamente 3 millones, según el conteo más reciente.

Lo único que no hace la Arquidiócesis es ordenar a sus propios sacerdotes, sino que los recibe en préstamo de las diócesis locales. (Vea el artículo relacionado con éste: “Capellanes”.)

A la vez que ejercen las mismas funciones que los sacerdotes de las parroquias comunes –celebrar misas dominicales, bautismos, bodas y funerales; recibir confesiones, atender a los enfermos y a los jóvenes, y organizar programas de educación religiosa–, los capellanes también son parte de las fuerzas armadas.

Su papel es acompañar a los soldados en su propio ambiente, “ejerciendo la acción pastoral, compartiendo las vicisitudes y los peligros que ellos enfrenten”, dice Monseñor Jerome Haberek, coronel y capellán principal de las Fuerzas Especiales del Ejército de los Estados Unidos, destacado actualmente en Fort Bragg, Carolina del Norte.

Durante la década de 1990, Haberek cumplió deberes pastorales en Bosnia y Kosovo. Uno de sus capellanes se lanzó recientemente en paracaídas sobre Afganistán, acompañando a sus feligreses en el cuerpo de los Rangers.

“Esto es algo normal para nuestra gente”, comenta Haberek, subrayando que los capellanes deben cumplir los mismos requisitos físicos que los soldados. “Son soldados del Ejército. Pasan por el mismo entrenamiento básico. Aprenden cómo sobrevivir en el campo de batalla. Aprenden cómo vivir en un ambiente de guerra”, explica el padre Spencer.

La guerra complica el trabajo del capellán, porque, “cuando uno tiene que desplegarse, las familias se quedan detrás”, dice el obispo Kaising, uno de los cuatro obispos que integran la arquidiócesis militar.

Aunque los capellanes tratan de encontrar a otros sacerdotes que se ocupen de las familias de los soldados, esto no es siempre posible, dada la escasez de sacerdotes –y de capellanes– en los Estados Unidos.

Pero la vida militar también puede ser tensionante en tiempo de paz, explica Monseñor Haberek, que ejerce el sacerdocio desde hace 25 años, con 20 años de servicio activo como capellán. “Siempre hay factores como la separación... la presión de los desplazamientos... la presión de los despliegues para realizar ejercicios de entrenamiento”, dice. Aunque los movimientos de tropas no aparecen en las noticias en tiempo de paz, “los militares se entrenan constantemente, se preparan”.

La diferencia es que, en tiempo de guerra, “hay un mayor sentido de urgencia y, obviamente, de la realidad de los peligros”, dice Monseñor Haberek. “Probablemente, nuestra misión es más intensa que la del sacerdote promedio”.

Los capellanes coinciden en que lo mejor de esta misión es compartir en alto grado las vidas de aquéllos a quienes sirven. “Uno sale de la iglesia, y allí están sus soldados”, afirma el obispo Kaising.

“Los sacerdotes locales no van a los centros de trabajo de sus feligreses, a las factorías o a las obras de construcción”, explica monseñor Haberek.

“En el Ejército, donde están los soldados, allí estamos nosotros”. Lo mejor, añade, es que los soldados “lo buscan a uno. Quieren que uno esté allí, con ellos. Los comandantes quieren que uno esté allí, con ellos. Uno representa a Dios para ellos. Uno representa la protección y la compasión”.

 

Más capellanes para los soldados

Ana Rodríguez-Soto
The Florida Catholic

El Ejército de los Estados Unidos está en busca de buenos sacerdotes: 215, para ser exactos.

 “El Ejército encara una escasez crítica de los sacerdotes católicos que necesita para su misión”, dice el Padre Richard Spencer, comandante y director de vocaciones del cuerpo de capellanes del ejército estadounidense. “Necesitamos 320 sacerdotes para realizar la misión básica, para ofrecerles a todos los soldados una misa semanal por lo menos. Actualmente tenemos 105 en servicio activo”, explica.

