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La presencia de la
Iglesia en la sociedad
es esencial al Evangelio

Mons. José Siro González

El vehículo de transporte público conocido popularmente como “El
Camello”, es una especie de rastra, adaptada para llevar
pasajeros; su nombre se debe a la forma del vehículo, que
presenta niveles más elevados sobre las ruedas, lo cual le da
una forma que recuerda las jorobas de un camello. A su lado, un
“bicitaxi” (bicicleta convertida en taxi) pasa por una calle del
centro de La Habana, el 21 de junio de 2003. El gobierno
advirtió en diciembre que 2003 sería un año difícil. El tráfico
de ómnibus, que constituye el transporte público principal (aunque
muchos cubanos se transportan en bicicleta), ha decaído
notablemente este año, y las interrupciones en el servicio
eléctrico han aumentado. (Foto: Rafael Pérez/Reuters)
Si el profeta es quien dice la palabra de Dios y habla en su
nombre, la presencia pública de la Iglesia es profética. Porque su
misión propia no es económica, política o social, la Iglesia debe
mantener independencia respecto a los poderes que de facto dirigen
esos ámbitos.
Pero ser independiente no se confunde con una mera neutralidad,
como si la Iglesia quisiera y tuviese que permanecer indiferente
en la organización socio-política que funcione en el país. En esta
preocupación por la vida y dignidad de todo ser humano, la Iglesia
debe levantar su voz profética, denunciando los pecados y las
injusticias, sin temor a los poderosos, pero siempre con
misericordia. Y como dice el Cardenal Jaime Ortega en su reciente
carta No hay Patria sin virtud: “Aun cuando nos parece que no
somos escuchados, cuando la realidad parece ser ignorada, no sólo
hay que evidenciar lo que aparentemente se olvida o desconoce,
sino preparar además caminos de futuro en las mentes y los
corazones de nuestros hermanos, también si, como el Bautista,
tenemos la impresión de clamar en el desierto. Eso es lo que
intentó el Padre Varela. Esa es siempre, en palabras del santo
sacerdote, la misión de la Iglesia: ‘El bien de los pueblos ha
sido siempre el objeto de la Iglesia, no sólo en lo espiritual,
sino también en lo temporal en cuanto dice relación a la paz y
mutua caridad, en una palabra, a la vida eterna que es la única
felicidad’” (#14).
Hasta aquí podemos y debemos estar de acuerdo. Pero en la
aplicación de estos principios puede haber silencios vergonzosos,
manipulaciones encubiertas, denuncias improcedentes que dan lugar
a equívocos. Ante un gobierno que pretenda negar a la Iglesia su
presencia pública en la sociedad, los obispos y los sacerdotes al
frente del pueblo cristiano tienen que reaccionar enérgicamente;
esa presencia pública no sólo es esencial al Evangelio que
proclama la salvación para todos, sino también un derecho
elemental en la sociedad moderna. La misma reacción es ineludible
ante la pretensión gubernamental de manipular o domesticar a la
Iglesia para sus intereses políticos. Tampoco cabe abdicar de la
responsabilidad de ningún obispo, guardando silencio, cuando son
lesionados los derechos humanos que, según nuestra fe cristiana,
son de origen divino.
Así lo ha manifestado recientemente la declaración de la Comisión
Episcopal de Justicia y Paz. Pero es fundamental elegir bien la
forma de realizar la denuncia de modo eficaz, salvaguardando en lo
posible la colaboración con el gobierno y evitando
interpretaciones equívocas en los mismos fieles cristianos.
En nuestro país, con una ideología atea, que ha reprimido siempre,
de una forma o de otra, a la religión, y de modo especial a la
católica, es muy fácil que no sólo los sencillos fieles, sino
también laicos comprometidos con la fe, interpreten los documentos
de la jerarquía defendiendo los derechos humanos fundamentales
como una fuerza de poder contra el poder gubernamental. Pueden
identificar a la Iglesia, representada en sus obispos y sacerdotes
como un poder político contra el Gobierno que suple de algún modo
la carencia de partidos políticos de oposición.
Esta interpretación de la Iglesia como un partido político
enfrentado con el único partido, es una falsa comprensión del
misterio de la Iglesia, o puede ser un intento equivocado y falaz
de manipulación de la Iglesia. Y no olvidemos que la Iglesia, como
sacramento, es un signo cuya lectura o interpretación depende de
la precomprensión que tienen sus lectores. Incluso muchos
cristianos tienen todavía una visión piramidal de la Iglesia y
siguen pensando en los obispos como portadores de un poder y de
una influencia en la sociedad similar al modo de los poderosos de
este mundo.
