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El
cardenal Jaime Ortega habla sobre el papel de la Iglesia en la
reconciliación
Zenit
La Habana
El Cardenal Jaime Ortega Alamino, arzobispo de La Habana, disertó
el 29 de mayo en el Aula Fray Bartolomé de las Casas, del Convento
de San Juan de Letrán, de los Padres Dominicos, sobre el tema
“Preocupaciones y apuestas de la Iglesia mirando al porvenir de
nuestro pueblo”.
Tras la conferencia, el cardenal ofreció una ronda
abierta de preguntas. Ofrecemos a continuación la transcripción
literal, manteniendo el lenguaje coloquial.
¿Está la Iglesia en Cuba y fuera de Cuba preparada
para la misión reconciliadora? Si no, ¿qué hacer?
Yo pienso que la Iglesia como tal y los cristianos que están más
al tanto de la vida de la Iglesia, tienen una inquietud en orden a
la reconciliación. Esto se ubica en orden a Cuba y a los cubanos,
reconciliarnos todos. Sin embargo, reconciliación es una
palabra dificilísima de aceptar. He visto, por ejemplo, cuando fui
a Miami como Cardenal, alguien me advirtió: no mencione la palabra
reconciliación porque no se la van a aceptar. Entonces, ¿es
tan difícil para un cristiano una categoría como ésta, que está en
el centro del mensaje de Jesús?, porque el espíritu, la
respiración de la fe cristiana es el amor y la reconciliación.
En alguna ocasión en declaraciones que he hecho en Cuba, que hemos
hecho los obispos, hemos utilizado la palabra reconciliación
y en algún periódico de aquí, debe haber sido el Granma,
salía un rechazo, un poco indirecto como pasa muchas veces con las
cosas que nosotros decimos, que decía: ¿De qué reconciliación
hablan algunos? Es decir, es un término rechazado en ambos lados.
Todo el mundo dice: ¿Con quien nos vamos a reconciliar, con los
que hacen esto y aquello?, y del otro lado dicen lo mismo: ¿Y con
quien nos vamos a reconciliar?
No se trata, como ustedes vieron, de una reconciliación que sea
como una especie de encomienda dada a la Iglesia para una
mediación política entre dos facciones, como ha habido tantos
procesos de reconciliación en Guatemala o en otros países de
América Latina. Muchas veces la gente entiende esto que,
analógicamente usado, significa un proceso en el cual hay una
serie de arreglos entre políticos, entre facciones a veces
enfrentadas en guerrillas, para ponerse de acuerdo y salir de una
situación lamentable para un pueblo y poder establecer un camino
de avenimiento.
Pero, no se trata de esto; el cristiano, y con él la Iglesia,
puede proponerse una reconciliación amplia y seria. Primero, para
muchos aquí, con la realidad que nos ha tocado vivir, porque
algunos pueden vivir irreconciliados. Esa reconciliación no
significa una aceptación plena, ni gozosa de una realidad que
pensamos que se puede superar, evidentemente. Pero hace falta, por
ejemplo, reconciliarnos con el hecho de que el Señor nos ha
plantado aquí y aquí debemos florecer en el orden del amor, del
servicio, etc. Y esto lo estoy hablando en clave cristiana porque
estamos hablando de la Iglesia. Yo creo que ese mismo espíritu
existe también en otros cristianos que viven fuera. De hecho hoy
se abre paso esta búsqueda de la reconciliación.
Hay incluso un grupo de opositores que están en Miami que vienen
trabajando en el tema de la reconciliación y realmente, los vi en
televisión un día, han tratado el tema en una clave que me pareció
muy cristiana. Esa es la impresión que tuve, una clave amplia, sin
ofensas, sin ironías, hablando de reconciliación con nuestra
historia, con nuestro tiempo vivido. Hay realidades que no se
pueden quitar nunca de la historia, uno ha vivido cincuenta años
de una realidad en Cuba y quedarán siempre para el futuro. Tenemos
que reconciliarnos con esa realidad que está ahí en la historia,
marcándola y marcando actitudes, pero siempre tratando de
superarla. Además de eso, hay que superar todo lo que en nosotros
pueda ser agresivo, responsabilizando a otros o teniendo en cuenta
las ofensas que otros nos han hecho. Esto es un proceso largo,
difícil. Yo diría, a mí lo que más me preocupa, porque normalmente
la reconciliación puede darse en un momento dado de la historia,
cuando está ya en plano de superación una crisis, a mí lo que más
me preocupa es que todavía no ha llegado el momento en que se
pueda superar la crisis en que ha vivido el pueblo cubano,
dividido. A mí lo que me preocupa es que se pongan jalones de
irreconciliación en la historia presente. Es lo primero que
debemos evitar nosotros. Aquello que irreconcilie más, que cree
más irreconciliación aún.