El Padre Spencer señala que todas las ramas de las fuerzas armadas están escasas de sacerdotes católicos. Pero, debido a que el Ejército es la más numerosa de todas, con 485,000 hombres y mujeres en servicio activo en todo el mundo, “tenemos que cubrir un área más amplia, un número mayor de lugares que tienen necesidad de sacerdotes”.

 “No tenemos suficientes sacerdotes para atender a los militares, mucho menos para las embajadas”, dice el obispo John J. Kaising, obispo auxiliar de la Arquidiócesis de las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos.

El problema no es sólo la escasez general de vocaciones para el sacerdocio, señala, sino el hecho de que “recibimos los sacerdotes en préstamo” de otras diócesis y de órdenes religiosas.

“Los obispos comprenden nuestras necesidades, pero nos dicen que ellos también necesitan gente”, explica el obispo Kaising.

Lo que los obispos deben comprender, dice el mayor general Gaylord T. Gunhus, ministro luterano que se desempeña como capellán general de las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos, es que “ésta es su gente”.

“Son sus feligreses, que están en el Ejército”, señaló. Los católicos civiles “pueden atravesar una ciudad para ir a la iglesia, pero, en el desierto, un soldado no puede ir a ninguna parte. Recibe lo que llegue hasta él”.

El reverendo Gunhus señala que, aunque el 27 por ciento de los soldados del Ejército son católicos romanos, sólo el nueve por ciento de sus 2,500 capellanes son católicos. (Alrededor de 1,323 están en servicio activo; el resto se encuentra en la Guardia Nacional y en la Reserva.)

Esta cifra está muy por debajo de la que encontró Gunhus al entrar en el cuerpo de capellanes, en 1967. Entonces, más de 450 sacerdotes eran capellanes activos del Ejército. El Ejército tiene ahora, también, siete capellanes musulmanes y nueve capellanes judíos, lo cual es proporcionalmente correcto, pero resulta funcionalmente inapropiado.

Estos pocos capellanes “no pueden cubrir todo el mundo”, comenta el reverendo Gunhus, cuya misión, como jefe de los capellanes del Ejército, “es garantizar que los soldados regresen a sus casas con una fe aun más fuerte de la que tenían al venir”.

Señalando que el cuerpo de capellanes del Ejército se fundó en 1775, Gunhus añade que la Primera Enmienda garantiza a los soldados el derecho de practicar su fe, así en la guerra como en la paz, en cualquier lugar del mundo al que hayan sido enviados.

“No nos podemos permitir el enviar a nuestra gente al extranjero sin asistencia religiosa. No es aceptable”, afirma el reverendo Gunhus, cuyo mensaje para los obispos es el siguiente: “Envíen sacerdotes. Envíenlos por tres años. Envíenlos como si fueran a cumplir una misión".

Las diócesis de estos sacerdotes se beneficiarán, porque los sacerdotes recibirán una formación adicional, y adquirirán conocimientos “que los obispos no tendrán que costear”, explica Gunhus.

Por otra parte, los sacerdotes que cumplen 20 años de servicio activo, o que se unen a la reserva, también disfrutan del retiro y de los beneficios militares.

Haciendo suyo un lema de la Marina, el obispo Kaising destaca otro beneficio: “Únase a la Arquidiócesis [de las Fuerzas Armadas] y conozca el mundo”.

Como una confirmación de esto, durante el presente año Kaising, por ejemplo, viajará a Inglaterra, Bélgica, Alemania, las islas Azores, España, Italia e Irlanda.

La Arquidiócesis de las Fuerzas Armadas ha emprendido la tarea de reclutar más sacerdotes mediante acuerdos de copatrocinamiento con diócesis locales. Éstas permiten que un sacerdote entre en el servicio activo después de prestar tres años de servicio diocesano, y la Arquidiócesis de las Fuerzas Armadas ayuda a costear la educación del sacerdote en el seminario.

Durante el año pasado, cinco sacerdotes fueron ordenados según este acuerdo, y las diócesis de St. Petersburg, Venice y Pensacola-Tallahassee tienen, cada una, a un hombre que estudia actualmente dentro de este programa.