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Fundamentos de la oración centrante


Isabel Castellanos

Toda relación requiere de diálogo. Y la palabra diálogo implica un hablar y un escuchar. Somos expertos en hablarle a Dios. Pero, ¿sabemos escucharlo? Como Elías descubrió en el Monte Horeb, la voz del Señor casi nunca es estruendosa y dramática, sino un susurro casi imperceptible. Cultivar el silencio es esencial para acallar las múltiples voces (externas e internas) que compiten con la suya. Eso es lo que hacemos en la oración centrante: preparar nuestras facultades para abrirnos al don de la contemplación, es decir,  a la apertura de todo nuestro ser a Dios, más allá de los pensamientos, los sentimientos, las palabras o las imágenes.

La oración centrante, con otros nombres, ha existido desde los primeros tiempos de la Iglesia. La encontramos, por ejemplo, esbozada por Juan Casiano en el siglo IV. Más específicamente, esta oración es una versión modernizada de la práctica propuesta por el autor anónimo de La Nube del No Saber (The Cloud of Unknowing), obra clásica del siglo XIV. Las enseñanzas contenidas en La Nube, así como las de San Juan de la Cruz y otras, fueron adaptadas para el uso contemporáneo por tres monjes trapenses norteamericanos: el P. William Meninger, el P. Basil Pennington y el P. Thomas Keating, fundador de Extensión Contemplativa (Contemplative Outreach), una red de individuos y pequeñas comunidades de fe dedicados a promover la enseñanza y la práctica de la oración centrante.

Las pautas para la práctica de esta oración son sencillas. Antes de comenzar, nos encomendamos al Espíritu Santo y escogemos una palabra breve –conocida en este contexto como la “palabra sagrada”– que representa nuestra intención de consentir a la presencia y a la acción de Dios en nuestro interior. Algunos ejemplos: Señor, Jesús, Padre, Abba, Kyrie, Paz, Amor. Una vez escogida, no cambiamos la palabra durante el período de oración.  Nos sentamos cómodamente, con la espalda recta y los ojos cerrados suavemente, e introducimos silenciosamente la palabra sagrada. Cuando nos damos cuenta de que estamos involucrándonos en algún pensamiento, emoción o imagen, repetimos interiormente la palabra sagrada, siempre muy serenamente, como si cayera una pluma sobre una mota de algodón. Al finalizar el período de oración, nos mantenemos en silencio y con los ojos cerrados por un par de minutos. Cada período de oración dura veinte minutos y se recomienda hacer dos diariamente, uno por la mañana y otro por la tarde. Es importante recalcar que ésta no es una oración basada en la concentración o atención, sino en la intención. No se trata de “poner la mente en blanco,” de no pensar o de preocuparnos por las “distracciones”. Se trata, simplemente, de consentir a la presencia del Señor en nuestro interior, así como a su acción en nuestra vida. La esencia de la oración centrante es el consentimiento, el abandono, la entrega amorosa al Señor.

¿Cuáles son algunos de los frutos de este tipo de oración? Como son frutos del Espíritu, que sopla cuando y donde quiere, ellos son, en realidad, impredecibles, particulares y confeccionados a la medida de cada individuo, según sus necesidades espirituales y emocionales. De todos modos mencionamos aquí algunos de los más frecuentes.

Cuando nuestra relación con Dios se profundiza mediante una disciplina cotidiana de oración, comenzamos a percibir la acción divina en nuestra vida cotidiana, y se inicia un proceso de transformación y purificación interior del que Dios es el único responsable. Nuestra tarea consiste en cooperar con Su gracia. Además, la práctica diaria de dejar pasar los pensamientos sin aferrarnos a ellos durante el período de oración, nos habitúa a una actitud de desprendimiento, y pronto observamos que somos capaces de pasar por alto cosas triviales que suelen molestarnos. El resultado es la paz interior. Una paz profunda que permanece aún en momentos de crisis y sufrimiento.

La práctica contemplativa nos conduce al don de la unión divina, que es el propósito último de nuestra existencia humana. Lejos de lanzarnos en órbita hacia el más allá, la oración contemplativa nos ancla en la realidad, nos revela que todos somos uno en Dios y nos impulsa a la acción en beneficio de nuestros semejantes. Como ha dicho el P. Thomas Keating: “La Oración Centrante conduce a establecer vínculos con los demás y con todo el universo, y nos invita a participar en la aventura de la redención que Dios ha iniciado.”

castella@fiu.edu.

Profesora recientemente jubilada de Florida International University y miembro de Contemplative Outreach.