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Mons. Oscar Arnulfo Romero: “por la paz de mi país y por el
florecimiento de nuestra Iglesia”

Emilio de Armas
La Voz Católica
Entre los numerosos mártires recientes de la Iglesia en todo el
mundo, el arzobispo salvadoreño Oscar Arnulfo Romero Galdámez
representa el compromiso total con la defensa de los pobres, tal
como se nos pide en el Evangelio.
Víctima de la violencia política y social que desangró a su país,
y a casi toda Centroamérica, durante las décadas de 1960, 1970 y
1980, Romero es un ejemplo de la acción profética a que están
llamados los cristianos.
Nació el 15 de agosto de 1917 –día de la Asunción de la Virgen–,
en Ciudad Barrios, departamento de San Miguel, en el seno de una
familia humilde. Siendo aún niño, manifestó su deseo de hacerse
sacerdote. En 1931 ingresó en el Seminario Menor de San Miguel,
donde estudió con los claretianos, y posteriormente pasó al
Seminario San José de la Montaña, donde continuó su formación con
los jesuitas hasta 1937. Elegido para completar su carrera en
Roma, fue ordenado sacerdote en dicha ciudad en 1942. Allí
trabajaba en su tesis sobre ascética y mística cuando, como
consecuencia de la Segunda Guerra Mundial, se vio obligado a
regresar a su país en 1943.
Comenzó a ejercer el sacerdocio en la parroquia de Anamorós, en el
departamento de la Unión, pero poco después fue destinado a San
Miguel, donde su intensa labor pastoral le valió ser elegido
Secretario de la Conferencia Episcopal de El Salvador.
Posteriormente, desempeñó el mismo cargo en la Conferencia
Episcopal de América Central.
En 1970 fue nombrado Obispo Auxiliar de San Salvador, la capital
del país, donde también fue director del semanario eclesiástico
Orientación.
En 1974 se le designó para ocupar el obispado vacante de la
diócesis de Santiago de María, y tres años después, en febrero de
1977, se le ascendió al rango de Arzobispo de San Salvador, donde
su ministerio pastoral se convirtió en una permanente defensa de
los humildes, apresados en medio de una sangrienta lucha por el
poder. El arzobispo Romero denunció implacablemente la violencia,
y señaló sus raíces en la injusticia social que empobrecía cada
vez más al pueblo salvadoreño, y en las ansias desmedidas de poder
que impulsaban a los bandos en conflicto. Fustigó por igual el
egoísmo de los poderosos y el fanatismo comunista, “que por
ideología y práctica revolucionaria niega a Dios y niega todo
valor espiritual, calificándolo de alienante”. El comunismo,
señaló, “explota las diferencias de clases en la sociedad para
provocar la lucha y usa al hombre como puro medio para lograr un
poder político conforme a su ideología”. Pero con la misma
intensidad, dijo, “condena la Iglesia el sistema liberal
capitalista”, que “asume al hombre como puro instrumento para
acrecentar las riquezas, dejándolo en la pobreza y fomentando de
este modo las diferencias de clases en la sociedad”.
En las homilías de Mons. Romero encontró un amplio eco popular la
voz profética del sacerdote, que el 22 de mayo de 1977 lanzó esta
pregunta: “¿Por qué ataca a la Iglesia el poder político?” La
respuesta fue formulada por el propio Romero: “Porque la Iglesia
no puede compaginar con una idolatría del dinero, con una
idolatría del Estado. Hoy nos ha dicho San Pablo en su carta:
‘Sólo Cristo es el Señor y la misión de la Iglesia es predicar a
los hombres, principalmente a los que están de hinojos, de
rodillas ante los ídolos de la tierra, que no les es lícito estar
idolatrando los bienes de la tierra, que sólo Cristo es el Señor…’
Ni el comunismo ni el capitalismo”, afirmó el arzobispo, “adoran a
Cristo: adoran sus ídolos. La Iglesia adora a su Cristo, y en este
día lo proclama como la meta hacia donde dirige los ideales de
todos sus cristianos. Cristo subiendo a los cielos es el ideal de
la verdadera promoción del hombre, que culmina en la
identificación con el mismo Dios”.
En una escalada de la violencia, varios sacerdotes fueron
asesinados en El Salvador, y Mons. Romero comenzó a recibir
amenazas de muerte. En su homilía del 23 de marzo de 1980, el
arzobispo clamó contra todos los que ensangrentaban a su país: “en
nombre de Dios y de este pueblo sufrido… les pido, les ruego, les
ordeno en nombre de Dios: cese la represión”.
Al día siguiente, una bala dio muerte a Mons. Arnulfo Romero
mientras oficiaba Misa en la capilla del Hospital la Divina
Providencia. Sabiendo que esto podía suceder en cualquier momento,
el sacerdote había escrito poco antes: “Mi disposición debe ser
dar mi vida por Dios, cualquiera que sea el fin de mi vida, Él
asistió a los mártires y si es necesario lo sentiré muy cerca al
entregarle mi último suspiro… Pero más valioso que el momento de
morir es entregarle toda la vida y vivir para Él y mi misión… Y
acepto con fe en Él mi muerte por más difícil que sea, ni quiero
darle una intención como la quisiera por la paz de mi país y por
el florecimiento de nuestra Iglesia, porque el corazón de Cristo
sabrá darle el destino que quiera… Me basta, para estar feliz y
confiado, saber con seguridad que en Él está mi vida y mi muerte…
Y otros proseguirán con más sabiduría y santidad los trabajos de
la Iglesia y de la patria”.
El 12 de mayo de 1994, Mons. Arturo Rivera y Damas, arzobispo de
San Salvador, instaló el tribunal eclesiástico que instruiría el
Proceso Informativo sobre la vida, martirio y fama de martirio del
Siervo de Dios, Mons. Oscar A. Romero. “Se busca la canonización
de Mons. Romero”, explican los documentos correspondientes, “para
que las generaciones descubran en su ejemplo la integridad del ser
cristiano y vivir verdaderamente la voluntad de Dios desde la
perspectiva de quien se sabe hijo y lo entiende en referencia a
sus hermanos, especialmente los pobres, y palpar en ellos al Señor
Resucitado”.
El 4 de julio de 1997, se recibió de Roma el decreto por medio del
cual se aceptaba la causa como válida.

Mons.
Oscar A. Romero
Allí no está Dios…
Esta noche no busquemos a Cristo entre las opulencias del mundo,
entre las idolatrías de la riqueza, entre los afanes del poder,
entre las intrigas de los grandes.
Allí no está Dios.
Busquemos a Dios con la señal de los ángeles: reclinado en un
pesebre, envuelto en los pobres pañales que le pudo hacer una
humilde campesina de Nazaret, unas mantillas pobres y un poco de
hierba como descanso del Dios que se ha hecho hombre, del Rey de
los Siglos que se hace accesible a los hombres como un pobrecito
niño.
Es hora de mirar al Niño Jesús no en las imágenes bonitas de
nuestros pesebres: hay que buscarlo entre los niños desnutridos
que se han acostado esta noche sin tener qué comer,
entre los pobrecitos vendedores de periódicos que dormirán
arropados de diarios allá en los portales, entre el pobrecito
lustrador que tal vez se ha ganado lo necesario para llevar un
regalito a su mamá, o quién sabe, del vendedor de periódicos que
no logró vender periódicos y recibirá una tremenda reprimenda de
su padrastro o de su madrastra. Qué triste es la historia de
nuestros niños…
Todo eso lo asume Jesús esta Noche.
Mons. Oscar A. Romero: Homilía del 24 de diciembre de 1979. |