La
Iglesia y las guerras

Padre Eduardo Barrios, SJ
Los libros sagrados que nutren la fe judeocristiana rezuman sangre
derramada en innumerables guerras. Se les conoce como Biblia.
I. Antiguo Testamento
La reflexión sacerdo-sapiencial sobre los orígenes arrojó como
resultado que el pecado madrugó en la historia de la humanidad.
Esa triste realidad, llamada “pecado original” por la Antropología
teológica, recibe confirmación empírica en las bajas pasiones que
agitan a los humanos, especialmente la agresividad.
La primera guerra mundial, propiamente hablando, la desató el
injusto agresor Caín contra el inocente Abel. El sangriento
conflicto dejó dos saludables lecciones. En primer lugar, el
suceso no le agradó a Dios; en segundo lugar, toda guerra tiene
visos de fratricidio.
A pesar de la desaprobación divina, la historia del antiguo pueblo
de Dios parece una historia de guerras. Por las páginas bíblicas
desfilan los ejércitos persas, asirios, egipcios, griegos, romanos,
y de todos los demás vecinos de Israel.
Los libros históricos de la Biblia abundan en batallas, conquistas,
reconquistas, deportaciones y retornos. El pueblo hebreo
interpreta las victorias como bendiciones de Dios. Las derrotas
las acepta como castigo divino por sus infidelidades a la Alianza.
II. Nuevo Testamento
Al llegar lo que San Pablo llama “la plenitud de los tiempos”,
Jesucristo hace su entrada en la escena mundial entre vítores de
“gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz”. (Lc. 2,14.) El
cristianismo nace de Jesús, “Príncipe de la Paz” (Is. 9, 5). Tanto
se identifica su obra con la paz, que San Pablo pudo escribir: “Él
es nuestra paz”. (Ef. 2,14.)
Jesús llamó bienaventurados a los agentes de paz (Cfr. Mt. 5, 9).
Él predicó la mansedumbre y la no-violencia (cf. Mt. 5, 39).
Predicó sobre todo con el buen ejemplo: cuando el sirviente de
Anás le dio una bofetada, no reaccionó iracundo, sino con gran
dominio de sí (cfr. Jn. 18, 23). Clavado en la cruz, no fulminó a
sus enemigos, ni los maldijo. Más bien, oró por ellos: “Padre,
perdónalos, porque no saben lo que hacen”. (Lc 23, 34.)
A pesar de sus designios de paz, Jesús no se hizo muchas ilusiones,
pues sabía que el hombre era el mismo de siempre, naturaleza caída.
Como muchos humanos no acogerían su verdad y su gracia, llegó a
decir: “¿Piensan que he venido a traer paz a la tierra? Pues no,
sino división”. (Lc. 12,5 l.)
III. Iglesia primitiva
Los primeros cristianos eran tan pacíficos que hasta se negaban a
prestar servicio militar. Optaron radicalmente por la no-violencia.
Preferían el papel de víctimas al de victimarios. Hubo muchos
mártires durante los tres primeros siglos de la era cristiana.
Ahora bien, la perseverancia en las pruebas, el testimonio
cristiano, la lucidez de la palabra oral y escrita de los
apologetas cristianos, y sobre todo la acción secreta del Espíritu
Santo en las almas, fueron conquistando al Imperio Romano, que era
tan hostil al cristianismo.
IV. Era Constantiniana
Cuando en el siglo IV el cristianismo se convierte en la religión
mayoritaria y oficial del Imperio, los cristianos se involucraron
más en la vida civil y militar, comenzando a admitir la licitud de
la guerra, sobre todo cuando se trataba de defender la fe.
Encontramos por primera vez el concepto “guerra justa” en las
obras de San Ambrosio († 397) y San Agustín († 430). Ambos admiten
la licitud de la guerra defensiva, una vez agotados todos los
medios pacíficos, y subrayan la noción de que la guerra justa
busca el restablecimiento de la paz, no el aniquilamiento de los
contrarios, ni nuevas conquistas territoriales, ni obtener botines
como fruto de saqueos.
