Sor
Juana Inés de la Cruz, religiosa y poeta

Teresa Fernández Soneira

Sor Juana Inés de la Cruz
Detente Sombra
Detente, sombra de mi bien esquivo,
imagen del hechizo que más quiero,
bella ilusión por quien alegre muero,
dulce ficción por quien penosa vivo.
Si al imán de tus gracias, atractivo,
sirve mi pecho de obediente acero,
¿para qué me enamoras lisonjero
si has de burlarme luego fugitivo?
Mas blasonar no puedes, satisfecho,
de que triunfa de mí tu tiranía:
que aunque dejas burlado el lazo estrecho
que tu forma fantástica ceñía,
poco importa burlar brazos y pecho
si te labra prisión mi fantasía.
-Sor Juana Inés de la Cruz
Es delgada y esbelta, con una ancha frente sobre la que cae la
curva de la toca. Está sentada junto al escritorio, y lleva un
escapulario negro y ancho sobre el que se desliza el rosario. El
hábito de tela blanca le cubre casi toda la mano derecha, dejando
sólo visibles los dedos posados sobre un libro. Ésta es la imagen
que un pintor de la época colonial nos ha dejado de Sor Juana Inés
de la Cruz, la personalidad más destacada de las letras
virreinales del siglo XVII. Nace en 1651, Juana de Asbaje y
Ramírez, en San Miguel Nepantla, México. Época en que la cultura
de la Nueva España es ante todo una cultura verbal: el púlpito, la
cátedra y la tertulia, pero ni la universidad, ni los colegios de
enseñanza superior están abiertos a la mujer.
Su ansia de saber la lleva a un convento
Desde edad temprana Juana muestra su ansia por el saber, y a los
seis años ya sabe leer, escribir y hacer labores. Sin embargo, fue
autodidacta tenaz ya que sólo tuvo, por breve tiempo, un maestro
formal y una mujer que la enseñó a leer en Amecameca. A los 13
años, el Marqués de Mancera le abre las puertas de Palacio y se
muda a la capital. Se dice que en esta época tuvo romances con
algún joven cortesano, pero parece que Juana Inés y sus
admiradores se movían en diferentes niveles: ella los buscaría
espirituales, mientras que ellos la encontrarían quizás muy pura,
o… ¿tal vez demasiado intelectual?
Un buen día, cuando tenía 15 años, anunció que entraba en el
Convento de las Descalzas. Probablemente sus pretendientes y
amigos quedaron perplejos con la noticia. Pero ni la ausencia de
un amor, ni la necesidad de lo divino la llevan al claustro. Con
su afición a las letras y a la cultura en general, el convento es
lo más cercano a los templos del saber, cuyas puertas están
cerradas a las mujeres. Sin embargo, antes de un año tiene que
abandonar el convento, pues su resistencia física no soporta los
rigores de la regla. Dos años más tarde, en 1669, entra en el
Convento de San Jerónimo y profesa al año siguiente. Allí
permanecería hasta su muerte.
En San Jerónimo se inicia una época de oro en la cultura. La celda
de Sor Juana es laboratorio, biblioteca y tertulia. Allí tiene
instrumentos astronómicos y musicales, ya que, además de las
letras, la física y la música le atraen. Se especula que pintaba,
y que uno de los retratos que tenemos de ella salió de su propio
pincel. También es maestra de solfeo y música, e interviene en las
representaciones musicales que se celebran en el convento. Damas y
caballeros de la alta aristocracia mexicana acuden a visitarla.
La poetisa del alma nacional mexicana
Pero Juana es, ante todo, mexicana. Ama a su país y recoge en sus
versos el clamor de su pueblo, como cuando escribe el “Tocotín”,
en náhuatl, en que usa las propias voces indígenas. Nadie antes
que ella había empleado en la poesía el lenguaje mexicano. Los
críticos opinan que lo mejor que compuso fueron los villancicos en
portugués, latín, azteca y castellano, en los que hace que
intervengan elementos españoles, mexicanos y criollos. Estos
villancicos serían formadores del alma nacional mexicana.
