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La Cultura de
Pentecostés

José Fuentes
Las sillas están arregladas en forma de círculo. Las personas
están de pie, cantando. La música viene de una guitarra. Es alegre
y pegajosa. Algunos tienen los brazos levantados. Otros se mueven
como si estuvieran bailando. Varias personas mueven sus panderetas
al son de la música. De pronto, la música se calla y todos
comienzan a alabar al Señor en voz alta. Algunos gritan alabanzas.
Otros le dan gracias a Dios. Otros comienzan a emitir sonidos en
lenguas extrañas. Ésta es la escena de una típica reunión del
grupo de oración carismática que se reúne todas las semanas en la
parroquia.
¡Que diferencia con la época en que yo iba al colegio católico en
mi pueblo natal! Todos entrábamos en fila y en silencio a oír Misa.
Nos arrodillábamos, nos sentábamos y nos parábamos al leve sonido
de un artefacto que tenía el Hermano Superior. La música venía de
un órgano que tocaba magistralmente otro de los Hermanos. Cuando
nos reuníamos a orar era para rezar el rosario. El respeto, la
disciplina y el silencio eran como virtudes que cultivábamos y
anhelábamos.
¿Qué ha pasado? ¿Por qué esta diferencia? ¿Por qué hemos cambiado?
¿Cuál forma es más aceptable o más agradable a Dios? ¿Quiénes son
estos “carismáticos” que parecen a veces locos, histéricos o
borrachos? ¿Es la “fórmula carismática” algo nuevo en la Iglesia?
¿Está aceptada esta forma de orar? ¿O es algo que se “tolera” para
no incurrir en la intransigencia?
Las preguntas son lógicas. Estamos ante dos fórmulas
diametralmente opuestas. Y es bueno y saludable que nos
cuestionemos. La Renovación Carismática ha sido, sin duda, un
movimiento controversial desde sus inicios, que ha tenido sus
defensores y detractores.
Pero podemos estar seguros de una cosa: La Renovación Carismática
es un movimiento apostólico reconocido y aprobado por la Iglesia y
su Jerarquía. Papas y obispos en el mundo entero han estudiado y
examinado minuciosamente la Renovación Carismática, y han llegado
a la misma conclusión que llegaron los obispos norteamericanos en
marzo de 1984: “Deseamos que los que están en la Renovación
Carismática sepan que hacemos nuestra la visión de Ives Congar:
‘La renovación carismática es una gracia para la Iglesia’. Les
aseguramos a los de la Renovación Carismática que gozan del apoyo
de los obispos de los Estados Unidos y los alentamos en sus
esfuerzos de renovar la vida de la Iglesia”. (Cf. 1 Tes. 5:19.)
Ya hecha la aclaración de que la Renovación Carismática es una
gracia para la Iglesia, recuerdo lo que le oí decir a un sacerdote:
“Es Espíritu Santo, y su gracia se asemeja a un océano; se puede
apreciar tanto en las olas que se estremecen vertiginosamente
sobre unas rocas, o en la callada quietud de un atardecer playero.”
Lo importante es que se reconozca que éstas son formas de expresar
un mismo Espíritu. Ese Espíritu Santo que recibimos en el
Sacramento del Bautismo.
La Renovación Carismática no es algo nuevo en la Iglesia. Más bien,
es algo primitivo en la Iglesia. Si leemos los Hechos de los
Apóstoles, las Epístolas de San Pablo y los documentos de los
Padres Apostólicos y de los Padres de la Iglesia, vemos que la
descripción de la reunión carismática que hicimos al principio de
este artículo pudo muy bien haber sido (a excepción de la guitarra
y las panderetas, pues quizás usaban arpas, tambores y cítaras) la
descripción de una reunión típica de los primeros cristianos.
De hecho, la primera reunión carismática ocurrió el Día de
Pentecostés, cuando el Espíritu derramó sus dones y carismas sobre
los Apóstoles, que se habían reunido a orar, junto con la Virgen
María, en el Cenáculo. Como consecuencia de esta reunión, los
Apóstoles comenzaron a anunciar el Evangelio de Jesucristo con
poder, y esa predicación venía acompañada de “señales, prodigios y
milagros”.
La Renovación Carismática promueve lo que se ha llamado la Cultura
de Pentecostés. Es decir, promueve la experiencia y manifestación
de la gracia del Espíritu Santo, que recibimos en el Sacramento
del Bautismo y la Confirmación. Y ora para que los bautizados
experimenten un Pentecostés personal, en la misma forma que lo
experimentaron los Apóstoles, ya que la gracia que se derramó en
Pentecostés proviene del mismo Espíritu, que es el mismo ayer, hoy
y siempre.
Pero lo más importante no es la recepción de esa gracia, sino lo
que hagamos con esa gracia. Esa gracia debe servir para
transformarnos en mejores cristianos. Esa gracia debe ayudarnos en
el proceso de conversión a Dios. Esos dones que se reciben no son
sólo para nosotros, sino para toda la Iglesia. Y esos dones deben
producir frutos. Y, ¿cuáles son esos frutos? San Pablo nos los
describe en la Carta a los Gálatas, capítulo 5, versículo 22: “En
cambio, lo que el Espíritu produce es amor, alegría, paz,
paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio
propio”.
Estos frutos del Espíritu son los frutos que promueve esta Cultura
de Pentecostés, diametralmente opuesta a los valores del mundo de
hoy. Nuestro mundo promueve la competencia, la violencia, el
hedonismo, el materialismo, el aborto, etc. A estos valores se ha
referido nuestro Santo Padre Juan Pablo II como a la “cultura de
la muerte”. La Cultura de Pentecostés parece la respuesta que el
Espíritu Santo da a la cultura de la muerte.
Así que cuando veamos una forma diferente de orar o de alabar al
Señor, no la rechacemos ni estemos prestos a juzgar. Sino, más
bien, hagamos como nos dice el Apóstol San Pablo: “No apaguéis al
Espíritu, examínenlo todo y quédense con lo bueno”.
Coordinador general del Movimiento Apostólico Carismático de la
Arquidiócesis de Miami.
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