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“No extingan el Espíritu” (1 Tesalonicenses 5,19)


Adele González

Hace tres semanas tuvo lugar en el James L. Knight Center la 19na. Conferencia de la Renovación Carismática Católica Hispana de la Arquidiócesis de Miami. Me parece que fue ayer cuando tuve mi primera experiencia carismática, en 1978.

Han pasado 25 años y todavía puedo revivir la alegría, la experiencia del amor de Dios y el sentido de comunidad que encontré en la Renovación. En la edición anterior de La Voz Católica, escribí sobre otra experiencia distinta que tuve en un retiro de oración centrante. ¿Cómo reconciliar el hecho de que los dos estilos respondan a dos necesidades diferentes en mi vida espiritual? ¿Cómo interpretar la efusión del Espíritu y la exuberancia de la oración carismática con el mandato de Jesús: “Cuando vayas a orar, entra en tu cuarto y, después de cerrar la puerta, ora a tu Padre, que está allá, en lo secreto…” (Mt 6, 6). Quiero dedicar esta columna a explorar lo que llamamos en la Iglesia Católica la espiritualidad carismática y contrastarla con la oración centrante.

La espiritualidad carismática destaca la experiencia activa y palpable del amor de Dios. Hablar en lenguas y el bautizo en el Espíritu aparecen como pruebas concretas de ese amor en la persona y en la comunidad.

Los orígenes del pentecostalismo en la Iglesia Católica de Norteamérica datan de la experiencia del derramamiento de los dones del Espíritu, en un retiro que tuvieron profesores y estudiantes en la Universidad de Duquesne, en Pittsburgh en 1967. En muy corto tiempo se extendió a la Universidad de Notre Dame, en Indiana, y a la Universidad del Estado de Míchigan. El liderazgo de estos grupos se estableció en South Bend, en Indiana, y en Ann Arbor, en Míchigan. A partir de ese momento, un grupo de sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos formaron un equipo promotor nacional encargado de organizar actividades y diseminar información sobre el movimiento carismático católico.

Su crecimiento comenzó a atraer la atención de los líderes eclesiásticos, entre ellos al cardenal Joseph Suenens, de Bélgica, quien habló con gran entusiasmo de la experiencia carismática, y escribió el libro ¿Un nuevo Pentecostés? El papa Pablo VI reconoció oficialmente la Renovación Carismática cuando recibió a los 10,000 participantes del Tercer Congreso Internacional, en Roma.

A partir de estos años, y a pesar de su reputación como un movimiento de origen pentecostal y protestante, el movimiento carismático comenzó a echar raíces profundas que siguen dando frutos.

Como otras espiritualidades dentro de la Iglesia, la carismática refleja una dimensión muy rica de Dios y de nuestra relación con Él. Sin embargo, para muchos católicos la idea del “bautismo en el Espíritu” parece absurda, porque creen que ya lo han recibido en su plenitud en los sacramentos del Bautismo y la Confirmación. El cardenal Suenens, que desempeñó un papel central en los inicios de la Renovación Carismática, lo llamaba un “despertar o reactivar” los dones que habíamos recibido, pero que estaban dormidos.

La espiritualidad carismática ha contribuido profundamente al crecimiento de los católicos. El énfasis en las manifestaciones de los dones espirituales y en el amor de Dios accesible a todos, ha hecho que desarrollemos una oración más integrada, que incluya no sólo el intelecto, sino también las emociones.

¿Quiere decir que los dos estilos de oración –la carismática y la centrante– se excluyen mutuamente? ¿Tendré que rechazar una forma en favor de la otra? Propongo cuatro puntos importantes:

1. Diferentes personalidades. Cada uno de nosotros refleja un pedacito de Dios. Algunos prefieren reflejar la oración callada de Jesús en el Monte de la Transfiguración, y a otros les gusta imaginarse a nuestro Señor cenando con sus amigos, orando por los enfermos y proclamando la Buena Nueva a todos los pueblos. Ambas son necesarias, pero nuestra manera de ser nos lleva a favorecer una de ellas. A veces, esta elección cambia de acuerdo con las diferentes situaciones de la vida.

2. La grandeza de Dios no puede ser captada por ninguna expresión nuestra. Por muchos dones que tengamos o por muchas horas que pasemos en la oración centrante, no lograremos experimentar la totalidad y la grandeza de Dios, que siempre es más que todas nuestras experiencias.

3. Quizás el punto más importante para mí es que las dos experiencias son necesarias para el desarrollo espiritual del cristiano. Son los dos lados de una misma moneda. La oración centrante, en el silencio de mi cuarto interior, me lleva a un deseo de alabanza a Dios y de gratitud por su misericordia infinita. Cuando estoy practicando la oración carismática, después de un rato de alabanza, cantos y lecturas bíblicas, mi corazón me pide quedarme en silencio para escuchar a Dios y no caer en una multiplicación innecesaria de palabras.

4. Por último, todos estamos llamados a vivir una vida contemplativa: Todos estamos invitados a ver la vida con los ojos de Dios y a experimentar la creación con la transparencia que le ha dado la encarnación: ¡ver a Dios en todo, y todo en Dios! Sería peligroso pensar que solamente los que oran en silencio pueden ser contemplativos, o que sólo aquellos que alaban con cantos y alabanzas aman de verdad a Jesús.

El reto es estar abiertos a las sorpresas del Espíritu de Dios en nuestra vida y en nuestra Iglesia. ¡No limitemos a Dios, ni guardemos en una caja fuerte la riqueza de las diferentes espiritualidades que nuestra tradición de 21 siglos nos ofrece y nos sigue regalando cada día!

AdeleGonz@aol.com