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Ignacio de Loyola: el
santo “imperfecto”

Padre Eduardo barrios, SJ
La Iglesia universal honra al santo el 31 de julio, aniversario
de su tránsito, en 1556. Había nacido en las afueras de Azpeitia
(Loyola), España, en octubre de 1491.
Las biografías, perdón, hagiografías de santos presentan personas
tan perfectas que los lectores se desaniman ante el reto
“imposible” de la santidad. Vamos a entresacar de la vida de San
Ignacio algunos rasgos de imperfección. Eso anima a quienes somos
muy conscientes de nuestros límites.
Aunque no pocos autores exaltan el equilibrio psicológico del
santo, en apego a la verdad debemos admitir que Ignacio, como todo
ser humano, sufrió sus traumas psicológicos.
Baste recordar que su madre murió poco después de darlo a luz. El
niño se crió entre parientes, ayos y nodrizas. El vacío materno
dejó cicatrices en su psiquis.
Por otra parte, él nació con temperamento colérico, es decir,
propenso a reacciones violentas. Llegó a ser hombre de armas tomar,
y precisamente su conversión se realizó mientras convalecía de
heridas sufridas en combate. Todavía recién convertido por poco
acuchilla a un moro que negaba la virginidad de María Santísima
después del parto.
Con la ayuda de Dios y de la ascesis llegó a dominar mucho su
recio carácter, pero no siempre lo lograba. Él mismo cuenta lo
mucho que le disgustaba oir ruidos en la casa. Se molestaba tanto
con eso que le venían deseos “de irse de casa y alquilar una
habitación en otra parte” (Cfr. Diario Espiritual #145).
Hay quienes piensan ingenuamente que Dios revela el futuro a los
santos. San Ignacio, una vez convertido, no tenía idea clara sobre
el rumbo concreto que tomaría su vida.
Por un tiempo creyó que su vocación era ejercer el apostolado en
Tierra Santa. Llegó a hacer el viaje, pero los franciscanos, por
razones muy válidas, no le permitieron quedarse. Él obedeció y se
hizo la siguiente reflexión: “Después de entender que era voluntad
de Dios no quedarse en Jerusalén, se puso a pensar qué haría, y al
final se inclinaba más a estudiar algún tiempo para poder ayudar a
las ánimas” (Aut. # 50).
En París, al final de sus estudios teológicos, logró reunir un
grupo de siete amigos que constituirían el primer núcleo de
Jesuitas.
Lo llaman fundador de la Compañía de Jesús. El título no es del
todo exacto. Él sólo era el cabecilla de diez sacerdotes, que
decidieron fundar un nuevo instituto religioso. Aunque San Ignacio
tenía un ideal y un carisma bien definidos, él no veía claro todos
los detalles. Sus compañeros hicieron muchos aportes a la
redacción de las Constituciones, de manera que la Compañía nace
como fruto de un grupo de fundadores.
Los Jesuitas se conocen por sus universidades y colegios, pero San
Ignacio más bien pensaba en residencias para ministerios
sacerdotales. Los colegios vinieron poco después por iniciativa
ajena. “Los colegios los inventó el P. Laínez a causa de la
pobreza”, escribió San Ignacio. No toda característica de los
Jesuitas proviene exclusivamente de San Ignacio.
Él no tenía mucha afición por la administración. Cuando él muere,
se vio claramente lo poco organizada que estaba la Compañía de
Jesús. A él le interesaba el apostolado directo. Por eso se
resistió todo lo que pudo a la elección como Superior General.
Luego, con ocasión del Año Santo de 1550, renunció al cargo, pero
no le aceptaron la renuncia.
Por otra parte, él pasaba mucho tiempo en cama con fiebres y
malestares. No podía dedicarse de lleno a la administración de la
naciente Orden. Una vez muerto, la autopsia reveló que padecía de
cálculos biliares y de muchas enfermedades más.
Él hacía planes, pero no siempre se realizaban. No le gustaban
las polémicas doctrinales entre cristianos, prefería enviar
jesuitas a América, Asia y África, pero apenas podía, porque le
pedían ayuda para el Concilio de Trento y para Europa central,
donde crecía el Protestantismo. Jesuitas como San Pedro Canisio,
el Beato Fabro y el P. Jerónimo Nadal hicieron que San Ignacio
enviase mucho personal jesuita a Alemania.
Ignacio tenía ilusión de mandar misioneros al mundo musulmán. Él
quería fundar en Jerusalén, Estambul y Chipre, pero Solimán el
Magnífico tenía otros planes.
Ignacio también se ilusionó mucho con la idea de una misión en
Etiopía. Algo pudo hacerse, pero muchísimo menos de lo que él
tenía en mente.
Uno de los pocos proyectos propiamente ignacianos que cuajaron fue
la fundación del modesto Colegio Romano. Esa institución educativa
evolucionaría después de la muerte del santo, y se convertiría en
la prestigiosa Universidad Gregoriana.
Entonces, ¿quiénes determinaban las fundaciones jesuíticas? ¿Quiénes
van a ser? Los bienhechores. Los jesuitas se establecían no donde
San Ignacio quería, sino donde aparecía el dinero. Por eso la
Compañía creció en Portugal, en Sicilia y en los territorios del
Emperador Fernando, Rey de Romanos. No se desarrolló mucho en
España, porque Felipe II simpatizaba poco; tampoco en Francia por
la oposición de las antiguas Órdenes Religiosas, de la
Universidad, del Parlamento y del obispo de París. En vida de San
Ignacio, los Jesuitas vivieron en Francia semiclandestinamente a
la sombra del obispo de Clermont y del Cardenal Charles de Guise.
¿Qué pensar de un San Ignacio que no lograba hacer siempre lo que
quería? Pues que Dios lleva a los santos por la calle de la
amargura. (Si algún lector se molesta porque hemos presentado a un
S. Ignacio imperfecto, consuélese con el título de nuestra próxima
entrega: “Ignacio de Loyola: Santo perfecto”.)

Capilla privada de San Ignacio de Loyola (siglo XV), en el
Castillo de
Loyola, en Loyola, España. (Erich Lessing / Art Resource, NY)
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