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El gran Sí que apaga el silencio de la Cruz


Padre Pedro Corces


La Crucifixión, por Matías Gruenewald (1455-1528). Museo de Unterlinden, Colmar, Francia. Art Resource, NY.

De todas las celebraciones litúrgicas del año, mi favorita es el Triduo Pascual, y especialmente, dentro del Triduo, el Viernes Santo. Hay algo que desde pequeño me ha atraído de ese día. El misterio de esa celebración, el silencio, la solemnidad, la tristeza que parece empapar cada palabra y cada gesto litúrgico… Aunque haya sol o nubes, llueva o no, el Viernes Santo trae siempre el mismo sentir.

Con el paso de los años y con mucha reflexión y lectura, he podido comprender lo que la liturgia de ese día trata de comunicar: algo que hace mucho bien, y con el pasar de los años se hace cada vez más profundo, más conmovedor y estimulante. La vida de Jesús de Nazaret fue un constante darse a sí mismo, y un proclamar, con palabras y hechos, que Dios es Abba de todos, sin distinción alguna. La experiencia personal que Jesús tuvo de este Abba eternamente misericordioso y bondadoso era constante, profunda, y tan íntima, que siglos más tarde la Iglesia declararía que ambos eran de la misma esencia y naturaleza, siendo Jesús de Nazaret la revelación perfecta, única e irrepetible del Padre. Ya esto es suficiente para hacernos pensar y reflexionar sobre cuánto amor, cuánta intimidad y cuánta armonía había entre el Hijo y el Padre.

La fidelidad total

En Jesús se distingue la fidelidad total a su Padre, y la cercanía de Éste al Hijo. Las últimas horas en la vida de Jesús de Nazaret, se distinguen por el horror del tormento y la muerte en total soledad, que parecen tragarse a Jesús. Jesús tiene que tomar una decisión: negar todo lo que ha dicho y claudicar ante la humanidad y ante el Padre, o asumir las consecuencias de lo que ha vivido y proclamado a todos lo vientos: las consecuencias de seguir adelante, de no claudicar, de no negar nada de lo dicho, visto y oído en la intimidad con el Padre.

Percibe que sus amigos mas íntimos no le van a ser muy fieles en esas horas; percibe que el pueblo que lo aclamó como Hijo de David días antes, lo va a negar ahora hasta preferir a un asesino y asaltante a Él; percibe que solamente unas cuantas mujeres, entre ellas su Madre, y un discípulo muy amado, quedarán cerca, pero no podrán hacer nada por Él. Pero sí parece estar seguro de que el Padre, su Abba, no lo va a abandonar… ¿Cómo Dios, su Padre, puede darle la espalda cuando más lo va a necesitar, si siempre han estado en perfecta armonía? ¿Si Él, el Hijo, nunca le ha faltado a su Padre, ni el Padre a su Hijo? Precisamente ésta es la tragedia del Viernes Santo: el silencio de Dios, el aparente abandono del Hijo en la Cruz… La peor y más terrible de todas las soledades; el grito más espantoso en la boca de Jesús de Nazaret, el grito de toda una humanidad: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Lo que siempre me ha conmovido tremendamente de estos momentos, es que Jesús de Nazaret, ni siquiera al “sentirse” abandonado del Padre, deja de llamarlo, de buscarlo, de esperarlo, y de entregar su espíritu a un Padre al que no puede ni siquiera encontrar en esos momentos. Su entrega es la entrega en la Fe, y desde la Fe más perfecta que la humanidad haya visto. Jesús, en la cruz, parece decir: “No sé dónde estás, Padre mío, pero no me doy por vencido: te entrego todo”. Fue un salto en el vacío, un arriesgarlo todo por el Todo. San Pablo diría que, para muchos, esto sería locura o absurdo; para quienes lo vieron con sus propios ojos, sólo fue causa de más burla y escarnio. ¡La aparente derrota de Aquél que lo había arriesgado todo por amor a su Padre y a la humanidad entera!

Nuestros propios Viernes Santos

Todos hemos tenido y tendremos nuestros Viernes Santos: el grito de “¿Por qué me has abandonado?” se ha seguido lanzando a través de la historia. Sigue siendo un grito real: su Pasión continúa en esta humanidad que sufre violencia, hambre, opresión, guerras y miles de injusticias. Sigue siendo el grito de los más pobres, de los más pequeños. Pero el final de la historia de Jesús de Nazaret, su último gran grito y su entrega total, no cayeron en el vacío. Cada palabra, cada gesto, cada gota de sangre derramada; cada dolor, cada sacrificio, cada momento de burlas, rechazos e incomprensiones, no fueron en vano. Todo esto y mucho más fue recogido por el Padre, un Padre callado y horrorizado por lo que sus “otros” hijos e hijas eran capaces de hacer con el Hermano Mayor.

El Padre Eterno, su Abba, lo recogió de entre los muertos, le lavó las heridas, limpió su cuerpo, lo llenó de Vida que nunca acabaría, lo hizo Señor de la Historia, lo sentó a su derecha, y lo hizo Juez de sus hermanos y hermanas. Su Resurrección, al ser levantado de entre los muertos ––de entre los derrotados de la historia, los ejecutados por la injusticia––, no es otra cosa que el gran Sí que el Padre le ha dado a su Hijo; es la respuesta que apaga el silencio de la cruz; es la palabra que afirma y reafirma que NO lo había abandonado... Al contrario, ahora el Padre le hace Justicia al Hijo y lo reivindica, totalmente y para siempre.

Nuestros Viernes Santos, los de esta humanidad que sufre, la de los abandonados en el dolor y la muerte, no son en vano: Dios nos hace y hará Justicia. Le pido a Jesús, Sufriente y Resucitado, que nos ayude a no darnos por vencidos, a no dejarnos derrotar por el aparente silencio de Dios, a seguir dándolo todo, como Él, sabiendo que el Padre recoge en sus manos bondadosas cada segundo vivido por el hombre.

(Director de Vocaciones de la Arquidiócesis de Miami.)
vocdirector@miamiarch.org