ARCHIVO

BUSQUEDA

PORTADA

 ARQUIDIOCESIS MIAMI
 ARZ. J.C. FAVALORA
 CALENDARIO
 MUNDO Y NACION
 VATICANO
 LIBROS / CINE / ARTE
 IGLESIA EN CUBA
 IGLESIA EN A. LATINA
 OPINIONES
 ESPIRITUALIDAD
 ENLACES

 

Santa Catalina de Siena, laica y Doctora de la Iglesia

Fiesta: 29 de abril


Catalina de Siena

Rogelio Zelada
La Voz Católica

Muero de Pasión por la Iglesia
Teniendo a Dios como amigo,
vivirás en la luz de la fe,
con esperanza y fortaleza,
con verdadera paciencia y perseverancia,
todos los días de tu vida.
Nunca estarás solo,
y nunca temerás a nadie
ni a nada,
porque encontrarás tu seguridad en Dios.

                            Catalina de Siena

Todas las campanas de Roma vibran de júbilo al paso de las veinticuatro galeras de Su Santidad Gregorio XI, que suavemente remontan el Tíber hacia la basílica de San Pablo extramuros.

La multitud que acude ansiosa al encuentro del pontífice, lanza con entusiasmo una lluvia de flores sobre el pulido maderamen de su barca, que ha sido la primera en atracar. Un  imponente cortejo acompaña al Papa, un hombre todavía joven y robusto, que a caballo, junto con cardenales y servidores, regresa por fin al Vaticano.

El sucesor de Pedro contempla el palacio de San Dámaso y la fachada de la basílica, que resplandece por el fulgor de las 18,000 antorchas que el pueblo de Roma ha encendido para celebrar el regreso del pontífice. Es tiempo de una paz duramente conquistada por la habilidad militar del cardenal Gil de Albornoz, que los estados pontificios y los habitantes de Roma agradecen con un esperanzado presentimiento de prosperidad.

El Papa es un hombre afable e inteligente que, a sus 46 años, está decididamente dispuesto a renovar y restaurar la Ciudad Eterna, y a sanear y rescatar sus intituciones. Es el 17 de enero de 1377, y por fin Roma puede descansar tranquila, porque el Papa ya ha regresado a casa.

Mientras la comitiva se abre paso entre la muchedumbre, Gregorio XI recuerda una y otra vez su encuentro con Catalina Benincasa, dos años atrás, en el palacio de los papas en Aviñón. La había conocido en la primavera de 1375, durante la guerra entre la Señoría de Florencia, la Santa Sede y los Estados Papales, cuando Catalina sirvió como mediadora y embajadora suya, y consiguió que la neutralidad de Pisa y Lucca hiciera posible que se llegara a un acuerdo de paz. Fue el decisivo papel que aquella joven mujer tuvo durante el conflicto, lo que la había llevado ante la presencia del Papa en Aviñón.

Catalina de Siena, hija del tintorero Giacomo Benincasa, llegaba ante el Papa precedida por su fama de santidad y de sus extraordinarias experiencias místicas. Todos los que la conocían personalmente se maravillaban de su contagioso encanto personal, y de la increíble forma que tenía de salir airosa de las continuas persecusiones y denuncias que se hacían en su contra. Catalina escribe numerosas cartas a sus dirigidos en el camino de la vida interior. Tal abundancia de correspondencia espiritual despertará la suspicacia de los dominicos, quienes la someterán a examen en 1374, durante el capítulo de Florencia. La seguridad y serenidad con que esta joven mujer laica responde, los deja tan admirados que los mejores teólogos de la Orden Dominica unánimemente aprueban su espíritu y su doctrina, y la animan a seguir dirigiendo a los cientos de discípulos que quieren participar de su espiritualidad.

Catalina se ha presentado ante el Papa con su hábito blanco y negro de terciaria dominica. Le repite el mismo ruego que una y otra vez le hiciera en sus cartas: ¡Volved a Roma! El Papa debe dejar Aviñón y regresar a su sitio natural, junto a la tumba de Pedro; es urgente que vuelva para reformar el clero romano y sanear el penoso estado de la administración de los Estados Pontificios; para restaurar la paz en Italia, constantemente amenazada por numerosas bandas de soldados a sueldo; pero, sobre todo, el Papa debe volver a Roma porque ese fue el voto, la solemne promesa, que Gregorio XI hiciera en secreto el día de su elección como pastor y soberano pontífice de la Santa Madre Iglesia Católica Apostólica y Romana. En respuesta a las súplicas de Catalina de Siena y Brígida de Suecia, el Papa regresa a Roma, a pesar de la firme oposición del Rey de Francia y de la casi totalidad del colegio de Cardenales.

Catalina había nacido en 1347 en Siena, el 25 de marzo, fiesta de la Anunciación, la penúltima hija de una numerosísima familia. Los Benincasa eran de clase media baja pero estaban muy bien situados económicamente, gracias al próspero negocio del teñido de pieles que el patriarca de la familia, Giacomo, dirigía exitosamente. 