Por eso cuando uno ve algunas cosas que pueden ser duras,
difíciles, que enervan, que exasperan, uno siente dolor, porque
dice, se están poniendo ciertos presupuestos que no favorecen la
reconciliación como actitud, sino que tienden a enfrentar, porque
el ser humano, normalmente, perdona por un esfuerzo, no es un
movimiento natural el perdón. El primer movimiento natural es
instintivo, como de defensa. El simbolismo de poner la otra
mejilla de Jesús, es un gran simbolismo. ¿Ustedes han visto alguna
vez que le hayan dado un golpe por la cara a una persona?, nos dan
siempre ganas de devolver el golpe. El primer movimiento nuestro
es siempre defensivo, llevar cuentas de las cosas. Hay una
tendencia a ser nosotros el centro y que no sea el centro una
realidad superior como la que yo he expresado: el Reino de Dios.
Hay que llegar a esa salida de nosotros en algo que es más que
nosotros, y eso es difícil.
Yo podría decir que quizás los cristianos somos los que en mejores
condiciones estamos, si vivimos nuestra fe, para prepararnos bien
a la reconciliación. Pero no creo que la preparación esté muy
avanzada, y creo que la confusión de planos es muy grande. Se
confunde reconciliación con proceso de reconciliación. Cuando la
Iglesia es invitada en algún lugar a un proceso de reconciliación
política o social después de una de esas matanzas en África, que
es algo tremendo... se trata de otra realidad. Hay un testimonio
que dio en España un muchacho ante el Papa. El estudia en una
universidad, primero o segundo año. Ese muchazo jovencito dio un
testimonio de cómo él había encontrado a Cristo en su vida y dijo:
En Irlanda él estaba con su familia de visita, en un acto de
terrorismo mi hermano de doce años murió destrozado. Ellos eran
cuatro hermanos y entonces su padre y su madre perdonaron a los
que hicieron eso. Esto transformó al joven. Estamos en un plano
muy superior. Por eso yo decía que no se pueden imponer ciertas
cosas. Ni el perdón se puede imponer, ni la reconciliación tampoco.
Debe ser algo que venga desde dentro. Implica mucho a la persona,
su interioridad. Cuando aquel joven vio a sus padres perdonar de
esa manera, se dijo: Jesucristo es el Señor, de ahí en adelante su
vida cambió totalmente y contaba todo lo que él era de apóstol y
activo en la universidad.
Sí, esa es la reconciliación en el plano personal. Yo he visto en
Cuba, y esto lo puedo decir, en el seno de las familias, un
espíritu bastante bueno de reconciliación y a veces de la
aceptación de las diferencias de opinión. A veces en personas muy
sencillas hay unas referencias cristianas extraordinarias.
Me fui a ver a la madre de uno de los tres fusilados recientemente,
y cuando me explicaba cómo ella se sentía, lo más agudo y trágico
que me dijo (y le vinieron las lágrimas a los ojos), fue: algunas
veces me parece que voy a odiar, ¡por Dios, yo no quiero odiar!
Impresionante. Yo no tenia que darle consuelo a esa mujer, esa
mujer estaba mirándome a los ojos, y no era una persona que vaya a
la Iglesia, no es una persona que frecuente nuestros templos, no
tiene tampoco una formación por medio de lecturas, que le dieran a
conocer casos similares de perdón, aunque sea en novelas. Pero oír
esa frase es impresionante. Yo no me hubiera atrevido a pedírselo.