V. Siglos posteriores
El Doctor Angélico, Sto. Tomás de Aquino († 1274), define tres
condiciones para considerar justa una guerra: 1) que sea declarada
por la autoridad competente; 2) que sea patente la culpa moral de
los agresores, y 3) que haya intención recta de restablecer la
justicia y la paz.
Fray Francisco de Vitoria († 1546), fundador del Derecho
Internacional, admite la guerra como medio legítimo para reparar
una injusticia. Pero prohíbe que la acción bélica alcance a los
no-beligerantes, es decir, a los civiles, y enuncia el principio
de la proporcionalidad. Éste consiste en que la guerra no debe
acarrear males mayores a los que se quiere poner reparo.
Los papas de tiempos idos no sólo admitían la licitud de la guerra,
sino que promovieron algunas. Piénsese, por ejemplo, en las
Cruzadas que los sumos pontífices estimularon entre los siglos XI
y XIII como medio para liberar la Tierra Santa, ya bajo el dominio
de los musulmanes.
Entre los episodios más recordados de las guerras entre los moros
y los cristianos se destaca la Batalla de Lepanto. Tuvo lugar en
el año 1571. Se trató de una expedición naval organizada por el
papa San Pío V, el cual encomendó la ejecución de la campaña a una
liga de venecianos y españoles capitaneados por Don Juan de
Austria. Los turcos fueron derrotados en aquella guerra, y los
europeos pudieron respirar aliviados, especialmente los húngaros y
los austríacos.
El último Papa que recurrió a la fuerza de las armas fue el Beato
Pío IX. Al ver amenazada la existencia del poder temporal de la
Santa Sede, se resistió y presentó batalla. Perdió la guerra el 20
de septiembre de 1870.
Como los Estados modernos han hecho un uso cada vez más liberal
del concepto “guerra justa”, la Iglesia lo ha dejado a un lado,
prefiriendo hablar de “legítima defensa”.
Hace más de una década, el papa Juan Pablo II apeló al principio
vitoriano de la proporcionalidad en su discurso anual a los
diplomáticos: “El recurso a la fuerza por una causa justa no será
admisible a no ser que este recurso sea proporcional al resultado
que se quiere obtener”. (17 de enero de 1991.)
Actualmente, la Iglesia no se cansa de exhortar a los gobiernos
para que resuelvan sus diferencias por medio del diálogo y de la
diplomacia. Ése es su papel. Ahora bien, toca a los líderes de las
naciones discernir si un agresor injusto está realmente dispuesto
a sostener un diálogo sincero y constructivo.
Los países civilizados aprecian los valores étnicos, culturales y
religiosos que sustentan la convivencia pacífica. Esos valores
hacen gozosa la vida. Cuando un país cede ante agresores injustos,
comete injusticia contra sus propios ciudadanos. Buena es la paz,
pero no a cualquier precio, sino como “fruto de la justicia”. (Is.
32,17.)
La Historia enseña que hacer concesiones a agresores injustos trae
como consecuencia largas y costosas guerras de liberación. La
Segunda Guerra Mundial resultó tan cruenta, porque los países
democráticos no actuaron a tiempo contra el nazismo.
La posibilidad de que surjan agresores injustos renuentes a
deponer sus ambiciones mediante el diálogo y la diplomacia, obliga
a las naciones a poseer fuerzas armadas debidamente equipadas y
dispuestas para defender la patria.
Pecan de ilusos los que abogan por un desarme unilateral como
medio para prevenir las guerras. Quizás tuvo razón Vegecio: Si
vis pacem, para bellum (‘Si quieres la paz, prepara la guerra’).
Los “irenistas”, o pacifistas a ultranza, olvidan que las palomas
de la paz constituyen la dieta favorita de los halcones. Olvidan
que a las tertulias de mansos corderos siempre se presentan sin
invitación los más feroces y rapaces lobos. La Iglesia cumple con
su misión de predicar la paz. Toca a los líderes de las naciones
escuchar el mensaje de paz, pero sin renunciar a defender a sus
pueblos. Oremos.
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