Dice un viejo adagio: “El viaje más largo comienza con un simple paso”.
Me complace decir que aquí, en la Arquidiócesis de Miami, hemos dado el
primer paso hacia la Cuba futura.
No se tata de un paso político. Es un paso hacia la reconciliación;
primero, entre los cubanos de aquí, y después –así lo esperamos– entre
los cubanos de aquí y los de la Isla.
Este paso se inspira en la visita del Papa Juan Pablo II a Cuba en 1998,
y en su trascendental encíclica Ecclesia in America. En este documento,
el Papa lanzó un reto a los obispos de nuestro continente: estar “en
comunión” los unos con los otros.
Esta “comunión” o unidad ha sido un tema constante en el pontificado de
Juan Pablo II. Él la predica en relación con las diferentes
denominaciones cristianas, así como en términos de la relación de los
católicos con nuestros hermanas y hermanos judíos y musulmanes.
Como Arzobispo de Miami, tengo la responsabilidad de garantizar que esta
“comunión” o unidad exista dentro de mi propio rebaño, entre las muy
diversas personas de esta arquidiócesis, que están separadas por la
cultura y el idioma, pero unidas por su fe católica.
Un amplio sector de nuestra especial familia eclesiástica, aquí en el
sur de la Florida, es el de los cubanos exiliados. Algunos vinieron hace
40 años; otros, hace 25 años; otros, hace menos de una década, y otros
llegan ahora.
Debido a la naturaleza cerrada del régimen que ha gobernado a Cuba
durante 44 años, y que los ha impulsado al exilio, todos ellos han
experimentado una realidad diferente, en Cuba como en los Estados
Unidos, según la fecha en que hayan llegado.
Sus puntos de vista, por lo tanto, difieren en cuanto a la mejor manera
de garantizar la libertad del pueblo de Cuba. En ocasiones, esto conduce
a amargas fricciones entre los propios cubanos, fricciones que afectan a
toda la comunidad del sur de la Florida.
Creo, junto con el Papa, que la Iglesia debe ser la fuerza conciliadora.
Como no estamos comprometidos con ninguna ideología política, y
predicamos sólo el amor de Cristo, podemos ofrecer un espacio seguro
donde los cubanos que sustentan opiniones diferentes puedan reunirse,
reflexionar sobre sus experiencias y acordar un curso común de acción.
El grupo “En Comunión” surgió de tales encuentros, primero de persona a
persona, luego en pequeños grupos, después en sesiones plenarias. Ahora
cuenta con alrededor de 40 líderes eclesiales cubanos: sacerdotes,
religiosos y laicos, todos ellos exiliados de diferentes épocas, todos
ellos católicos con un alto nivel de compromiso.
Este grupo, después de reunirse durante más de un año, arribó a cinco
conclusiones clave sobre cómo la Iglesia de Miami puede y debe abrir el
camino hacia la reconciliación entre todos los cubanos. La visión del
grupo se expresa en una declaración emitida por mí a comienzos de este
año, la cual se publicó en la edición de febrero de La Voz Católica.
En Comunión es una gestión de raíz popular emprendida por los propios
cubanos, pero yo he endosado sus propuestas como fundamento de la misión
de la Iglesia Católica de Miami con respecto a los cubanos de aquí y de
la Isla.
Gracias a mis propios encuentros y contactos con los obispos de Cuba,
creo que los objetivos de En Comunión están en consonancia con los
objetivos de la Iglesia cubana, la cual, a pesar de grandes obstáculos,
ha estado trabajando diligentemente por la reconciliación de los cubanos
dentro de la Isla.
Durante muchos años, el régimen de Fidel Castro ha dividido a las
familias cubanas a ambos lados del Estrecho de la Florida. La visita del
Papa, aunque en el plano político no alcanzó todo el éxito que algunos
esperaban, abrió una puerta hacia la reconciliación, al motivar que
muchos de los más antiguos exiliados regresaran para ser testigos de
aquel momento histórico.
El P. Fernando Hería, párroco de la iglesia St. Brendan, de Miami, y
miembro de En Comunión, volvió en compañía de su madre, quien resumió
sus sentimientos de este modo: “Teinta y siete años atrás, me fui de
Cuba por causa de un hombre. Pero un hombre mayor [que aquél] me ha
hecho regresar”. Unidos por la fe en un Hombre aún más grande, rezo por
que todos los cubanos empiecen a echar a un lado sus diferencias, y a
trabajar unidos en la construcción de un futuro de paz para su hermosa
patria.
En nombre de la Iglesia de Miami, prometo que acompañaremos a los
cubanos en su camino hacia la resurrección, y que nos esforzaremos por
ayudarlos a que se reconozcan mutuamente “al partir el pan”.