Desde niña, Catalina demostró una gran precocidad en la oración y la vida interior. A los dieciséis años tomó el hábito de la orden tercera de Santo Domingo y, como laica, sin abandonar su casa y su familia, se dedicó totalmente a atender a los enfermos, sobre todo a los que nadie quería acercarse; a socorrer a los pobres y a seguir el carisma dominico, trabajando en la conversión de los pecadores. Descubrió que Dios la llamaba no a la paz de una celda y de un convento, sino a la vida pública y al trabajo evangélico en medio del mundo. Para ello no sólo entró en correspondencia con príncipes y señores de su tiempo. Fue consultada por el Papa en temas importantes de la Iglesia, y sirvió como emisaria personal suya para obtener la paz con Florencia. Allí Catalina se vió tan en medio del hervidero político de la ciudad, que por poco pierde la vida el 22 de junio de 1378, en el “tumulto de Ciomi”. A pesar de la violencia, permaneció valientemente en la ciudad hasta los primeros días de agosto del mismo año, cuando finalmente se lograría firmar la paz entre la república florentina y el Papa.

Analfabeta, como la inmensa mayoría de los hombre y mujeres de su tiempo,  Catalina Benincasa fue una prolífica escritora, que se valió de secretarios para dictar toda su correspondencia y sus escritos espirituales. Sus trescientas setenta y cinco cartas son consideradas no sólo de gran profundidad teológica y espiritual, sino también obra clásica de la lengua italiana, de la que Catalina de Siena fue maestra indiscutible.

Escritas en el delicioso toscano vernacular del siglo XIV, las cartas de esta mujer ––una de las más ilustres de la Edad Media–– expresan la fecunda riqueza de su personalidad. Con una luminosa frescura, conducen a sus destinatarios por el camino seguro del autoconocimiento interior, requisito indispensable para alcanzar las alturas místicas de la contemplación. En sus cartas, Catalina emplea fuertes imágenes llenas de originalidad, para abordar temas que van desde el espacio privilegiado de la vida interior, hasta los consejos prácticos para la solución de los asuntos que inquietaban a gobernantes, soberanos, políticos y militares de su tiempo. Su Diálogo de la Divina Providencia es una especie de paralelo místico de la Divina Comedia de Dante, escrito en prosa, en el que concibe la vida espiritual como una conversación entre el Padre de los Cielos y el alma humana; entre el Padre Eterno y el alma de la misma Catalina.

A la Santa de Siena le tocaron tiempos muy difíciles. Los cardenales, que tras la muerte de Gregorio XI han proclamado Papa al arzobispo de Bari, Bartolomé Prignano ––que tomará el nombre de Urbano VI––, sienten que han hecho una elección equivocada, una decisión precipitada que fueron obligados a tomar presionados por las circunstancias y los tumultos de los furiosos y enardecidos habitantes de Roma, que exigían la elección de un Papa romano o, de lo contrario, amenazaban con despedazar al Sacro Colegio en pleno.

Urbano VI ha resultado un papa severo, rígido y firmemente decidido a no escuchar a  los cardenales, que apenas al mes de su elección han empezado a pedir su renuncia y la convocación de un nuevo cónclave lo más rápidamente posible.

Como Urbano no cedió a sus presiones, los cardenales declararon su elección inválida y eligieron a Roberto de Ginebra, primo del Rey de Francia, que sería coronado el 31 de octubre de 1378, con el nombre de Clemente VII. Se había consumado el Gran Cisma que dividiría a la cristiandad durante casi cuarenta años, hasta la elección de Martín V en el concilio de Constaza.

Desde un principio, Catalina expresó su total fidelidad y adhesión a Urbano VI, a quien siempre consideró el legítimo sucesor de Pedro.

A los cinco meses de su elección, el Papa Urbano la llama a Roma, donde ella viviría hasta su muerte, el 29 de abril de 1380.

Junto al Papa, Catalina de Siena trabajaría por la reforma de la Iglesia, especialmente de los conventos y las casas de los frailes y las monjas de la Orden de Predicadores, a los que estaba tan responsablemente ligada.

Mujer valiente y decidida, sentía sobre su espalda el peso de la Barca de la Iglesia, que la urgía y la aplastaba, quebrándola hasta el agotamiento. A nombre de Urbano VI escribió cartas a todos los príncipes y reyes de su época, habló a los cardenales reunidos en consistorio y a todo el que quiso oírla, y en muchos casos su labor fue decisiva.

Combinó su labor política con una intensa vida interior, llena de fenómenos místicos, y con el servicio de la caridad a los pobres y desvalidos. Unos días antes de morir, y desde su lecho de muerte, logró la reconciliación de Urbano VI con la República Romana, que fue su último trabajo político.

En medio de tantas tensiones y sufrimientos sufrió un ataque de apoplejía que la dejó casi paralizada. Su agonía duró ocho días; tenía sólo treinta y tres años de edad al morir.

Santa Catalina de Siena fue canonizada por Pío II en 1461. Su cuerpo se conserva en la iglesia de Santa María Sopra Minerva en Roma, y su cabeza incorrupta se asoma todavía desde la ventanita de su altar-relicario en la Iglesia de Santo Domingo, en Siena.

Catalina Benincasa, Santa Catalina de Siena, es ejemplo de hasta dónde puede llegar una mujer laica en su capacidad de asombrar a su mundo y al nuestro.

Consejera de papas y señores poderosos, mística, escritora, política, reformadora, directora espiritual, maestra, santa que vivió en el mundo e insertada en sus problemas. Y una santa con mucho trabajo encomendado, pues es la patrona de Europa, de Roma, de Italia junto con San Francisco de Asís, la protectora del Pontificado, y de las mujeres de labor apostólica y de Acción Católica.

Fue proclamada doctora de la Iglesia por el Papa Pablo VI en 1970. En toda la historia de la Iglesia, es ella el único laico que ha recibido ese título.