La poesía fue el género literario preferido por Sor Juana.
Escribe una obra poética que le valió el calificativo de “la
Décima Musa”, y en sus versos vemos el retrato de una mujer que
mira hacia el futuro en busca de cambio: “Yo no estimo tesoros ni
riquezas,/y así siempre me causa más contento/poner riquezas en mi
pensamiento,/que no mi pensamiento en las riquezas,/teniendo por
mejor en mis verdades,/consumir vanidades de la vida,/que consumir
la vida en vanidades”. Bastan estos versos para apreciar la
calidad de persona y el estilo literario de una mujer intelectual
como era Sor Juana.
En 1691 su superior, el Obispo de Puebla, le envía una carta en la
que trata de apartarla de la literatura. Sor Juana, valiéndose de
un ingenioso ardid, le responde explicándole su afición a los
estudios. Le hace ver que las ciencias y las artes son escaños
para llegar al conocimiento de “la reina de las ciencias”, o sea,
la teología. Juana se defiende así: “¿Cómo sin Lógica sabría yo
los métodos en que está escrita la Sagrada Escritura? ¿Cómo sin
Retórica entendería sus figuras y lecciones? ¿Cómo sin Geometría
se podría medir el Arca Santa del Testamento y la ciudad Santa de
Jerusalén? ¿Cómo sin Arquitectura el gran Templo de Salomón?” Y
así continúa su inteligente defensa. La carta de Sor Juana no es
solamente una defensa de las letras profanas, ni va dirigida
solamente al obispo, sino a todos sus adversarios. Ella se da
cuenta de que es atacada por ser mujer, y es siempre consciente de
que su sexo es un obstáculo para su deseo de saber.
Deje los libros… Deje las letras…
Deje los versos
Después de este episodio, el obispo le ordena: “Si Sor Juana lo
que pretende es meterse en hondura teológica, deje los libros
profanos, deje las letras, deje los versos y la música y las
ciencias, y prepare su alma”. El desenlace final fue que pasara
las noches en penitencia y que se deshiciera de todos sus bienes y
su biblioteca, que según los historiadores pasaba de 4,000
volúmenes. Después, el silencio se cierne sobre ella durante los
pocos años de vida que aún le quedan. No escribió más, ni compuso
más, ni se carteó más con los grandes de la época. Regaló sus
pertenencias a los pobres, y se calló para siempre. Y curando a
las enfermas de peste en el convento, acabó su vida a los 44 años
de edad.
Sor Juana tuvo tiempo para escribir mucho más, si su amor por la
literatura hubiese sido su necesidad más urgente. Sin embargo, no
lo hizo así. Entonces, ¿qué quiso ser Sor Juana? Dice el poeta y
ensayista español Pedro Salinas en uno de sus estudios, que hay
criaturas que nacen adelantadas o retrasadas, que vienen al mundo
antes de la hora adecuada o, por el contrario, siglos después de
aquel tiempo que hubiera sido el más apropiado para que se
realizaran totalmente. Éstos son los que él llama “extemporáneos”.
Viven materialmente en su tiempo, pero espiritualmente fuera de él.
Éste es el caso de Sor Juana. Su existencia fue una lucha por
adaptar su vocación espiritual a su vocación por el conocimiento.
La vida heroica de Sor Juana Inés de la Cruz en busca del
conocimiento personal dentro de aquel mundo del siglo XVII, queda
bien resumida por Gabriela Mistral: “Milagrosa la niña que jugaba
en las huertas de Nepantla; casi fabulosa la joven aguda de la
corte virreinal; admirable la monja docta. Pero grande, sobre todo,
la monja que, liberada de la vanidad intelectual, olvida fama y
letrillas, y sobre la cara de las pestosas, recoge el soplo de la
muerte. Y muere vuelta a su Cristo como a la suma Belleza y a la
apaciguadora Verdad”.
(Autora de Apuntes desde el Destierro; Cuba: Historia de la
Educación Católica 1582-1961, y Con la Estrella y la Cruz,
Historia de la Federación de las Juventudes de Acción Católica
Cubana.)
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