Un grado alto de conversión y comprensión necesitamos para vivir
ese don de comunión y misión con los hermanos obispos y sacerdotes
en el misterio de la Iglesia, que se desvela dinámicamente en la
historia. Por eso, dos dimensiones esenciales no deben faltar en
nuestra misión y, consiguientemente, han de ser aliciente para
nuestra comunión.
En primer lugar, la experiencia de Dios revelado en Jesucristo,
nos urge una nueva y buena evangelización, no tanto para recuperar
posiciones sociales perdidas, ni sólo para aumentar la “clientela”
religiosa, sino para promover una fe experienciada como encuentro
personal con el Dios del Reino. Sólo una fe personalizada puede
garantizar una existencia vivida con el espíritu de Jesucristo, en
una sociedad que, desconectada durante varias décadas de la
religión, inundada de distintas manipulaciones de religiosidad y
éticamente desfinalizada, está reviviendo simultáneamente los
aires de la modernidad y postmodernidad. Secularización, confusión
religiosa y pluralismo pueden estar configurando la sociedad
cubana de los próximos años, donde la nueva y buena evangelización,
pedida y orientada por el Papa, exigirá una buena formación de los
cristianos y una espiritualidad encarnada en el seguimiento de
Jesucristo. Sólo una espiritualidad cristiana vivida personal y
comunitariamente, da garantía para una verdadera presencia pública
y evangelizadora de la Iglesia.
En segundo lugar, esta experiencia se concretará en tres ámbitos
muy necesarios:
1) Misericordia: ese amor singular que se hace cargo y carga con
la miseria del otro, ayudándole a superarla; sin esos sentimientos
de misericordia no hay verdadera evangelización en ningún lugar.
Y menos hoy en Cuba, con tantas personas cansadas que se van
quedando por el camino, con los que se acercan a pedir las gracias
y los sacramentos en la buena fe, pero en la ignorancia y la
confusión.
2) Diálogo y reconciliación; es verdad que no podemos transigir ni
guardar silencio cuando están en juego los derechos elementales de
los seres humanos, que para nosotros tienen algo de divino, pero
la Iglesia, incluso en sus posibles denunciasproféticas, siempre
tiene que ser y aparecer como sacramento de misericordia. Ya en
1964 el Papa Pablo VI afirmó, como programa para la relación con
el mundo que “La Iglesia se hace diálogo”, y esta inspiración debe
animar hoy a la Iglesia en un pueblo como el nuestro, que tanta
necesidad tiene de reconciliación y perdón para garantizar su
porvenir.
3) Sembrar esperanza, para que hombres y mujeres se abran
confiadamente hacia el porvenir. Cuando la situación es tan
compleja -yo diría, en estos momentos, tan triste y angustiosa-, y
los problemas tan graves, la esperanza se nos muere entre las
manos. Según nuestra fe en la Encarnación, sabemos que todo futuro
está habitado por Dios, y podemos y debemos empeñarnos en
construirlo. Pero en la práctica, ¿cómo sembrar esperanza en tanta
gente decepcionada, para que, confiando en ellos mismos y en los
demás, se hagan responsables y activos para construir ese porvenir
mejor para el pueblo cubano? Todos podemos sufrir la tentación de
la desesperanza, la impotencia y la anomía. “Vengan a mí todos los
que están cansados y agobiados, que yo les aliviaré”. Debemos
mirar con los ojos del corazón a Jesucristo, iniciador y
consumador de la fe, testigo de la fidelidad.
Pero aquí, en Cuba, es necesaria una fidelidad de larga duración
que madura en la paciencia. Contemplad al Resucitado: necesitamos
actualizar en nosotros la convicción de que todo lo que hagamos
con amor, no cae ya en el vacío. De nuevo debemos poner nuestros
ojos fijos en Aquel que, en la sinagoga de Nazare,t podía decir:
“Hoy se cumple en mí lo que dijo el profeta”.
Volvamos una vez más nuestros ojos hacia los ojos misericordiosos
de la que es Madre, Patrona y Reina de Cuba, Nuestra Señora de la
Caridad, para repetirle confiada y filialmente:
Cuando el llanto era el pan
de tus hijos
y su vida terrible ansiedad,
eras Tú, dulce Madre, la estrella
que anunciaba la aurora de paz.
Obispo de Pinar del Río, Cuba.
Revista Vitral.
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