Cuando vayas a orar

Adele González
“Cuando vayas a orar, entra en tu cuarto y, después de cerrar la
puerta, ora a tu Padre, que está allá, en lo secreto...” Mateo 6,6
¡Qué difícil nos resulta entrar en el silencio de nuestro cuarto
como nos pide el Evangelio! Con esta lectura comienzo generalmente
los retiros que dirijo para la Escuela de Ministerios Laicos de la
Arquidiócesis de Miami. Es a través de estas experiencias que me
he dado cuenta de que, de un modo u otro, a todos se nos dificulta
entrar en ese cuarto interior, es decir, en nuestro centro, el
lugar donde Dios ha hecho su morada (Juan 14, 23).
Creo que
el problema radica en nuestra manera de imaginarnos este cuarto.
Algunos me comentan que al cerrar los ojos y quedar en silencio,
les vienen a la mente todas sus fallas, sus pecados, el mal que
creen haber hecho. Creo que éstos no están en su cuarto, sino en
la lavandería (el laundry room) donde se encuentra toda la ropa
sucia. Otros se quejan de que los recuerdos del pasado, tristes o
alegres, no les permiten concentrarse. Tal vez este grupo se ha
quedado en el ático o en algún clóset donde se guarda algún álbum
de fotografías viejas, o algún cofrecito lleno de recuerdos. Para
ciertas personas, entrar en su “cuarto interior” es revisar listas
de todo lo que tienen que hacer ese día o esa semana. Me parece
que se han metido en la cocina y están leyendo la lista del
supermercado o de los múltiples quehaceres de la casa.
La gran pregunta es, entonces: ¿Qué es este cuarto y qué voy a
encontrar en él?
Hace dos semanas tuve la oportunidad de participar en un retiro en
el Cenacle Spiritual Life Center, en Lantana, dirigido por el
Padre William Sheehan, OMI. El Padre Sheehan, que por un tiempo
sirvió con nosotros en la Oficina de Ministerios Laicos, está
dedicado a retiros y charlas espirituales en las que presenta el
método conocido como Oración Centrante, enseñado magistralmente
por el monje Thomas Keating. Las preguntas que me he hecho, y que
otros como yo también se hacen, fueron respondidas ampliamente
durante este fin de semana de oración contemplativa.
La primera pregunta nos dice: ¿Por qué entrar en nuestro cuarto y
cerrar la puerta? Interpreto que es desde nuestro interior donde
Dios puede transformarnos “de adentro hacia fuera”. Todos sabemos
que las heridas que cierran en falso nos dan problemas serios más
tarde o más temprano. Tenemos que dejar que Dios trabaje en
nosotros en lo más profundo, no solamente en la superficie.
En segundo lugar nos cuestionamos: ¿Qué pasará y qué encontraré en
este cuarto? Ante todo, no es un qué, sino un Quién al que vamos a
encontrar. Nos dice San Pablo en la primera Carta a los Corintios,
3,16: “¿No saben que son templo de Dios y que el Espíritu de Dios
habita en ustedes?” Hemos sido creados a imagen y semejanza de
nuestro Dios; hemos sido amados con locura por el Creador, y aún
después de dar su vida por nosotros, escoge hacer su morada en
nuestros corazones. No es una noción simplista el asegurar que el
Creador del universo, el que cubrió a María con su sombra, y el
que venció a la muerte y al pecado, ha puesto su morada dentro de
nosotros, en “nuestro cuarto”. Esta unión del Espíritu Santo con
nuestro espíritu no puede romperse aunque no le prestemos atención.
¡Somos uno con Dios, ésta es nuestra verdad más profunda!
Al entrar en nuestro cuarto, le decimos a Dios: “Aquí estoy, Señor.
Voy a dejarme amar por ti, voy a permitirte ser Tú y revelarme tu
amor incondicional como lo hiciera Jesús”. Una vez, hace más de
dos mil años, otros como nosotros le preguntaron a Jesús:
“Háblanos de Dios para que podamos creer en Él”. Jesús contestó
con parábolas, historias imaginarias que contenían una gran
enseñanza. Nos habló de un padre que, aunque fue traicionado por
un hijo y acusado por el otro, salió en busca de ambos. Nos contó
de un empresario que pagó la cantidad máxima, tanto a aquellos que
habían trabajado desde temprano, como a los que llegaron al final
del día.
El Dios que Jesús nos reveló se relacionaba con pecadores, con
prostitutas, con cobradores de impuestos, con leprosos, con
poseídos, con extranjeros. Éste es el Dios que ha puesto su morada
en nosotros, y a quien encontraremos si nos permitimos entrar en
nuestro cuarto y cerrar la puerta.
En momentos de incertidumbres, de guerras, de desempleo, no hay
que temer. Como diría el P. Sheehan: “El Dios a quien tanto
buscamos está más cerca de nosotros de lo que nosotros estamos de
nosotros mismos”.
AdeleGonz@aol.com |