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Fiestas del Tiempo
Ordinario:
Santísima Trinidad y Corpus Christi

Padre Pedro Corces
Hace unas semanas terminó el Tiempo Pascual con el Domingo de
Pentecostés, el 8 de junio, y se abrió el Tiempo Ordinario con dos
grandes fiestas: la Santísima Trinidad, el 15 de junio, y la del
Corpus Christi, el 22 de junio, “la Fiesta del Cuerpo y la Sangre
del Señor”.
Los domingos de Pentecostés y de la Santísima Trinidad son dos de
mis fiestas litúrgicas favoritas. Mi primera Misa fue un Domingo
de Pentecostés, el 22 de mayo de 1988, y el “recordatorio” de mi
ordenación sacerdotal fue una estampita de la Santísima Trinidad
que recuerdo que me costó mucho trabajo encontrar, porque quería
algo que expresara a la Trinidad como familia, comunidad, y ante
todo, como dinamismo, vida y movimiento. Ambos domingos,
Pentecostés y La Trinidad, hablan precisamente de Dios como
vitalidad, fuerza, movimiento, amor que energiza, libera,
transforma, reta.
Dios como fuego, temblor, pasión
El mundo filosófico griego hizo mucho énfasis en Dios como el Dios
Uno, inalterable, inmóvil, origen de todo. Me gustan mucho más las
imágenes hebreas de Dios, las imágenes conocidas por el mismo
Jesús de Nazaret: Dios como viento, huracán, brisa, fuego,
temblor, pasión; un Dios que parece estar en constante actividad
creativa, apasionado, en movimiento. Quizás porque yo mismo, como
dice mucha gente, siempre “ando en patines”, me cuesta trabajo
creer que Dios no “anda en patines”.
Me mueve y conmueve orar a un Dios que está siempre “inquieto” por
mí, por nosotros, que no descansa, como dice el mismo Salmo: “No
descansa ni duerme el Guardián de Israel”.
Por eso, cuando alguien me dice que “siente” a Dios lejano,
desinteresado, sordo o mudo, me cuesta un poco entenderlo, aunque
sé que así le ocurre a muchas personas, que por ciertos períodos
de sus vidas han percibido a un Dios frío e impersonal.
La Fiesta de Pentecostés me habla del aliento del Resucitado, que
como fuego abrasa y que funde el miedo, como fundió el de aquellos
primeros hombres y mujeres discípulos suyos, y les ayudó a
entender sus historias: la de Él y la de ellos, que los lanza a la
predicación profética, la valiente, la que no teme a la cárcel, a
la tortura, a la misma muerte. La predicación que no se compromete
con ninguna institución religiosa ni social ni política, porque no
puede aguar el mensaje, en el que lo principal no es el mensajero
sino el Mensaje.
¿Cómo Dios, entonces, no va a ser percibido como tromba de viento,
como un huracán que arranca los pies clavados por la duda, la
desorientación, el terror, y los convierte en pies con alas?
Dios es fuerza, vida, movimiento
Dios es familia, y es el viento del Resucitado el que nos revela
el Misterio Trinitario, que ya se hizo carne visible en el Hijo,
un Hijo que nos llama amigos y amigas, y no siervos, porque el
siervo no se sienta a la mesa con su amo, ni conoce las
intimidades de su amo y su familia. Jesús nos llama amigos, porque
nos sienta a su mesa, hala una silla, hace un espacio, y nos dice:
“Ven, amigo mío, amiga mía... Ven para que conozcas todo lo que he
oído de mi Padre. Ven para que sientas cuánto Él, mi Padre, me ama
y yo le amo. Ven para que participes de esta intimidad, de este
amor, que no tuvo principio ni tendrá final, de este amor
perfecto, sin engoísmo, ni necesidad de controlar ni poseer,
porque por la eternidad nos hemos ya poseído mutuamente y
totalmente. Ven, tómame de la mano y te conduciré al Corazón de mi
Padre, en la Fuerza de mi aliento”.
Dios es fuerza, vida, movimiento de amor continuo que se vuelca en
mí y en ti. Es viento que te anima, santifica y libera. Déjalo
actuar. No temas.
Director de vocaciones de la Arquidiócesis de Miami.
vocdirector@miamiarch.org
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