Meditaciones del Vía Crucis de 2003, por
Su Santidad Juan Pablo II
Las meditaciones del Vía Crucis de 2003 han sido escritas por el
Papa según un comunicado del maestro de las Celebraciones
Litúrgicas Pontificias, el obispo Piero Marini.
El obispo Marini afirma que las meditaciones de este año, en el
que se conmemora el XXV aniversario del pontificado de Juan Pablo
II, han sido compuestas con ocasión de los ejercicios espirituales
que el entonces cardenal arzobispo de Cracovia, Karol Wojtyla,
predicó en 1976 a Pablo VI y a la Curia Romana en el Vaticano.
Las meditaciones de 1976 fueron publicadas en 1977 con el
“emblemático título Signo de contradicción”, y en 2001 salió una
segunda edición. El Papa, escribe el obispo Marini, ha querido
volver a proponer aquel Vía Crucis, cuyo texto no ha sido
modificado, para que se medite en la noche del Viernes Santo. Juan
Pablo II nunca ha faltado a la celebración del Vía Crucis en el
Coliseo. Tras recordar que el pasado 16 de octubre, en el XXIV
aniversario de su elección como sucesor de Pedro, el Papa promulgó
la carta apostólica Rosarium Virginis Mariae y estableció un Año
del Rosario, el obispo Marini escribe que en las oraciones del Vía
Crucis se advierte desde el inicio de la presencia de Santa María,
Reina de la Paz.
En esta meditación trataremos de seguir las huellas del Señor en
el camino que va desde el pretorio de Pilato hasta el lugar
llamado “Calavera”, Gólgota en hebreo (Jn 19, 17). Hoy día este
camino es visitado por los peregrinos que de todo el mundo acuden
a Tierra Santa.
También Su Santidad lo recorrió, rodeado de una enorme muchedumbre
de habitantes de Jerusalén y de peregrinos. El Vía Crucis de
nuestro Señor Jesucristo está históricamente vinculado a los
sitios que Él hubo de recorrer. Pero hoy día ha sido trasladado
también a muchos otros lugares, donde los fieles del divino
Maestro quieren seguirle en espíritu por las calles de Jerusalén.
En algunos santuarios, como en el que recordábamos en días
anteriores, el Calvario de Zebrzydowska, la devoción de los fieles
a la Pasión ha reconstruido el Vía Crucis con estaciones muy
alejadas entre sí. Habitualmente en nuestras iglesias las
estaciones son catorce, como en Jerusalén entre el pretorio y la
basílica del Santo Sepulcro. Ahora nos detendremos espiritualmente
en estas estaciones, meditando el misterio de Cristo cargado con
la cruz.
I. Estación: Jesús condenado a muerte
La sentencia de Pilato fue dictada bajo la presión de los
sacerdotes y de la multitud. La condena a muerte por crucifixión
debería de haber satisfecho sus pasiones y ser la respuesta al
grito: “¡Crucifícale! ¡Crucifícale!” (Mc 15, 13-14, etc.). El
pretor romano pensó que podría eludir el dictar sentencia
lavándose las manos, como se había desentendido antes de las
palabras de Cristo cuando éste identificó su reino con la verdad,
con el testimonio de la verdad (Jn 18, 38). En uno y otro caso
Pilato buscaba conservar la independencia, mantenerse en cierto
modo “al margen”. Pero eran sólo apariencias. La cruz a la que fue
condenado Jesús de Nazaret (Jn 19, 16), así como su verdad del
reino (Jn 18, 36-37), debía de afectar profundamente al alma del
pretor romano. Esta fue y es una Realeza, frente a la cual no se
puede permanecer indiferente o mantenerse al margen.
El hecho de que a Jesús, Hijo de Dios, se le pregunte por su reino,
y que por esto sea juzgado por el hombre y condenado a muerte,
constituye el principio del testimonio final de Dios que tanto amó
al mundo (cf. Jn 3, 16).
También nosotros nos encontramos ante este testimonio, y sabemos
que no nos es lícito lavarnos las manos.
V.
Te adoramos, ¡oh Cristo!, y te bendecimos.
R.
Que por tu santa cruz redimiste al mundo.
