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La política de los
católicos
“El hombre no se puede separar de Dios, ni la política de la
moral”

Mario
J. Paredes
Santo Tomás Moro, proclamado por la Iglesia Católica “Patrón de
los Gobernantes y Políticos”, afirmó que “el hombre no se puede
separar de Dios, ni la política de la moral”.
Con esta conciencia, “el compromiso del cristiano en el mundo, en
dos mil años de historia, se ha expresado en diferentes modos. Uno
de ellos ha sido el de la participación en la acción política”.
Porque como afirmaba un escritor de los primeros días de la
Iglesia: los cristianos “cumplen todos sus deberes de ciudadanos”.
Con esta misma convicción y como ha sido constante en el
magisterio de la Iglesia a lo largo de los siglos, el papa Juan
Pablo II, en la audiencia del 21 de noviembre de 2002, aprobó una
Nota Doctrinal sobre “Algunas cuestiones relativas al compromiso y
la conducta de los católicos en la vida política”. La Nota está
dirigida a los obispos, a los políticos católicos y a todos los
fieles laicos llamados a la participación en la vida pública y
política.
Dada la importancia y actualidad del tema, me ha parecido
conveniente y oportuno subrayar algunos apartes de dicha Nota
Doctrinal, además de hacer algunos aportes para la reflexión y
tarea pastoral que sobre el tema pueda –concretamente – hacer la
Iglesia Católica en los Estados Unidos de América.
La Nota Doctrinal pretende “recordar algunos principios propios de
la conciencia cristiana, que inspiran el compromiso social y
político de los católicos en las sociedades democráticas. Y ello
porque, en estos últimos tiempos, han aparecido orientaciones
ambiguas y posiciones discutibles, que hacen oportuna la
clarificación de aspectos y dimensiones importantes de la cuestión”.
Principios de la conciencia cristiana, aspectos y dimensiones
importantes de la relación catolicismo y política, tales como:
El actual debate cultural y político: porque la sociedad civil se
encuentra hoy dentro de un complejo proceso cultural que marca el
fin de una época y la incertidumbre por la nueva que emerge en el
horizonte; transición que en ambientes académicos se está llamando
“de la modernidad a la postmodernidad”, marcada –entre otras
muchas características – por las grandes conquistas que la
humanidad ha realizado en el progreso y la adquisición de
condiciones de vida más humanas, y la mayor responsabilidad hacia
los países en vías de desarrollo que muestra la creciente
sensibilidad por el bien común.
Pero, junto a estos logros, hay que profetizar contra los graves
peligros hacia los que algunas tendencias culturales tratan de
orientar las legislaciones y, por consiguiente, los
comportamientos de las futuras generaciones: un relativismo
cultural y moral predicado y exigido como posibilidad única de
verdadera democracia, y que se limita y concreta a la
condescendencia con ciertas orientaciones culturales o morales
transitorias, como si todas las posibles concepciones de la vida
tuvieran igual valor, e invocando engañosamente “la tolerancia”,
se pide a una buena parte de los ciudadanos – incluidos los
católicos – que renuncien a contribuir a la vida social y política
dentro de sus propios países.
Porque la verdadera libertad política ha de estar basada sobre el
hecho de que las actividades políticas apuntan hacia la
realización extremadamente concreta del verdadero bien humano y
social en un contexto histórico, geográfico, económico,
tecnológico y cultural bien determinado.
La Iglesia es consciente de que la vía de la democracia, aunque
sin duda expresa mejor la participación directa de los ciudadanos
en las opciones políticas, sólo se hace posible en la medida en
que se funda sobre la centralidad y la recta concepción de la
persona que ha de fundarse en la certeza y dignidad que tenemos de
ser hijos de Dios, señores de la naturaleza y de la historia y
hermanos de todos los hombres. El respeto de la persona es, por lo
demás, lo que hace posible la participación democrática.
Por otra parte, las conquistas científicas han permitido alcanzar
objetivos que sacuden la conciencia e imponen la necesidad de
encontrar soluciones capaces de respetar, de manera coherente y
sólida, los principios éticos. Juan Pablo II, ha reiterado que
quienes se comprometen directamente en la acción legislativa
tienen la “precisa obligación de oponerse” a toda ley que atente
contra la vida humana, porque está en juego la esencia del orden
moral, que concierne al bien integral de la persona. Éste es el
caso de:
•Las leyes civiles en materia de aborto y eutanasia, que deben
velar por el derecho primario a la vida desde su concepción hasta
su término natural.
•La tutela y la promoción de la familia, fundada en el matrimonio
monogámico entre personas de sexo opuesto y protegida en su unidad
y estabilidad, frente a las leyes modernas sobre el divorcio.
