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Inmigrantes católicos: ¿La historia se repite?


La Madre Frances Xavier Cabrini, la primera santa estadounidense, nació en Italia y se hizo ciudadana americana en 1909. Trabajó entre los inmigrantes italianos y fundó escuelas, hospitales y orfanatos. Fue canonizada el 13 de noviembre. (Archivo La Voz Católica)

Juan M. Navia

 

El Buró del Censo de los Estados Unidos publicó recientemente los estimados de los cambios en la población entre abril del año 2000 y julio del 2001, indicando que el sector hispano en dicha población aumentó 4.8%. Los hispanos en los Estados Unidos suman ahora 37 millones, y por tanto constituyen el 13% de una población total de 284.8 millones. Hasta aquí el dato demográfico más reciente.

El aumento acelerado y considerable en nuestra minoría dentro de la población tiene un impacto extraordinario, por cuanto afecta no sólo la composición demográfica del país, sino también su cultura y tradiciones, la religión, el idioma, la economía y el trabajo, y la filosofía de la vida en general. Es cierto que esta clasificación es confusa, por cuanto se refiere a un sector de la población que no es homogéneo en ninguna de estas cualidades, pero el hecho cierto es que este aumento determina una transformación social profunda no exenta de problemas.

Comoquiera que la gran mayoría de los inmigrantes proviene de familias católicas, el impacto de este grupo influye no sólo en la población total del país, sino aun con mayor profundidad y repercusiones dentro de la Iglesia Católica a la que pertenece. La población mayoritaria nacida en los Estados Unidos mira con recelo a estas personas, que traen un perfil sociocultural e idioma diferentes. Los otros sectores minoritarios también participan de la misma inquietud, agravada por el temor de que se puedan perjudicar económicamente por la competencia que traen en la búsqueda de empleos. La Iglesia también tiene que acomodarse a los cambios que se requieren para servir a poblaciones que hablan otro idioma, y con preferencias litúrgicas que difieren de las ya existentes en las comunidades de habla inglesa. El resultado es cierto grado de tensión y de ansiedad que requiere atención y conocimiento, para establecer un clima de aceptación y mutuo entendimiento que resulte en comunidades fuertes y unidas en todo el país. Este proceso se realiza fácilmente en algunas regiones del país, donde las tensiones son menores; en otras, sin embargo, es un cambio áspero y difícil que requiere educación, aceptación, y tiempo.

Existe una frase de gran sabiduría, que dice que el desconocer la historia nos obliga a repetir los errores del pasado. La historia de los inmigrantes en los Estados Unidos en el siglo XIX es una epopeya digna de ser repasada a menudo. La trama es la misma, sólo cambian los personajes, la tramoya y el vestuario. Valdría la pena recordar los tiempos en que el P. Félix Varela llegó a Nueva York como exiliado, para escapar de una monarquía española opresiva y tiránica. Era un frío diciembre de 1823. El P. Varela baja los escalones de la pasarela del barco Draper y mira a su alredor. Miles de inmigrantes coinciden con él en su deseo de buscar libertad… Y además, están hambrientos. Muchos son católicos y vienen de Italia, Irlanda, Alemania y de muchos otros países, donde la vida se les ha hecho imposible por no tener la posibilidad de sostener a sus familias con su trabajo.

Durante los años que van de 1820 a 1920, más de 33 millones de inmigrantes vinieron a los Estados Unidos, y su presencia en el país cambió el panorama nacional y la dirección de la Iglesia Católica. La cultura protestante anglosajona de los nativos americanos rechazaba en ellos su idioma, el hacinamiento de sus viviendas en los guetos de Nueva York, su falta de educación y sus costumbres europeas. Pero sobre todo, rechazaban su religión católica, altamente eclesiástica y de tono europeo, tan distinto de las ideas liberales y laicistas existentes en las religiones protestantes. Había una gran desconfianza de todo lo europeo, y la religión estaba imbuida de estas ideas jerárquicas y centralizadas. La Iglesia tenía el reto de darles albergue espiritual a todos los inmigrantes necesitados, pero al mismo tiempo enfrentaba graves limitaciones en los medios económicos, y en el número de sacerdotes y de religiosas necesario para ofrecer la atención pastoral requerida.

El choque social, cultural y aún político fue de grandes proporciones, pues surgieron nuevos partidos políticos nacionalistas, periódicos antiinmigrantes, y debates públicos para denunciar y discutir el gran peligro para la nación representado por los nuevos “Romanistas.”

La Iglesia Católica estadounidense recibió también el impacto de los nuevos feligreses, que traían una visión distinta de la espiritualidad, de la relación de los laicos con el clero, de la liturgia y de la forma de manejar los asuntos administrativos de las iglesias.

Los inmigrantes tuvieron que formar parte de partidos políticos para defenderse de los constantes ataques, luchar para obtener trabajos bien remunerados, y reclamar la educación católica necesaria que estuviera de acuerdo con sus principios y valores familiares. Y sobre todo, tuvieron que luchar para demostrar que ellos eran ahora americanos y, por tanto, merecedores de todo respeto y consideración. Esta es una lucha que tendrían que sostener por muchas generaciones. Fueron sacerdotes como el P. Varela en la Iglesia de la Transfiguración en Nueva York, los que lucharon para obtener logros sociales, religiosos y educacionales para asegurar la dignidad y el respeto que, como Hijos de Dios y Hermanos de Cristo, merecen todos los humanos.

Los problemas vinculados con el exilio y la inmigración no son nuevos, ni únicos. La misericordia y la caridad cristianas en los nativos del país son factores importantes para resolver los problemas de inmigración; la Iglesia debe escuchar a los que llegan necesitados y sin derechos, y darles albergue espiritual y físico, prestándoles el consuelo necesario a través de la oración y la liturgia compatibles con sus tradiciones. Finalmente, los que llegan a una tierra nueva tienen la responsabilidad de hacerse entender aprendiendo el idioma y educándose, mientras ajustan su vida al medio, pero sin perder nunca sus tradiciones y valores religiosos, o su amor por la patria que los vio nacer.

La inmigración es una realidad social que se repite constantemente en la historia de los Estados Unidos. Sin embargo, los tiempos y las actitudes cambian con el transcurso de los años. Lo que ayer fue lucha y agresión, hoy puede ser experiencia valiosa que nos permita a todos unirnos como parte que somos del Cuerpo de Cristo, y aceptarnos mutuamente con amor y caridad. Recordemos todos la memoria del P. Varela, Siervo de Dios y Apóstol de los Inmigrantes, que en su exilio se entregó al servicio de los más necesitados, dando siempre ejemplo de dedicación cristiana, e impartiendo educación cívica y moral en este mundo lleno de retos y dificultades.

(Doctor en Bioquímica Nutricional y Master en Teología; Profesor Emérito de la Universidad de Alabama en Birmingham. Autor del libro An Apostle for the Immigrants: The Exile Years of Father Félix Varela y Morales.)