II. Estación: Jesús carga con la cruz
Empieza la ejecución, es decir, el cumplimiento de la sentencia.
Cristo, condenado a muerte, debe cargar con la cruz como los otros
dos condenados que van a sufrir la misma pena: “Fue contado entre
los pecadores” (Is 53, 12). Cristo se acerca a la cruz con el
cuerpo entero terriblemente magullado y desgarrado, con la sangre
que le baña el rostro, cayéndole de la cabeza coronada de espinas.
Ecce Homo! (Jn 19, 5). En Él se encierra toda la verdad del Hijo
del hombre predicha por los profetas, la verdad sobre el siervo de
Yavé anunciada por Isaías: “Fue traspasado por nuestras
iniquidades... y en sus llagas hemos sido curados” (Is 53, 5).
Está también presente en Él una cierta consecuencia, que nos deja
asombrados, de lo que el hombre ha hecho con su Dios. Dice Pilato:
“Ecce Homo” (Jn 19, 5): “¡Mirad lo que habéis hecho de este
hombre!” En esta afirmación parece oírse otra voz, como queriendo
decir: “¡Mirad lo que habéis hecho en este hombre con vuestro Dios!”
Resulta conmovedora la semejanza, la interferencia de esta voz que
escuchamos a través de la historia con lo que nos llega mediante
el conocimiento de la fe. Ecce Homo!
Jesús, “el llamado Mesías” (Mt 27, 17), carga la cruz sobre sus
espaldas (Jn 19, 17). Ha empezado la ejecución.
V.
Te adoramos, ¡oh Cristo!, y te bendecimos.
R.
Que por tu santa cruz redimiste al mundo.
III. Estación: Jesús cae por primera vez
Jesús cae bajo la cruz. Cae al suelo. No recurre a sus fuerzas
sobrehumanas, no recurre al poder de los ángeles. “¿Crees que no
puedo rogar a mi Padre, quien pondría a mi disposición al punto
más de doce legiones de ángeles?” (Mt 26, 53). No lo pide.
Habiendo aceptado el cáliz de manos del Padre (Mc 14, 36, etc.),
quiere beberlo hasta las heces. Esto es lo que quiere. Y por esto
no piensa en ninguna fuerza sobrehumana, aunque al instante podría
disponer de ellas. Pueden sentirse dolorosamente sorprendidos los
que le habían visto cuando dominaba a las humanas dolencias, a las
mutilaciones, a las enfermedades, a la muerte misma. ¿Y ahora? ¿Está
negando todo eso? Y, sin embargo, “nosotros esperábamos”, dirán
unos días después los discípulos de Emaús (Lc 24, 21). “Si eres el
Hijo de Dios...” (Mt 27, 40), le provocarán los miembros del
Sanedrín. “A otros salvó, a sí mismo no puede salvarse” (Mc 15,
31; Mt 27, 42), gritará la gente.
Y él acepta estas frases de provocación, que parecen anular todo
el sentido de su misión, de los sermones pronunciados, de los
milagros realizados. Acepta todas estas palabras, decide no
oponerse. Quiere ser ultrajado. Quiere vacilar. Quiere caer bajo
la cruz. Quiere. Es fiel hasta el final, hasta los mínimos
detalles, a esta afirmación: “No se haga lo que yo quiero, sino lo
que quieres tú” (cf. Mc 14, 36).
Dios salvará a la humanidad con las caídas de Cristo bajo la cruz.
V.
Te adoramos, ¡oh Cristo!, y te bendecimos.
R.
Que por tu santa cruz redimiste al mundo.
IV. Estación: Jesús encuentra a su Madre
La Madre. María se encuentra con su Hijo en el camino de la cruz.
La cruz de Él es su cruz, la humillación de Él es la suya, suyo el
oprobio público de Jesús. Es el orden humano de las cosas. Así
deben sentirlo los que la rodean y así lo capta su corazón: “…y
una espada atravesará tu alma” (Lc 2, 35). Las palabras
pronunciadas cuando Jesús tenía cuarenta días se cumplen en este
momento. Alcanzan ahora su plenitud total. Y María avanza,
traspasada por esta invisible espada, hacia el Calvario de su Hijo,
hacia su propio Calvario. La devoción cristiana la ve con esta
espada clavada en su corazón, y así la representa en pinturas y
esculturas. ¡Madre Dolorosa!
