ARCHIVO

BUSQUEDA

PORTADA

 ARQUIDIOCESIS MIAMI
 ARZ. J.C. FAVALORA
 CALENDARIO
 MUNDO Y NACION
 VATICANO
 LIBROS / CINE / ARTE
 IGLESIA EN CUBA
 IGLESIA EN A. LATINA
 OPINIONES
 ESPIRITUALIDAD
 ENLACES

 

 

Llevar la Palabra de Dios a las prisiones


Sammy Díaz

¿Qué es un delito? Un delito es la violación de una ley. Y nuestro sistema judicial tiene como obligación aplicar las leyes. Una persona acusada, si se declara “no culpable”, es llevada a juicio, donde dos adversarios, ante un jurado de ciudadanos, van a decidir la cuestión. El fiscal debe probar, sin lugar a dudas, que se violó la ley; y el defensor debe demostrar que las pruebas del fiscal no son suficientes. El Juez se ocupa de mantener la imparcialidad del proceso y de explicar la ley al jurado.

La ley y la moral pueden coincidir, pero no siempre es así. Hay hechos que son inmorales y legales, como el aborto voluntario. Otros pueden ser morales e ilegales, como el caso del inmigrante que busca refugio. El proceso, por su parte, es imparcial e impersonal: se trata del Estado, que aplica la letra de la ley.

Con la expresión “los presos”, el público suele definir a todas las personas que están detenidas por las más diversas razones, que van desde delitos menores hasta crímenes horrendos. Las personas no caen en la cárcel o en la prisión por casualidad, sino a consecuencia de experiencias y situaciones que pueden tener orígenes muy variados, y ante las cuales tomaron decisiones o asumieron riesgos que resultaron erróneos, o cuando menos irresponsables.

En la Pastoral Carcelaria somos más de 200 voluntarios, sin contar los voluntarios de otros ministerios que cooperan con nosotros, como Rescate, Seminarios Emaús de Vida en el Espíritu, y las pastorales diocesanas de jóvenes, de la familia, de respeto a la vida, de ministerios laicos, liturgia y catequesis.

 

En las cárceles de los condados

Nuestro ministerio en las cárceles de los condados ––donde los reclusos no suelen permanecer por largo tiempo––  consiste en celebrar servicios religiosos, generalmente una paraliturgia de la Palabra presidida  por un laico, y visitar las celdas para hablar directamente con los presos. En estas cárceles están las personas que esperan su día en la corte, porque no tienen derecho a fianza o no tienen dinero para pagarla. También hay enfermos mentales, en peligro de hacerse daño a sí mismos o a otros, y al negarse ellos a recibir tratamiento, sus familiares sólo tienen el recurso de pedir que los arresten, para que el juez pueda ordenar una evaluación  médica. En las cárceles hay desamparados, muchos de ellos enfermos mentales o adictos a las dorgas; hay algunos jóvenes que esperan a ser juzgados como adultos, y a veces inmigrantes indocumentados a los que aguarda la deportación. La situación de estas personas es de incertidumbre, porque no han ido a juicio y no saben cuál será el futuro.

Para estos casos, la cárcel es generalmente un edificio dividido en unidades, y el preso no se mueve en todo el día de su unidad, porque no ha sido juzgado y no se le puede mandar a trabajar. El ministerio es difícil, porque se trata de una población cambiante; las capillas son pequeñas y sólo se lleva a ellas a un grupo reducido de presos, ya que, por razones de seguridad, no se mezclan las distintas unidades. Es poco común que el voluntario vea a la misma persona varias veces. El ministerio de Detención, en cambio, es personal: va a sanar a un ser humano que tomó una decisión equivocada; a ayudarle a comprender su situación. La justicia divina es  perdón y reconciliación. Es reconocer los errores y los daños infligidos a otros.

En las prisiones estatales o federales hay presos que se convierten en verdaderos apóstoles

Nuestro ministerio en las prisiones estatales o federales es distinto: todos los presos han sido sentenciados a más de un año, con condenas que pueden ser largas y, en algunos casos, para toda la vida.

La prisión típica es un campamento con varios edificios, rodeada por una triple cerca con alambres de púas y torres con guardias armados. Algunos edificios son dormitorios divididos en unidades. Los presos pueden ir a la capilla si lo desean. Todos trabajan o estudian, o reciben algún tratamiento o entrenamiento.

La situación humana es allí de sobrevivencia: vivir en un medio hostil pero permanente, especialmente los lifers (condenados a cadena perpetua), que saben que nunca van a salir.  

En cada prisión, el ministerio funciona como una capellanía, donde se forma con los presos una comunidad de católicos; se preparan para recibir los sacramentos, el bautismo, la confirmación y la comunión; se dan clases de catecismo y de Biblia; se les enseña a rezar el rosario en grupos.

En la prisión se ven conversiones profundas; hay presos que se convierten en verdaderos apóstoles, y su vida se transforma en una vida de oración. Son una minoría, es cierto, pero su influencia es grande.

Cada prisión tiene sus propias características, debidas al nivel de seguridad, el sexo y las edades de los reclusos. En todas las prisiones tenemos por lo menos un diácono, que funciona como “cura de almas” junto con voluntarios laicos; casi todas las prisiones tienen una parroquia que les da apoyo.

 

Hay que sanar también a las víctimas

El ministerio consiste también en sanar a las víctimas, a las personas que sufrieron directamente la agresión, así como a sus familiares, amigos o allegados. Una víctima sin sanar puede convertirse en un agresor. Nuestro ministerio no consiste solamente en visitar presos: es tratar de ver la realidad de esa persona y su entorno, ya sea agresora o víctima, para ayudarla en su camino de sanación espiritual y conversión.

Ya en algunas parroquias tenemos grupos de voluntarios que trabajan bajo la supervisón del párroco, atendiendo a las víctimas de crímenes, y a sus familiares. La vida de la Iglesia se desenvuelve en las parroquias. Nuestra misión en la parroquia es acompañar y orientar a estas personas para que acudan a los otros ministerios, y a los servicios sociales disponibles en la comunidad.

El restablecimiento de la comunicación entre el preso y sus familiares mediante la reconciliación y el perdón, es un camino largo en muchos casos, especialmente en aquellos donde hay adicción y el familiar ha sido la víctima.

Lo más difícil en las relaciones humanas es restablecer la confianza que se ha roto.

 

Vale la pena dar otra oportunidad

Una pastoral similar se realiza en otros centros de detención que no son cárceles ni prisiones, como South Florida Evaluation Center, para enfermos mentales, algunos de los cuales han cometido delitos; el Highland  Pavilion, donde hay jóvenes sentenciados a tratamiento contra la adicción; el centro de detención de Krome, para inmigrantes indocumentados; los centros de detención para jóvenes, y los centros de transición de la prisión a la libertad.

Finalmente, hay presos que carecen de familias; para ellos tenemos un ministerio que funciona por correo: una persona se escribe regularmente con el preso, ofreciéndole un acompañamiento espiritual. También estamos desarrollando o identificando cursos por correo para evangelizar a estos presos en español.

¿Estará dispuesto el preso que regresa a ponerse en contacto con grupos de apoyo contra la adicción, para el control de la ira, etc.?

Cada caso es un reto para todos, pero, gracias a Dios, tenemos testimonios muy favorables de que vale la pena dar otra oportunidad.

(Director de la Pastoral Carcelaria de la Arquidiócesis de Miami.)