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San Ireneo, Padre de la Iglesia
San Ireneo nació en el año 125, fue obispo de Lyon, Francia, y
murió el 28 de junio.
Las obras literarias de San Ireneo no sólo sirvieron para poner
los cimientos de la teología cristiana, sino también para exponer
y refutar los errores de los gnósticos y salvar así la fe católica
del grave peligro que corrió de contaminarse y corromperse por las
insidiosas doctrinas de los herejes. Éste es un extracto del
Tratado de San Ireneo contra las herejías:
“El Señor dijo a los discípulos: Id y sed los maestros de todas
las naciones; bautizadlas en el nombre del Padre v del Hijo y del
Espíritu Santo. Con este mandato les daba el poder de regenerar a
los hombres en Dios. Dios había prometido por boca de sus profetas
que en los últimos días derramaría su Espíritu sobre sus siervos y
siervas, y que éstos profetizarían; por esto descendió el Espíritu
Santo sobre el Hijo de Dios, que se había hecho Hijo del hombre,
para así, permaneciendo en él, habitar en el género humano,
reposar sobre los hombres y residir en la obra plasmada por las
manos de Dios, realizando así en el hombre la voluntad del Padre y
renovándolo de la antigua condición a la nueva, creada en Cristo.
Y Lucas nos narra cómo este Espíritu, después de la ascensión del
Señor, descendió sobre los discípulos el día de Pentecostés, con
el poder de dar a todos los hombres entrada en la vida y para dar
su plenitud a la nueva alianza; por esto, todos a una, los
discípulos alababan a Dios en todas las lenguas al reducir el
Espíritu a la unidad los pueblos distantes y ofrecer al Padre las
primicias de todas las naciones.
Por esto el Señor prometió que nos enviaría aquel Abogado que nos
haría capaces de Dios. Pues, del mismo modo que el trigo seco no
puede convertirse en una masa compacta y en un solo pan, si antes
no es humedecido, así también nosotros, que somos muchos, no
podíamos convertirnos en una sola cosa en Cristo Jesús, sin esta
agua que baja del cielo. Y, así como la tierra árida no da fruto,
si no recibe el agua, así también nosotros, que éramos antes como
un leño árido, nunca hubiéramos dado el fruto de vida, sin esta
gratuita lluvia de lo alto. Nuestros cuerpos, en efecto,
recibieron por el baño bautismal la unidad destinada a la
incorrupción, pero nuestras almas la recibieron por el Espíritu.
El Espíritu de Dios descendió sobre el Señor, Espíritu de
sabiduría y de inteligencia, Espíritu de consejo y de fortaleza,
Espíritu de ciencia y de temor del Señor, y el Señor, a su vez, lo
dio a la Iglesia, enviando al Abogado sobre toda la tierra desde
el cielo, que fue de donde dijo el Señor que había sido arrojado
Satanás como un rayo; por esto necesitamos de este rocío divino,
para que demos fruto y no seamos lanzados al fuego; y, ya que
tenemos quién nos acusa, tengamos también un Abogado, pues que el
Señor encomienda al Espíritu Santo el cuidado del hombre, posesión
suya, que había caído en manos de ladrones, del cual se compadeció
y vendó sus heridas, entregando después los dos denarios regios
para que nosotros, recibiendo por el Espíritu la imagen y la
inscripción del Padre y del Hijo, hagamos fructificar el denario
que se nos ha confiado, retornándolo al Señor con intereses.”
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