“¡Oh tú que has padecido junto con Él!”, repiten los fieles,
íntimamente convencidos de que así justamente debe expresarse el
misterio de este sufrimiento. Aunque este dolor le pertenezca y le
afecte en lo más profundo de su maternidad, sin embargo, la verdad
plena de este sufrimiento se expresa con la palabra “com-pasión”.
También ella pertenece al mismo misterio: expresa en cierto modo
la unidad con el sufrimiento del Hijo.
V.
Te adoramos, ¡oh Cristo!, y te bendecimos.
R.
Que por tu santa cruz redimiste al mundo.
V. Estación: Simón Cireneo ayuda a Jesús
Simón de Cirene, llamado a cargar con la cruz (cf. Mc 15, 21; Lc
23, 26), no la quería llevar ciertamente. Hubo que obligarle.
Caminaba junto a Cristo bajo el mismo peso. Le prestaba sus
hombros cuando los del condenado parecían no poder aguantar más.
Estaba cerca de él: más cerca que María o que Juan, a quien, a
pesar de ser varón, no se le pide que le ayude. Le han llamado a
él, a Simón de Cirene, padre de Alejandro y de Rufo, como refiere
el evangelio de Marcos (Mc 15, 21). Le han llamado, le han
obligado.
¿Cuánto duró esta coacción? ¿Cuánto tiempo caminó a su lado, dando
muestras de que no tenía nada que ver con el condenado, con su
culpa, con su condena? ¿Cuánto tiempo anduvo así, dividido
interiormente, con una barrera de indiferencia entre él y ese
Hombre que sufría? “Estaba desnudo, tuve sed, estaba preso” (cf.
Mt 25, 35-36), llevaba la cruz... ¿La llevaste conmigo?… ¿La has
llevado conmigo verdaderamente hasta el final?
No se sabe.
San Marcos refiere solamente el nombre de los hijos del Cireneo y
la tradición sostiene que pertenecían a la comunidad de cristianos
allegada a San Pedro (cf. Rom 16, 13).
V.
Te adoramos, ¡oh Cristo!, y te bendecimos.
R.
Que por tu santa cruz redimiste al mundo.
VI. Estación: La Verónica limpia Su rostro
La tradición nos habla de la Verónica. Quizá ella completa la
historia del Cireneo. Porque lo cierto es que –aunque, como mujer,
no cargara físicamente con la cruz y no se la obligara a ello–
llevó sin duda esta cruz con Jesús: la llevó como podía, como en
aquel momento era posible hacerlo y como le dictaba su corazón:
limpiándole el rostro.
Este detalle, referido por la tradición, parece fácil de explicar:
en el lienzo con el que secó su rostro han quedado impresos los
rasgos de Cristo. Puesto que estaba todo él cubierto de sudor y
sangre, muy bien podía dejar señales y perfiles. Pero el sentido
de este hecho puede ser interpretado también de otro modo, si se
considera a la luz del sermón escatológico de Cristo. Son muchos
indudablemente los que preguntarán: “Señor, ¿cuándo hemos hecho
todo esto?” Y Jesús responderá: “Cuantas veces hicisteis eso a uno
de estos mis hermanos menores, a mí me lo hicisteis” (Mt 25, 40).
El Salvador, en efecto, imprime su imagen sobre todo acto de
caridad, como sobre el lienzo de la Verónica.
V.
Te adoramos, ¡oh Cristo!, y te bendecimos.
R.
Que por tu santa cruz redimiste al mundo.
VII. Estación: Jesús cae por segunda vez
“Yo soy un gusano, no un hombre; el oprobio de los hombres y el
desecho del pueblo” (Sal 22, 7): las palabras del Salmista-profeta
encuentran su plena realización en estas estrechas, arduas
callejuelas de Jerusalén, durante las últimas horas que preceden a
la Pascua. Ya se sabe que estas horas, antes de la fiesta, son
extenuantes y las calles están llenas de gente. En este contexto
se verifican las palabras del Salmista, aunque nadie piense en
ellas. No paran mientes en ellas ciertamente todos cuantos dan
pruebas de desprecio, para los cuales este Jesús de Nazaret que
cae por segunda vez bajo la cruz se ha hecho objeto de escarnio.
