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Bogar mar adentro

 


Dora Amador Morales

 

Esta edición de La Voz Católica nos llena de gozo especial, porque además de llegar a los 45,000 lectores de nuestro periódico, este Domingo de Ramos, inicio de la Semana Santa, lo recibirán en sus hogares más de 100,000 suscriptores de El Nuevo Herald.

Para quien tenga como centro de su vida a Dios, como sentido de su existencia comunicar la Buena Nueva es motivo de regocijo grande, porque, como nos recordó Su Santidad hace unos días, se asume el mayor desafío de los cristianos en estos momentos: anunciar a Cristo claramente y sin ambigüedad en un mundo que, en gran medida, ha perdido el sentido de Dios. Salimos de las iglesias, bogamos mar adentro dando a conocer el Evangelio y por eso damos gracias: todo es don.

Herirá la sensibilidad de muchos ver en la portada e inmediatamente después, en la página 3, a un Cristo crucificado, sin retoques artísticos ni embellecimiento de joya. Éste es el verdadero Cristo, herido de muerte, sangrante, sufriente:

Despreciado y marginado,
hombre doliente y enfermizo,
como de taparse el rostro por no verlo.
Despreciable, un Don Nadie.
¡Y con todo eran nuestras dolencias las que él llevaba
y nuestros dolores los que soportaba!
Nosotros lo tuvimos por azotado,
herido de Dios y humillado.
Él ha sido herido por nuestras rebeldías,
molido por nuestras culpas.
Él soportó el castigo que nos trae la paz,
y con sus cardenales hemos sido curados.
Todos nosotros como ovejas erramos,
cada uno marchó por su camino,
Yahvé descargó sobre él
la culpa de todos nosotros.
Fue oprimido, y él se humilló
y no abrió la boca.
Como cordero al degüello era llevado,
y como oveja que ante los que la trasquilan
está muda, tampoco él abrió la boca.
(Cuarto Canto del Siervo, Isaías, 53, 1-7).

Porque no hay Domingo de Resurrección sin Viernes Santo, miremos el rostro, el cuerpo y las llagas de quien nos amó hasta el extremo a ti, a mí, a cada uno de nosotros. Jesús murió por amor. ¡Si sólo supiéramos con qué ternura nos aguarda! ¡Con qué sed de amor nos busca! “Tengo sed”, dijo en la Cruz. Nada más hay que volver a Él la mirada y decir: Sí. Creo, te amo, espero, y en coherencia con ese Sí radical, emprender el camino nuevo de la felicidad. Eso es Semana Santa, tiempo fuerte de reflexión en el que el Señor nos llama a la conversión profunda del corazón.

Aquí tienes, lector, lectora, páginas que te ayudarán a meditar en estos días de recogimiento y oración. Aquí encontrarás temas de profunda espiritualidad, de teología –que es, en pocas palabras, la fe buscando entendimiento–, de vidas de hombres y mujeres que son ejemplos de santidad; del quehacer de nuestra Iglesia aquí y en el mundo; de acontecimientos que nos sacuden profundamente, vistos a la luz de la fe.

Y es porque la fe nos sostiene aún en el más terrible de los momentos, por lo que en esta hora de horror que viven mis hermanos cubanos del Movimiento Cristiano Liberación, los gestores del Proyecto Varela y los disidentes condenados a largos años de presidio, confío y espero en el Señor.

El mal no tiene la última palabra. Cristo venció el mal, de eso se trata la Semana Santa: de estar al pie de la Cruz y saber que en medio de las tinieblas vendrá la luz.