Cuba: sortear las
trampas de la violencia

Dagoberto Valdés Hernández
Es hora de mucha cordura y serenidad en relación con Cuba. Nadie
debe dejarse llevar por las pasiones y los radicalismos. Esto sólo
serviría a los que quieren y ejercen la fuerza y la violencia para,
supuestamente, arreglar los problemas.
Es verdad que estamos viviendo, desde todas las orillas de la
nación cubana, un tiempo límite y crítico. Tiempo en que la fuerza
se impone a la razón y el absurdo a la lógica. Tiempo en que la
cárcel y la muerte intentan detener la transición inevitable.
Tiempo en que se intenta cerrar la puerta al cambio pacífico, lo
que significa abrirle la puerta a la violencia; porque ante la
presión de los problemas sociales crecientes, mientras más se
cierran las válvulas de escape, más peligro de estallidos y
obcecación habrá.
La
primera confusión que sería necesario aclarar,es que lo que está
pasando en nuestro país no es un conflicto entre Cuba y los
Estados Unidos, ni entre Cuba y la Unión Europea. El problema de
Cuba es un conflicto entre su forma de gobierno y el ansia de
libertad y progreso, el anhelo de justicia y de paz que bulle en
el corazón de todo cubano de buena voluntad. Este es el problema
fundamental.
Debemos evitar todo cuanto enmascare la naturaleza de este
conflicto. Cuando el conflicto se traslada del problema interno a
las relaciones entre naciones, se da fuerza a la justificación de
actitudes cerradas, a los pretextos defensivos y a los
atrincheramientos que argumentan un peligro de ataque externo.
Cuando esto ocurre, las alternativas se desfiguran; se retuercen
las intenciones y aparecen binomios como éstos: defendernos o
desaparecer; o ponernos de parte de una nación extranjera o servir
a la defensa de la propia patria, disyuntivas que no hacen más que
distraer a los propios cubanos del problema fundamental de este
momento: la alternativa de los cubanos se debate entre facilitar
una transición pacífica hacia la democracia, la justicia social y
el pluralismo, o aferrarse al inmovilismo y al poder.
Propuestas hay de todo tipo, venidas desde dentro, e ideadas y
organizadas por los mismos cubanos, para una transición pacífica y
para una salida honorable para todos, y también para los que
tienen la responsabilidad de los destinos de la nación. El pueblo
cubano ha contado con la cercanía y la solidaridad de honorables
visitas que han enviado mensajes de verdad, de esperanza, de
opciones de cambio gradual y pacífico. Recordemos las visitas de
Gorbachov, el Papa, los Reyes de España, los presidentes
iberamericanos, el ex presidente Carter y tantos otros que han
pedido que Cuba se abra al mundo y que el mundo se abra a Cuba,
pero han dejado muy bien sentada aquella premisa que el Papa
formuló como nadie: “Ustedes son y deben ser los protagonistas de
su propia historia personal y nacional”.
He aquí algunos criterios para que cada cubano, de dentro o de
fuera, creyente o no, de una y otra filosofía de la vida, podamos
hacer nuestro propio discernimiento:
-
No ceder a la tentación de la violencia, pase lo que pase.
-
No desanimarse por el inmovilismo y la cerrazón: todo pasa.
-
El problema fundamental es entre los cubanos y sus gobernantes.
-
La transición pacífica como única salida éticamente aceptable.
-
Ser “propositivos” y no “confrontativos” en la solución de las
crisis.
Que los que estamos dentro no nos desanimemos con las adversidades
de la fuerza y la muerte. No estamos solos, ni estamos aislados.
Aquí se oye claro el creciente y nítido clamor de la inmensa
mayoría de los cubanos que sufrimos la injusticia. No se vocifera
la angustia y la esperanza, pero se proclama a diario de boca en
boca, de gesto en gesto de solidaridad y cercanía con los que
sufren más. Se transmite ese clamor de cambio en paz, límpido y
sufriente, de corazón a corazón.
Debemos recurrir a nuestra reserva moral como nación desde sus
cuatro esquinas. Hay que sacar el extra de nuestra cordura, de
nuestra sabiduría y magnanimidad, que significa, sacar el “alma
grande” de Cuba y, con ella y desde ella, subir la parada, elevar
la vista, sortear las trampas de la violencia.
Necesitamos más gestos de cercanía. Pero gestos que vayan más allá
de lo material, de las declaraciones formales; gestos de cercanía
pacífica y eficacia solidaria que, sin detenerse o achicarse en
miserias humanas, viejas rencillas o intereses de banderías,
propaguen aquellas voces venidas desde las entrañas de Cuba,
encerradas, sí, pero que abren puertas; más gestos, en fin, que
den hogar y resonancia a ese clamor, pujante y límpido, de la
libertad.
Dagoberto Valdés Hernández es miembro del Pontificio Consejo
Justicia y Paz y director de la Revista Vitral de la Diócesis de
Pinar del Río, Cuba.(www.vitral.org).
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