Y Él lo quiere, quiere que se cumpla la profecía. Cae, pues,
exhausto por el esfuerzo. Cae por voluntad del Padre, voluntad
expresada asimismo en las palabras del Profeta. Cae por propia
voluntad, porque “¿cómo se cumplirían, si no, las Escrituras?” (Mt
26, 54): “Soy un gusano y no un hombre” (Sal 22, 7); por tanto, ni
siquiera “Ecce Homo” (Jn 19, 5); menos aún, peor todavía.
El gusano se arrastra pegado a tierra; el hombre, en cambio, como
rey de las criaturas, camina sobre ella. El gusano carcome la
madera: como el gusano, el remordimiento del pecado roe la
conciencia del hombre.
Remordimiento por esta segunda caída.
V.
Te adoramos, ¡oh Cristo!, y te bendecimos.
R.
Que por tu santa cruz redimiste al mundo.
VIII. Estación: Jesús y las mujeres de Jerusalén
Es la llamada al arrepentimiento, al verdadero arrepentimiento, al
pesar, en la verdad del mal cometido. Jesús dice a las hijas de
Jerusalén que lloren a su vista: “No lloréis por mí; llorad más
bien por vosotras mismas y por vuestros hijos” (Lc 23, 28). No
podemos quedarnos en la superficie del mal, hay que llegar a su
raíz, a las causas, a la más honda verdad de la conciencia.
Esto es justamente lo que quiere darnos a entender Jesús cargado
con la cruz, que desde siempre “conocía lo que en el hombre había”
(Jn 2, 25) y siempre lo conoce. Por esto Él debe ser en todo
momento el más cercano testigo de nuestros actos y de los juicios
que sobre ellos hacemos en nuestra conciencia. Quizá nos haga
comprender incluso que estos juicios deben ser ponderados,
razonables, objetivos –dice: “No lloréis”–; pero, al mismo tiempo,
ligados a todo cuanto esta verdad contiene: nos lo advierte porque
es Él el que lleva la cruz. Señor, ¡dame saber vivir y andar en la
verdad!
V.
Te adoramos, ¡oh Cristo!, y te bendecimos.
R.
Que por tu santa cruz redimiste al mundo.
IX. Estación: Tercera caída
“Se humilló, hecho obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Flp
2, 8). Cada estación de esta Vía es una piedra miliar de esa
obediencia y ese anonadamiento.
Captamos el grado de este anonadamiento cuando leemos las palabras
del Profeta: “Todos nosotros andábamos errantes como ovejas,
siguiendo cada uno su camino, y Yavé cargó sobre él la iniquidad
de todos nosotros” (Is 53, 6). Comprendemos el grado de este
anonadamiento cuando vemos que Jesús cae una vez más, la tercera,
bajo la cruz.
Cuando pensamos en quién es el que cae, quién yace entre el polvo
del camino bajo la cruz, a los pies de gente hostil que no le
ahorra humillaciones y ultrajes...
¿Quién es el que cae? ¿Quién es Jesucristo? “Quien, existiendo en
forma de Dios, no reputó como botín codiciable ser igual a Dios,
antes se anonadó, tomando la forma de siervo y haciéndose
semejante a los hombres; y en la condición de hombre se humilló,
hecho obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Flp 2, 6-8).
V.
Te adoramos, ¡oh Cristo!, y te bendecimos.
R.
Que por tu santa cruz redimiste al mundo.
