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Dejar que Dios nos cambie

Padre Eusebio Gómez, OCD

El
converso Charles de Foucauld.
En la película El Cristo de Montreal, el protagonista
intenta adentrarse en su personaje, Jesús de Nazaret. Acude a la
biblioteca municipal. Admirada, la mujer de la limpieza le
pregunta a quién busca. El muchacho, con gran cantidad de libros
amontonados y de ilustraciones desplegadas a su alrededor, le
responde que busca a Jesús. Ella suspira y lo tranquiliza: “¡Ah,
no te preocupes, Él te encontrará a ti!”.
Dios nos busca y, si nos dejamos, siempre nos encuentra. Esto, en
definitiva, sería la conversión: dejarse encontrar por Dios, no
jugar al escondite.
Dios es el principal agente de la búsqueda y encuentro. “Creemos a
veces que buscamos a Dios. Pero siempre es Dios quien nos busca, y
a menudo se hace el encontradizo con quien no le buscaba en
absoluto”. (H. De Lubac.)
La conversión es don. La conversión, como todo lo que acontece en
la vida espiritual, es gracia de Dios.
El Señor la regala. Él es el único que puede curar nuestra ceguera.
El empeño debe estar en pedirle al Señor que nos convierta, y
aceptar esa conversión.
Sólo Él puede hacerme un “trasplante”, cambiarme el corazón de
piedra por uno más sensible y compasivo, capaz de sentir y darse
del todo. Él puede saciar mi ansia de tener. La codicia la puede
transformar en generosidad.
La conversión tiene tres direcciones
Es regresar a Dios, a quien habíamos abandonado; es reencontrarnos
a nosotros mismos, y vernos como Dios nos ve y nos quiere ver; es
volvernos a los otros como hijos de Dios y como hermanos nuestros.
Para cambiar, convertirse, es necesaria la oración, el estudio,
escuchar la Palabra de Dios y, sobre todo, querer dejarse
encontrar por Dios, querer cambiar.
La conversión se da como proceso y crecimiento, siempre inacabado;
es una tarea permanente, porque es una purificación constante, y
porque es un acercamiento al Señor hasta transformarnos en Él.
Conversión significa una transformación radical de nosotros mismos;
significa pensar, sentir y vivir como Cristo, presente en el
hombre despojado y alienado. La conversión implica una ruptura con
el pasado, con la vida llevada hasta el momento: “Conviértanse y
crean en el evangelio” (Mc 1, 15); pero al mismo tiempo exige
emprender una nueva senda: “Anda, vende todo lo que tienes…
después ven y sígueme” (Lc 18, 22). Convertirse es estar dispuesto
a acoger el Reino, es elegir el camino de la vida.
El Evangelio pide un cambio de mentalidad, invita a vivir según
los criterios de Dios y a no dejarse llevar por los criterios del
mundo, que producen vacío y hastío. (Cf. Rm 12, 1-2.)
La conversión es una gracia preparada siempre por la iniciativa
divina, por el Pastor que sale en busca de la oveja perdida (Lc
15, 4ss). La respuesta humana a esta gracia se analiza
concretamente en la parábola del hijo pródigo, que pone de relieve
la misericordia del Padre. (Cf. Lc 15, 11-32.)
La conversión no tiene edad. Se da en cualquier momento de la vida
y asume todos los procesos. Convertirse es construir y reconstruir
continuamente una relación con Dios y con el otro. La conversión
puede ser: conversión moral, conversión intelectual y conversión
sentimental o afectiva. La conversión radical exige un cambio de
corazón, mente y voluntad.
Convertirse a Dios
Convertirse a Dios es preparar la tierra, dejar que Él muestre su
rostro, su amor, su plan salvador; es decidirse a amarlo por
encima de todo y con todas las fuerzas, es abandonarse a Él y
poner en sus manos toda la vida y destinos. Conocer el amor de
Dios, es rendirse a su voluntad. Es una opción de por vida que se
renueva diariamente en compromisos concretos que conllevan el uso
de la misericordia, la pureza de corazón y la paciencia.
Lo fundamental en la conversión es que Dios se ha convertido a
nosotros, en fidelidad incondicional (Cf. Lc 15). Este cambio a
moverse en la esfera del amor, ocurre cuando nos damos cuenta de
que Él nos amó primero (Cf. 1Jn 4 10). Al descubrir la grandeza de
Dios, la persona queda presa de estupor como Pedro, y no puede por
menos de exclamar: “Señor, apártate de mí, que soy un hombre
pecador”. (Lc 5, 8.).
Convertirse al hermano
Convertirse a Dios lleva consigo la conversión al hermano. No es
posible separarlos. El encuentro con Dios se encarna y se
intensifica en el encuentro con el hermano. Jesús nos asegura que
todo lo que hacemos al otro, a Él se lo hacemos (Cf. Mt 25, 40).
Amar al hermano es amar a Dios. “Si me amas, apacienta mis
corderos, apacienta mis ovejas” (Jn 12, 15-17). Ambos amores son
inseparables. El amor a Dios es el primero en la jerarquía del
precepto, pero el amor al prójimo es el primero “en el rango de la
acción”. (San Agustín.)
El encuentro con Dios llevó a A. Frossard a decir: “Dios existe,
yo lo he encontrado”. Después de cada encuentro, la persona no
puede vivir como antes. “Apenas creí que había un Dios comprendí
que no podía hacer otra cosa que vivir para él”, dijo Charles de
Foucauld.
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