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Henri Matisse y la Capilla del Rosario en Niza

 

Una expresión de su diálogo con Dios en el ocaso de su vida

 

Succession H. Matisse / ARS, NY. H. del Olmo. The Pierpont Morgan Library / Art Resource, NY
Henri Matisse: La Capilla del Rosario: El Altar, St. Dominique y el Árbol de la Vida (vitral). La obra data de 1950-1951.

Aciprensa
París

Henri Matisse nació el 31 de diciembre de 1869 en Le Cateau, al norte de Francia, y murió en Niza el 3 de noviembre de 1954, a los 85 años. Es reconocido por ser el creador y líder de los Fauves (Fieras), un grupo de artistas con un estilo que enfatizó el color intenso y las pinceladas vigorosas. Evitó los detalles, y los cambió por colores brillantes y líneas gruesas para crear una sensación de movimiento, conmocionando París y el resto del mundo. Tras entablar amistad con la religiosa Jacques-Marie, la cual le dio a conocer en una de sus visitas una imagen de la Virgen María con el Niño que luego Matisse colocaría en un vitral, fue encargado de decorar, ya anciano, la pequeña Capilla de Saint-Marie du Rosaire, en Vence (cerca de Niza), obra que desarrolló entre 1947 y 1951.

Henri Matisse fue conocido y admirado en la primera mitad del siglo XX por la simplicidad de sus trazos y el impacto del color, en obras que solían representar bailarines andróginos, paisajes y figuras de papel. Pocos saben que terminó su vida pintando una capilla en Niza, y menos aún conocen la repercusión de esta experiencia en su relación con Dios.

Matisse era ya viejo y estaba casi paralítico; así nos cuenta Giovanni Testori aquella empresa artística: “vidrieras, casullas, píxides, todo lo hizo él. Y pensar que en aquellos años estaba ya inmóvil y apenas podía usar las manos. Entonces dibujaba sobre folios de colores, rojos, azules, sirviéndose de un gran bastón, y después, siempre con un bastón, los recortaba y los encolaba. Hacia el final de su vida prescinde incluso del color. Tal vez”, explica, “descubrió que su gran sueño siempre habían sido los vitrales, es decir el color, pero, a la vez, algo que va más allá del color: la concentración de la luz (...) Una concentración que se vuelve fulgor.”

“Comencé con lo secular, y aquí estoy, en el ocaso de mi vida, terminando con lo divino”, afirmó Matisse a los 81 años y a sólo tres de su muerte.

“A menudo el genio de Henri Matisse habla a través de una engañosa simplicidad. Sin embargo, en pocas instancias su minimalismo está más cargado de esfuerzo y significado que en las pinturas y en los vitrales de la Capilla del Rosario, en este pueblo medieval cercano a Niza”, señaló The New York Times en mención del aniversario de la capilla.

Cuando completó el trabajo de la capilla en 1951, pensando posiblemente en la muerte, se preguntó: “¿Creo en Dios? Sí”, fue la respuesta que se dio a sí mismo, “creo, cuando estoy trabajando. Cuando soy sumiso y modesto”, explicó, “me siento rodeado por alguien que me hace hacer cosas de las que no soy capaz”.

La capilla fue bendecida el 25 de junio de 1951, y en aquella ocasión Matisse escribió al obispo de Niza:

“Excelencia, le presento con toda humildad la Capilla del Rosario de las dominicas de Vence. Le pido que me disculpe por no haber podido presentarle yo mismo este trabajo a causa de mi edad y de mi salud. La obra ha requerido cuatro años de un trabajo exclusivo y asiduo, y es el resultado de toda mi vida activa. La considero, a pesar de todas sus imperfecciones, mi obra maestra. Ojalá”, prosiguió Matisse, “el porvenir pueda dar la razón a este juicio mediante un creciente interés, incluso más allá del significado más alto de este monumento. Cuento, Excelencia, con vuestra vasta experiencia de los hombres y con vuestra profunda sabiduría para que juzguéis un esfuerzo que es el resultado de una vida consagrada a la búsqueda de la verdad”.

No parece poco para quien, cuarenta años antes, había afirmado: “Yo sueño un arte equilibrado, puro, tranquilo, sin sujeto inquietante o preocupante, que sea para cualquier trabajador intelectual, para el hombre de negocios o para el literato, por ejemplo, un lenitivo, un calmante cerebral, algo análogo a una buena poltrona donde reposar de sus fatigas físicas”; en definitiva, una morada, y Matisse la construyó, pero para el espíritu.

También destacó que “todo arte digno de ese nombre es religioso. Ya sea que esté hecho de líneas o de colores; si esta creación no es religiosa, no es arte. No es más que un documento, una anécdota”.

La capilla presenta una austeridad asombrosa. Se trata de un edificio moderno y pequeño, en terrenos de una residencia de religiosas dominicas, y presenta tres murales en blanco y negro del pincel de Matisse: el Vía Crucis, la Virgen y el Niño, y St. Dominique, así como tres vitrales semiabstractos.

Matisse también diseñó el altar de piedra, una cruz de bronce, coloridas vestiduras y la puerta tallada del confesionario, en 1951.

El pintor describió la capilla como producto de “una vida entera de trabajo”, aunque le requirió cuatro años de labor. La obra central de la capilla es el Vía Crucis, con las catorce Estaciones de la Cruz pintadas en tres hileras, sobre losas de cerámica, para formar un solo panel de 3.96 m. por 1.98 m en la pared posterior de la capilla.

Como cada una de las estaciones representa un momento crítico en las últimas horas de Jesús, Matisse trabajó separadamente en ellas, buscando inspiración para sus bosquejos en algunas pinturas de maestros anteriores, entre ellos Mantegna y Rubens.