X. Estación: Jesús, despojado de sus vestidos
Cuando Jesús, despojado de sus vestidos, se encuentra ya en el
Gólgota (cf. Mc 15, 24, etc.), nuestros pensamientos se dirigen
hacia su Madre: vuelven hacia atrás, al origen de este cuerpo que
ya ahora, antes de la crucifixión, es todo él una llaga (cf. Is 52
,14). El misterio de la Encarnación: el Hijo de Dios toma cuerpo
en el seno de la Virgen (cf. Mt 1, 23; Lc 1, 26-38). El Hijo de
Dios habla al Padre con las palabras del Salmista: “No te
complaces tú en el sacrificio y la ofrenda… pero me has preparado
un cuerpo” (Sal 40, 8-7; Heb 10, 5). El cuerpo del hombre expresa
su alma. El cuerpo de Cristo expresa el amor al Padre: “Entonces
dije: ‘¡Heme aquí que vengo!’... para hacer, ¡oh Dios!, tu
voluntad” (Sal 40, 9; Heb 10, 7). “Yo hago siempre lo que es de su
agrado” (Jn 8, 29). Este cuerpo desnudo cumple la voluntad del
Hijo y la del Padre en cada llaga, en cada estremecimiento de
dolor, en cada músculo desgarrado, en cada reguero de sangre que
corre, en todo el cansancio de sus brazos, en los cardenales de
cuello y espaldas, en el terrible dolor de las sienes. Este cuerpo
cumple la voluntad del Padre cuando es despojado de sus vestidos y
tratado como objeto de suplicio, cuando encierra en sí el inmenso
dolor de la humanidad profanada.
El cuerpo del hombre es profanado de varias maneras.
En esta estación debemos pensar en la Madre de Cristo, porque bajo
su corazón, en sus ojos, entre sus manos el cuerpo del Hijo de
Dios ha recibido una adoración plena.
V.
Te adoramos, ¡oh Cristo!, y te bendecimos.
R.
Que por tu santa cruz redimiste al mundo.
XI. Estación: Jesús clavado en la cruz
“Han taladrado mis manos y mis pies y puedo contar todos mis
huesos” (Sal 22, 17-18). “Puedo contar…”: ¡qué palabras proféticas!
Sabemos que este cuerpo es un rescate. Un gran rescate es todo
este cuerpo: las manos, los pies y cada hueso. Todo el Hombre en
máxima tensión: esqueleto, músculos, sistema nervioso, cada órgano,
cada célula, todo en máxima tensión. “Yo, si fuere levantado de la
tierra, atraeré a todos a mí” (Jn 12, 32). Palabras que expresan
la plena realidad de la crucifixión. Forma parte de ésta también
la terrible tensión que penetra las manos, los pies y todos los
huesos: terrible tensión del cuerpo entero que, clavado como un
objeto a los maderos de la cruz, va a ser aniquilado hasta el fin,
en las convulsiones de la muerte. Y en la misma realidad de la
crucifixión entra todo el mundo que Jesús quiere atraer a Sí (cf.
Jn 12, 32). El mundo está sometido a la gravitación del cuerpo,
que tiende por inercia hacia lo bajo.
Precisamente en esta gravitación estriba la pasión del Crucificado.
“Vosotros sois de abajo, yo soy de arriba” (Jn 8, 23). Sus
palabras desde la cruz son: “Padre, perdónalos, porque no saben lo
que hacen” (Lc 23, 34).
V.
Te adoramos, ¡oh Cristo!, y te bendecimos.
R.
Que por tu santa cruz redimiste al mundo.
XII. Estación: Jesús muere
Jesús clavado en la cruz, inmovilizado en esta terrible posición,
invoca al Padre (cf. Mc 15, 34; Mt 27, 46; Lc 23, 46). Todas las
invocaciones atestiguan que El es uno con el Padre. “Yo y el Padre
somos una sola cosa” (Jn 10, 30); “El que me ha visto a mí ha
visto al Padre” (Jn 14, 9); “Mi Padre sigue obrando todavía, y por
eso obro yo también” (Jn 5, 17).
He aquí el más alto, el más sublime obrar del Hijo en unión con el
Padre. Sí: en unión, en la más profunda unión, justamente cuando
grita: Eloí, Eloí, lama sabachtani?: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué
me has abandonado?” (Mc 15, 34; Mt 27, 46). Este obrar se expresa
con la verticalidad del cuerpo que pende del madero perpendicular
de la cruz, con la horizontalidad de los brazos extendidos a lo
largo del madero transversal. El hombre que mira estos brazos
puede pensar que con el esfuerzo abrazan al hombre y al mundo.
Abrazan.
He aquí el hombre. He aquí a Dios mismo. “En Él... vivimos y nos
movemos y existimos” (Act 17, 28). En Él: en estos brazos
extendidos a lo largo del madero transversal de la cruz.
