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El Decano se retira


Mons. Adolfo Rodríguez falleció el 9 de mayo de 2003,
al cabo de una larga y noble labor pastoral

Joaquín Estrada Montalván
UCLAP / Cuba

El viernes 9 de mayo, aproximadamente, a las 10:30 p.m., Mons. Adolfo Rodríguez, el decano de los obispos cubanos, se retiraba hacia la Casa del Padre.

Conocedor del alma y del idioma, utilizaba continuamente el juego con las palabras para transmitir sus reflexiones sobre la vida o sobre la muerte. Le gustaba hablar con historias, parábolas, anécdotas, que transmitían una sabiduría, pero dejaba espacio a la libertad del oyente para recibir su enseñanza.

Quien fuera el obispo más joven del mundo en el año 1963, cuando fue nombrado por SS Juan XXIII, llegaría a ser el patriarca de los obispos cubanos. Me gustaba presentarlo a los numerosos amigos que por diferentes causas visitaban la diócesis, como el Decano. El decía invariablemente, “eso sólo significa el más viejo, de una manera elegante”. Cuando el Papa, luego de que Mons. Adolfo le insistiera en varias ocasiones, aceptó su renuncia (como lo exige el derecho canónico a todo obispo al llegar a los 75 años de edad), él buscaba continuamente variantes idiomáticas para su nuevo titulo: emérito, jubilado (...), retirado, y cuando llegaba a este último término, decía que esto significaba “vuelto a tirar”, que “cuando uno nacía lo tiraban al mundo”, y que ahora “este re-tiro significaba como un nuevo nacimiento”, y por esto sentía como que una nueva vida empezaba en él.

Con 79 años de edad recientemente cumplidos, sacerdote desde 1948, obispo en 1963 y una existencia al servicio de los otros, su nueva vida comenzó, en realidad, cuando pasó a vivir en la Casa del Padre, aunque no creo que el descanso eterno, sino que estará intercediendo eternamente y sin descanso por cada uno de nosotros, y de los que siempre vendrán.

 

El éxito está al final del camino

La Catedral Metropolitana de Camagüey recibió desde el alba del sábado hasta la tarde del domingo a todos aquellos que quisieron dar su último adiós a éste su padre y amigo.

El sábado, con una misa cada hora, estuvimos pidiendo por el eterno descanso de Mons. Adolfo, y también solicitábamos su intercesión por nosotros allá en el cielo. El domingo, coincidiendo con el Día de las Madres, se celebró la Misa a las 9:00 a.m. A las 3:30 p.m. tuvo lugar la Misa Solemne, presidida por Mons. Juan García, Arzobispo de Camagüey, y concelebrada por casi todos los obispos de Cuba, así como por el clero camagüeyano y varios sacerdotes de otras diócesis. Estuvieron presentes asimismo, junto al pueblo de Camagüey, religiosos, religiosas y laicos de otras diócesis. Las autoridades civiles de la provincia, estuvieron todo el tiempo disponibles y cercanas

Mons. Juan García, en su homilía, se refirió a Mons. Adolfo como el Buen Pastor, que supo guiar a su rebaño, porque conocía a cada una de sus ovejas y las conducía con amor. Coincidentemente, era éste el Evangelio del domingo. En otro momento de la homilía, recodó que este obispo había “ordenado a 30 sacerdotes camagüeyanos y a 7 diáconos permanentes. Felicitaba cuando las cosas iban bien, invitaba a la audacia pastoral, y repetía mucho “no acepten un no por respuesta”. Llamaba cuando las cosas iban mal, pero al ser poeta, no molestaba, por la delicadeza y elegancia, el regaño que hacía”.

La calle del Cristo en Camagüey, en el centro histórico de la ciudad, se inicia a los pies de la torre de la Catedral, presidida por una enorme escultura de Cristo Rey y tiene su fin, ocho cuadras después, en la Iglesia del Cristo del Buen Viaje, con el Cementerio en su parte posterior. Éste fue el trayecto que transitamos a paso lento, con la música solemne de la Banda Municipal, cantos y oraciones, acompañando a Mons. Adolfo hasta su (aparentemente) última morada. El féretro se llevó en hombros: primero los obispos, luego los sacerdotes, los diáconos, los seminaristas y los laicos, queriendo expresar de algún modo que el Amor que depositó en cada persona, por siempre estará cosechándolo.

Mons. Adolfo, ante todo proyecto que se le presentaba, repetía: “conversamos sobre esto dentro de quince años, pero comienza hoy mismo”. Una de sus frases preferidas era que “el éxito no está a la mitad del camino, ni siquiera después de ella, sino que el éxito está al final del camino”, subrayando que el trabajo y el bien había que hacerlos todos los días, hasta que llegara el último. Solía ejemplificar esto con los aeropuertos, diciendo que la palabra EXIT se encontraba en la puerta hacia la pista, o sea hacia el cielo.

Este hombre que invitaba a enseñar “a partir de las actitudes, para formar convicciones”, estuvo hasta el último instante haciendo el bien. Casi lo ultimo que hizo, en el ocaso del viernes, fue visitar enfermos en el hospital, como era su costumbre diaria. Unos momentos después llegaría el infarto, que afrontó rezando el rosario y recibiendo la bendición final de manos del P. Willy.

Mons. Adolfo demostró con su vida que “el éxito está al final del camino”.