Llevar la Palabra
de Dios a las prisiones

Sammy Díaz
¿Qué es un delito? Un delito es la violación de una ley. Y nuestro
sistema judicial tiene como obligación aplicar las leyes. Una
persona acusada, si se declara “no culpable”, es llevada a juicio,
donde dos adversarios, ante un jurado de ciudadanos, van a decidir
la cuestión. El fiscal debe probar, sin lugar a dudas, que se
violó la ley; y el defensor debe demostrar que las pruebas del
fiscal no son suficientes. El Juez se ocupa de mantener la
imparcialidad del proceso y de explicar la ley al jurado.
La ley y la moral pueden coincidir, pero no siempre es así. Hay
hechos que son inmorales y legales, como el aborto voluntario.
Otros pueden ser morales e ilegales, como el caso del inmigrante
que busca refugio. El proceso, por su parte, es imparcial e
impersonal: se trata del Estado, que aplica la letra de la ley.
Con la expresión “los presos”, el público suele definir a todas
las personas que están detenidas por las más diversas razones, que
van desde delitos menores hasta crímenes horrendos. Las personas
no caen en la cárcel o en la prisión por casualidad, sino a
consecuencia de experiencias y situaciones que pueden tener
orígenes muy variados, y ante las cuales tomaron decisiones o
asumieron riesgos que resultaron erróneos, o cuando menos
irresponsables.
En la Pastoral Carcelaria somos más de 200 voluntarios, sin contar
los voluntarios de otros ministerios que cooperan con nosotros,
como Rescate, Seminarios Emaús de Vida en el Espíritu, y las
pastorales diocesanas de jóvenes, de la familia, de respeto a la
vida, de ministerios laicos, liturgia y catequesis.
En las cárceles de los condados
Nuestro ministerio en las cárceles de los condados ––donde los
reclusos no suelen permanecer por largo tiempo–– consiste en
celebrar servicios religiosos, generalmente una paraliturgia de la
Palabra presidida por un laico, y visitar las celdas para hablar
directamente con los presos. En estas cárceles están las personas
que esperan su día en la corte, porque no tienen derecho a fianza
o no tienen dinero para pagarla. También hay enfermos mentales, en
peligro de hacerse daño a sí mismos o a otros, y al negarse ellos
a recibir tratamiento, sus familiares sólo tienen el recurso de
pedir que los arresten, para que el juez pueda ordenar una
evaluación médica. En las cárceles hay desamparados, muchos de
ellos enfermos mentales o adictos a las dorgas; hay algunos
jóvenes que esperan a ser juzgados como adultos, y a veces
inmigrantes indocumentados a los que aguarda la deportación. La
situación de estas personas es de incertidumbre, porque no han ido
a juicio y no saben cuál será el futuro.
Para estos casos, la cárcel es generalmente un edificio dividido
en unidades, y el preso no se mueve en todo el día de su unidad,
porque no ha sido juzgado y no se le puede mandar a trabajar. El
ministerio es difícil, porque se trata de una población cambiante;
las capillas son pequeñas y sólo se lleva a ellas a un grupo
reducido de presos, ya que, por razones de seguridad, no se
mezclan las distintas unidades. Es poco común que el voluntario
vea a la misma persona varias veces. El ministerio de Detención,
en cambio, es personal: va a sanar a un ser humano que tomó una
decisión equivocada; a ayudarle a comprender su situación. La
justicia divina es perdón y reconciliación. Es reconocer los
errores y los daños infligidos a otros.
En las prisiones estatales o federales hay presos que se
convierten en verdaderos apóstoles
Nuestro ministerio en las prisiones estatales o federales es
distinto: todos los presos han sido sentenciados a más de un año,
con condenas que pueden ser largas y, en algunos casos, para toda
la vida.
La prisión típica es un campamento con varios edificios, rodeada
por una triple cerca con alambres de púas y torres con guardias
armados. Algunos edificios son dormitorios divididos en unidades.
Los presos pueden ir a la capilla si lo desean. Todos trabajan o
estudian, o reciben algún tratamiento o entrenamiento.
La situación humana es allí de sobrevivencia: vivir en un medio
hostil pero permanente, especialmente los lifers (condenados a
cadena perpetua), que saben que nunca van a salir.
En cada prisión, el ministerio funciona como una capellanía, donde
se forma con los presos una comunidad de católicos; se preparan
para recibir los sacramentos, el bautismo, la confirmación y la
comunión; se dan clases de catecismo y de Biblia; se les enseña a
rezar el rosario en grupos.
En la prisión se ven conversiones profundas; hay presos que se
convierten en verdaderos apóstoles, y su vida se transforma en una
vida de oración. Son una minoría, es cierto, pero su influencia es
grande.
Cada prisión tiene sus propias características, debidas al nivel
de seguridad, el sexo y las edades de los reclusos. En todas las
prisiones tenemos por lo menos un diácono, que funciona como “cura
de almas” junto con voluntarios laicos; casi todas las prisiones
tienen una parroquia que les da apoyo.
Hay que sanar también a las víctimas
El ministerio consiste también en sanar a las víctimas, a las
personas que sufrieron directamente la agresión, así como a sus
familiares, amigos o allegados. Una víctima sin sanar puede
convertirse en un agresor. Nuestro ministerio no consiste
solamente en visitar presos: es tratar de ver la realidad de esa
persona y su entorno, ya sea agresora o víctima, para ayudarla en
su camino de sanación espiritual y conversión.
Ya en algunas parroquias tenemos grupos de voluntarios que
trabajan bajo la supervisón del párroco, atendiendo a las víctimas
de crímenes, y a sus familiares. La vida de la Iglesia se
desenvuelve en las parroquias. Nuestra misión en la parroquia es
acompañar y orientar a estas personas para que acudan a los otros
ministerios, y a los servicios sociales disponibles en la
comunidad.
El restablecimiento de la comunicación entre el preso y sus
familiares mediante la reconciliación y el perdón, es un camino
largo en muchos casos, especialmente en aquellos donde hay
adicción y el familiar ha sido la víctima.
Lo más difícil en las relaciones humanas es restablecer la
confianza que se ha roto.
Vale la pena dar otra oportunidad
Una pastoral similar se realiza en otros centros de detención que
no son cárceles ni prisiones, como South Florida Evaluation
Center, para enfermos mentales, algunos de los cuales han cometido
delitos; el Highland Pavilion, donde hay jóvenes sentenciados a
tratamiento contra la adicción; el centro de detención de Krome,
para inmigrantes indocumentados; los centros de detención para
jóvenes, y los centros de transición de la prisión a la libertad.
Finalmente, hay presos que carecen de familias; para ellos tenemos
un ministerio que funciona por correo: una persona se escribe
regularmente con el preso, ofreciéndole un acompañamiento
espiritual. También estamos desarrollando o identificando cursos
por correo para evangelizar a estos presos en español.
¿Estará dispuesto el preso que regresa a ponerse en contacto con
grupos de apoyo contra la adicción, para el control de la ira,
etc.?
Cada caso es un reto para todos, pero, gracias a Dios, tenemos
testimonios muy favorables de que vale la pena dar otra
oportunidad.
(Director de la
Pastoral Carcelaria de la Arquidiócesis de Miami.) |