El misterio de la Redención.
V.
Te adoramos, ¡oh Cristo!, y te bendecimos.
R.
Que por tu santa cruz redimiste al mundo.
XIII. Estación: Jesús en brazos de su Madre
En el momento en que el cuerpo de Jesús es bajado de la cruz y
puesto en brazos de la Madre, vuelve a nuestra mente el momento en
que María acogió el saludo del ángel Gabriel: “Concebirás en tu
seno y darás a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús… Y le
dará el Señor Dios el trono de David, su padre… y su reino no
tendrá fin” (Lc 1, 31-33). María sólo dijo: “Hágase en mí según tu
palabra” (Lc 1, 38), como si desde el principio hubiera querido
expresar cuanto estaba viviendo en este momento.
En el misterio de la Redención se entrelazan la gracia, esto es,
el don de Dios mismo, y “el pago” del corazón humano. En este
misterio somos enriquecidos con un Don de lo alto (Sant 1, 17) y
al mismo tiempo somos comprados con el rescate del Hijo de Dios
(cf. 1 Cor 6, 20; 7, 23; Act 20, 28). Y María, que fue más
enriquecida que nadie con estos dones, es también la que paga más.
Con su corazón.
A este misterio está unida la maravillosa promesa formulada por
Simeón cuando la presentación de Jesús en el templo: “Una espada
atravesará tu alma para que se descubran los pensamientos de
muchos corazones” (Lc 2, 35).
También esto se cumple. ¡Cuántos corazones humanos se abren ante
el corazón de esta Madre que tanto ha pagado!
Y Jesús está de nuevo todo él en sus brazos, como lo estaba en el
portal de Belén (cf. Lc 2, 16), durante la huida a Egipto (cf. Mt
2, 14), en Nazaret (cf. Lc 2, 39-40).
La Piedad.
V.
Te adoramos, ¡oh Cristo!, y te bendecimos.
R.
Que por tu santa cruz redimiste al mundo.
XIV. Estación: Entierro de Jesús
Desde el momento en que el hombre, a causa del pecado, se alejó
del árbol de la vida (cf. Gén 3), la tierra se convirtió en un
cementerio. Tantos sepulcros como hombres. Un gran planeta de
tumbas.
En las cercanías del Calvario había una tumba que pertenecía a
José de Arimatea (cf. Mt 27, 60). En este sepulcro, con el
consentimiento de José, depositaron el cuerpo de Jesús una vez
bajado de la cruz (cf. Mc 15, 42-46, etc.). Lo depositaron
apresuradamente, para que la ceremonia acabara antes de la fiesta
de Pascua (cf. Jn 19, 31), que empezaba con el crepúsculo.
Entre todas las tumbas esparcidas por los continentes de nuestro
planeta, hay una en la que el Hijo de Dios, el hombre Jesucristo,
ha vencido a la muerte con la muerte. O mors! ero mors tua!:
“Muerte, ¡yo seré tu muerte!” (1 antif. Laudes del Sábado santo).
El árbol de la Vida, del que el hombre fue alejado por su pecado,
se ha revelado nuevamente a los hombres en el cuerpo de Cristo.
“Si alguno come de este pan, vivirá para siempre, y el pan que yo
le daré es mi carne, vida del mundo” (Jn 6, 51).
Aunque se multipliquen siempre las tumbas en nuestro planeta,
aunque crezca el cementerio en el que el hombre surgido del polvo
retorna al polvo (cf. Gén 3, 19), todos los hombres que contemplan
el sepulcro de Jesucristo viven en la esperanza de la Resurrección.
V.
Te adoramos, ¡oh Cristo!, y te bendecimos.
R.
Que por tu santa cruz redimiste al mundo.
Aceptación de la muerte
Señor, Dios mío, ya desde ahora acepto de buena voluntad, como
venida de tu mano, cualquier género de muerte que quieras enviarme,
con todas sus angustias, penas y dolores.
V.
Jesús, José y María,
R.
Os doy el corazón y el alma mía.
V.
Jesús, José y María,
R.
Asistidme en mi última agonía.
V.
Jesús, José y María,
R.
En vosotros descanse en paz el alma mía.
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