Una de mis ceremonias favoritas cada
año, es el Rito de Elección, en que el obispo de una diócesis da
personalmente la bienvenida en la Iglesia a los futuros católicos.
Es uno de los pasos en el Rito de Iniciación Cristiana de Adultos, y se
supone que tenga lugar el primer domingo de Cuaresma. Sin embargo,
tenemos tantos catecúmenos y candidatos en la Arquidiócesis, que tenemos
que celebrar cuatro ceremonias en dos fines de semana: mañana y tarde,
sábado y domingo, durante los dos primeros fines de semana de Cuaresma.
Este año, recibí a más de 1,200 personas en las ceremonias del Rito de
Elección. Alrededor de 350 son catecúmenos, adultos que no han recibido
el bautismo cristiano. Cerca de 900 son candidatos, personas que han
recibido el bautismo cristiano, pero no los otros sacramentos de la
iniciación: la Confirmación y la Comunión.
Algunos de los candidatos crecieron en otras fes cristianas, y ahora
quieren unirse a la Iglesia Católica. Otros son católicos bautizados que
nunca practicaron, o que no completaron su preparación sacramental.
Lo mejor de esta ceremonia es que tengo que darles la mano a todos ellos.
Uno por uno, llegan hasta mí y los miro a los ojos. Algunos tienen los
ojos húmedos. Algunos se ven transidos por un sentimiento de reverencia.
Algunos tienen las manos frías y húmedas por el nerviosismo.
Pero todos ellos tienen una historia que contar, una maravillosa
historia de fe. El Señor, de algún modo, ha tocado sus vidas en este
preciso momento, y ellos se comprometen a seguirlo más de cerca, a
crecer en el conocimiento y el amor del Señor, y a ser parte de una
comunidad que los ayudará en su viaje en la fe.
El Rito de Elección tiene lugar durante Cuaresma, porque éste es el
período más intenso de preparación para los candidatos y los catecúmenos,
un período llamado “de escrutinios”. Hasta ahora, han estado asistiendo
a clases, aprendiendo sobre la Biblia y los principios de la fe
cristiana. Durante la Cuaresma, su aprendizaje se vuelve más personal;
las preguntas, más íntimas.
Se les pide que reflexionen sobre tres pasajes evangélicos en
particular: la mujer junto al pozo, la curación del ciego y la
resurrección de Lázaro: todas, historias de profunda conversión. ¿Qué es
lo que está muerto en sus vidas, y debe ser revivido por la fe? ¿Qué
ceguera les impide ver al Señor actuando en sus vidas, o seguir Sus
caminos? ¿Qué dirían si se encontraran cara a cara con Jesús?
Éste es el tipo de preguntas que todos los católicos deben formularse a
sí mismos en cada Cuaresma. Sin embargo, algunos de los llamados
“católicos de nacimiento” consideran su fe como un hecho. Asisten a Misa,
realizan los rituales, siguen los movimientos, pero, con frecuencia,
nada cambia realmente en sus vidas.
No sucede así con estos catecúmenos y candidatos. Ellos aprecian la fe,
porque saben lo que es vivir sin ella. Ir a la catedral y recibir allí
la bienvenida personal del Arzobispo los convence plenamente de que han
sido “elegidos”.
Pero lo más sobresaliente de este proceso será para ellos la Vigilia
Pascual del Sábado Santo. Allí, la gracia de Dios se hará
maravillosamente visible: la impresión causada por el agua fría sobre
sus cabezas, la sensación de los óleos en sus frentes, el sabor de la
Sagrada Comunión en sus bocas.
Si desea usted sentirse tocado por la misma gracia, le invito a que
asista a la Vigilia Pascual en su parroquia. Allí verá historias de fe
desarrollándose ante sus propios ojos. Que el testimonio de estos
candidatos y catecúmenos le lleve a apreciar más hondamente su propia fe.
Que esta fe recién encontrada de ellos, contribuya a reavivar en usted
su relación con el Señor.