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En Comunión: Un
proceso hacia la Cuba futura

Dagoberto Valdés

He leído, con mucha esperanza, la Carta de Mons. John C. Favalora,
Arzobispo de Miami, publicada en el excelente número de La Voz
Católica de mayo de 2003. Es una carta del Espíritu a la
Iglesia que peregrina en Cuba y en la Diáspora. Es un signo de
vida, como la columna de fuego en la noche del desierto, para todo
el pueblo de Cuba que peregrina en la noche. Es como el agua que
salta de la roca para que “el pueblo crea” en su Dios.
“Hemos dado el primer paso hacia la Cuba futura”, dice el
Arzobispo. Y de estos pasos, y por ellos, vivimos en la esperanza.
Es la Iglesia de Miami, que hace suyas las propuestas de esa
“gestión de raíz popular emprendida por los propios cubanos”, que
se ha llamado y es “En Comunión”.
No es un paso político, es una acción, una moción eclesial que
busca servir a todos los cubanos más allá de fronteras de credo u
opción política. Se trata de Cuba, y no de la Cuba del pasado,
sino de la Cuba del futuro. Sólo este cambio de perspectiva, este
levantar la mirada y ver largo y alto, es ya un gran paso.
Conozco que hace mucho tiempo, y en varias partes, aquí y allá,
esta moción venía gestándose, fecundándose, en el silencio de cada
día, de las pequeñas iniciativas, de la aradura de muchos que
ahora no voy a mencionar. Ya sabemos que nada que valga la pena y
siembre esperanzas, como este llamado “primer paso”, nace de
manera espontánea ni improvisada: es el primer brote de una
semilla largamente cuidada, pacientemente sembrada, en una tierra
no siempre bien preparada y, una y otra vez, vuelta a arar y a
sembrar.
Al fin, vemos en la inmensidad del campo un pequeñísimo brote
germinal. Y del corazón de cada sembrador salta un borbotón de
alegría: ha nacido la esperanza. Es ya visible y creciente, aún
débil y pequeña, pero es necesario, para los grandes cambios,
primero “creer en la fuerza de lo pequeño”. En este momento
estamos: rebrote y lágrima, comunión y represión, liberación
interior y cárcel. Muerte y Vida.
Dichosos los que en medio de este tránsito pascual no sienten la
tentación de mirar atrás, ni de quedarse en la queja, ni de vivir
encerrados en el laberinto del presente, sino que desde ese mismo
presente, lleno de zozobras y ambigüedades, sin olvidar las
lecciones del pasado, dan los primeros pasos hacia la “Cuba futura”.
Doy gracias a Dios porque en ambas costas, en todas las “islas y
páramos” donde Cuba, los cubanos, esperamos algo mejor, pensemos y
actuemos en clave de futuro y esa clave sea en clima de comunión.
Y como es una “gestión de raíz popular”, es decir, venida desde
abajo, desde el tejido de la sociedad civil, del que la Iglesia
forma parte como cuerpo del Verbo encarnado, ahora toca a cada
miembro de ese “pueblo de Dios” preguntarse qué significa en este
momento de la historia de nuestro pueblo “vivir en comunión”.
Vivir en comunión, sentir en comunión, pensar en comunión, actuar
en comunión, orar en comunión, morir en comunión, resucitar en
comunión.
Salta, enseguida, la distinción. Sobre todo para quienes hemos
crecido en un ambiente de monolitismo ideológico, político y
cultural. Digámoslo claro y alto: comunión no es uniformidad, ni
“cerrar filas”, sino abrirlas a la pluralidad de la vida.
Pluralismo y comunión no se excluyen, sino que se complementan, se
articulan, como la raíz y los frutos, como el tronco y las ramas.
Hace ya muchos años, en 1986, la Iglesia en Cuba, en su más
profunda y capilar reflexión y encuentro —La REC y el ENEC—, ponía
dentro de sus “Exigencias prioritarias” ésta que ahora alcanza su
mayor vigencia:
“Queremos ser una Iglesia unida en la pluralidad, punto de
referencia y clave de identidad, para que en medio de ella se
pueda vivir una legítima diversidad de opciones, de manera que la
garantía de la unidad fructifique en la riqueza de una sana
pluralidad... Esta unidad de la Iglesia echa sus raíces en la
profesión de fe apostólica, en la estructura sacramental de ella
misma y en su adhesión profunda y viva al sucesor de San Pedro,
vínculo que nos pone en comunión con toda la Iglesia universal, de
la cual formamos parte inseparable.” (Doc. Final del ENEC, no.
1129 y 1131)
De modo que En Comunión encuentra sus raíces en la fe apostólica
reflexionada en todos esos eventos y encuentros, iniciativas y
acciones como la REC, el ENEC, CRECED, y tantas otras... Aquí y
allá. Encuentra sembradores insignes ya trabajando desde la Casa
del Padre, como Mons. Boza Masvidal y Mons. Adolfo Rodríguez, y
sembradores que aún peregrinan y aran el surco de estas Iglesias,
como Mons. Favalora y el Cardenal Jaime Ortega, como Mons. Román y
Mons. Meurice, el padre Santana y el padre José Conrado y muchos
obispos, sacerdotes, religiosas, religiosos, laicos y laicas, que
empeñan su vida y hacen la ofrenda permanente en el ara de la
Patria. Todos, inspirados por la esencial síntesis que logró hacer
el Padre Varela y que es su enseñanza fundacional: unir en un
mismo corazón el amor a Cristo y el amor a Cuba. Ésta es la
primera y principal síntesis de comunión.
Buscar otras síntesis de comunión es nuestro deber y nuestra tarea:
Comunión es también la síntesis entre respeto a los demás y la
solidaridad por encima de las miserias humanas; la síntesis entre
la verdad que creo tener y la verdad que tienen los otros; la
síntesis entre la acción que testimonia y la mística que vivifica.
Comunión es también la síntesis entre lo que podemos hacer y la
utopía que nos convoca y nos hala hacia delante; la síntesis entre
la encarnación que compromete y la profecía que anuncia y prevee;
la síntesis entre la palabra y el silencio, cada cual con su
fuerza y su oportunidad.
Comunión es también la síntesis entre el pasado, que es historia
que enseña, y el futuro, que es proyecto que crea y recrea; la
síntesis entre la pertenencia a una comunidad eclesial que es
Cenáculo y Betania, y la conciencia de que pertenecemos y servimos
a una comunidad mayor que la propia Iglesia, que es Cuba y el
mundo.
Desde Cuba, agradezco al arzobispo Favalora sus palabras rotundas,
de una solidaridad sin par. El Pastor ha dicho: “En nombre de la
Iglesia de Miami, prometo que acompañaremos a los cubanos en su
camino hacia la resurrección...” (La Voz Católica, mayo
2003, pag. 2)
Estoy seguro de que también en el alma y en el corazón de la
Iglesia que peregrina en Cuba palpita esta misma promesa recíproca
y fraterna. Algún día la escucharemos con la misma claridad con la
que, en este momento tan difícil y crucial, nos la ha regalado el
arzobispo Favalora.
¡Gracias, Iglesia que peregrina cerca de los lugares donde vivió,
trabajó y descansó el Padre Varela! Esos gestos de cercanía en los
momentos más oscuros de la noche cubana anuncian el resplandor de
la aurora.
Entonces el sol de la libertad nos encontrará unidos en comunión
de esperanzas.
Miembro del Pontificio Consejo Justicia y Paz. Director del Centro
de Formación Cívica y Religiosa y de la Revista
Vitral, de la Diócesis de Pinar del Río, Cuba.
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