•La libertad de los padres en la educación de sus hijos es un
derecho inalienable, reconocido además en las declaraciones
internacionales de los derechos humanos.
•La tutela social de los menores y la liberación de las víctimas
de las modernas formas de esclavitud.
•El derecho a la libertad religiosa.
•El desarrollo de una economía que esté al servicio de la persona
y del bien común, en el respeto de la justicia social, del
principio de solidaridad humana y de subsidiariedad, según el cual
deben ser reconocidos, respetados y promovidos “los derechos de
las personas, de las familias y de las asociaciones, así como su
ejercicio”.
•El gran tema de la paz, que es siempre “obra de la justicia y
efecto de la caridad”, exige el rechazo radical y absoluto de la
violencia y el terrorismo, y requiere un compromiso constante y
vigilante por parte de los que tienen la responsabilidad política.
Entonces, es comprensible que en la misión de impregnar el mundo
con los valores y la luz del Evangelio, sea necesario y urgente
que la Iglesia enseñe sobre la actividad política y sobre la
manera y criterios con los cuales los católicos hemos de
participar activamente en ella.
Pero, de la misma manera y ya que las verdades de fe constituyen
una unidad inseparable, no es comprensible ni aceptable el
contubernio – constatable en la historia – establecido entre las
jerarquías de la Iglesia Católica con algunos partidos y gobiernos
con teorías y legislaciones abiertamente contrarias al Evangelio y
al magisterio perenne de la Iglesia, ni es lógico el aislamiento
de uno solo de sus contenidos doctrinales en detrimento de la
totalidad de la doctrina católica.
Por eso, se crean graves confusiones cuando no hay coherencia
entre la fe y la vida, entre el Evangelio que se anuncia y la
cultura que se construye; cuando lo anunciado no es creído ni
creíble, cuando lo predicado no corresponde a la experiencia
cotidiana de quienes hacen magisterio en la Iglesia. Peor aún,
cuando en el seno mismo de algunas asociaciones u organizaciones
de inspiración católica, surgen orientaciones de apoyo a fuerzas y
movimientos políticos que han expresado posiciones contrarias a la
enseñanza moral y social de la Iglesia en cuestiones éticas
fundamentales.
Porque a pesar del descrédito de los partidos y de los políticos
existente en el mundo de hoy, y del desgaste de las democracias
representativas debido a los manejos corruptos de la cosa pública,
la actividad política será siempre un elemento imprescindible y
vital para la organización y orientación de la dimensión social de
todo hombre en la búsqueda del bien común y para la construcción
de la sociedad.
Iluminados por el Evangelio de Jesucristo, a los católicos nos
corresponde exigir del hombre público valores tales como: la
verdad, la justicia, el afán por el bien de todos –especialmente
el bien de los débiles y empobrecidos–, solidaridad, pulcritud,
transparencia y máxima honestidad en el manejo de los fondos
públicos y, al mismo tiempo, el rechazo absoluto de los
politiqueros que pretenden –en el ejercicio de lo público– el
propio interés y la burla de los valores evangélicos y universales.
Pero nos corresponde, sobre todo, participar en la política. Es
decir, en la “multiforme y variada acción económica, social,
legislativa, administrativa y cultural, destinada a promover
orgánica e institucionalmente el bien común que comprende la
promoción y la defensa de bienes tales como el orden público y la
paz, la libertad y la igualdad, el respeto de la vida humana y el
ambiente, la justicia, la solidaridad”, pues la abstención
política es otra –y la peor– manera de participación: la de ayudar
a mantener el statu quo, casi siempre mejorable y perfectible.
Dicho de otro modo, el católico no puede renunciar a tal
compromiso cristiano, o delegar en otros el compromiso que
proviene del Evangelio de Jesucristo, para que la verdad sobre el
hombre y el mundo pueda ser anunciada y realizada.
Finalmente, porque cuenta más el testimonio y la experiencia de
vida que la demagogia, y más los hechos que la vana palabrería, en
una sociedad cada vez más posmoderna, joven, pluralista y
multicultural como la norteamericana, mientras la Iglesia Católica
no se comprometa a predicar con el ejemplo y logre articular un
discurso claro, diáfano, transparente, con autoridad moral, es
decir, testimonial y coherente con el Evangelio, es difícil que
estas enseñanzas –por ciertas y nobles que sean– tengan eco y
pasen de la tinta y del papel a la práctica cotidiana de la vida.
Profesor de filosofía y ex director del Centro Pastoral de la
Región Nordeste de los Estados Unidos para el Ministerio Hispano.
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