Pero hay en ella una referencia a la cultura cristiana de Cuba. Yo
pensé para mí: ojalá que también los cristianos llamados prácticos,
los que van a la Iglesia todos los domingos y reciben la Santa
Comunión tuvieran una actitud así, que nosotros pudiéramos en la
predicación de la Iglesia, en el estilo de ser la Iglesia en Cuba,
traducir estas actitudes y que todo el mundo las fuera asumiendo,
porque a veces, aún periféricamente, muchos llegan a ellas. Es
misterioso, por lo tanto, la preparación para la reconciliación
entre los cubanos.
Yo creo que en la familia cubana se ha dado mucha reconciliación,
aunque a veces sea sólo a nivel del afecto, porque la familia
cubana es afectuosa, pero son cosas en las que hay que trabajar.
Yo diría que hay que trabajar en la teología de la reconciliación.
Me alegra mucho el tratamiento que le da el P. Rolando Cabrera en
su tesis doctoral, porque es de lo mejor que he visto. Pero los
libros no tratan a menudo de esos sentimientos que exigen a veces
actitudes heroicas.
Por lo tanto ¿estamos en preparación? Bueno, en la medida de lo
posible. Ponernos en camino de reconciliación, poniendo el Reino
de Dios por delante y a Cristo en el centro. Si no, yo no tengo
otro modo de hacerlo.
¿Cómo podría la Iglesia en Cuba promover una espiritualidad de
esperanza?
Fíjense que estamos hablando de planos profundamente personales,
tocando la interioridad del hombre, del ser humano. Para promover
esa esperanza, que yo dije que era la única que la Iglesia podía
ofrecer, hay que mirar hacia Cristo, que es nuestro futuro
absoluto, ese Cristo que dijo: “No teman pequeño rebaño mío, yo he
vencido al mal... yo estoy con ustedes ahora y siempre...”. Hay
una mirada que va por encima del futuro contingente que se abre
ante mí para clavarse en una especie de eternidad, no lejana, sino
que se va viviendo en una tesitura más pura, más alta. Es la
realidad aquella de Jesús: “mi Reino no es de este mundo”, y uno
empieza a vivir en esa realidad que supera la estrechez de este
mundo. Solamente así, también, puede uno acceder a la esperanza.
Porque a veces los cálculos dan desesperanza.
Yo decía en mi Carta pastoral: “Creo que la causa de la
emigración de los cubanos, la principal, es la desesperanza”. ¿Es
lo económico? Sí, como cosa inmediata, pero lo económico, sin que
haya la esperanza de que mejore la economía. Y así en muchos
aspectos se crea una desesperanza: no se prevé acceder a un mejor
salario, a tener una oportunidad económica mejor. Es verdad que
hay estrechez hoy, pero hay también una consideración de que no
van a poder cambiar las cosas para que yo pueda salir adelante.
Entonces yo no puedo dar una falsa esperanza y decir: Sí, tú verás
cómo cambian las cosas, porque ¿de dónde sacaría yo esa esperanza?,
¿de una buena voluntad?, yo no puedo decir eso. Yo puedo decir,
ésta es la esperanza que yo tengo, la única que yo te puedo dar,
una esperanza de vivir en una tónica alta en la cual puedas hacer
frente a todas esas desesperanzas humanas que salen al paso, por
medio de la fe en Jesucristo.
¿Cómo vivir eso, el amor y la reconciliación en la cola del “camello”,*
la comida que nos falta, la educación mediocre, el no futuro para
mis hijos, la falta de contenido de trabajo?
Empiezo por lo último, si ustedes supieran que eso de la falta de
contenido de trabajo me impacta, porque hay personas que me han
ido a ver y me han dicho: yo quisiera trabajar en la Iglesia.
Imagínense ustedes, los que así hablan son centenares, el trabajo
que uno puede tener es para quince, veinte personas y está todo
ocupado. Entonces se explican: porque yo me paso la mañana leyendo
libros, pero me aburro de no tener qué hacer. Eso a mí me agrada
porque no es una persona que dice: Yo no tengo trabajo y vengo a
buscar empleo para trabajar y ganarme la vida, sino: yo quiero
tener un contenido de trabajo. Uno puede incluso desanimarse por
no tener un contenido de trabajo.
Normalmente preocupa más, no el futuro personal, sino el de los
que queremos, yo sé lo que los padres de familia sufren por el
futuro de los hijos. Porque del futuro personal uno dice, bueno,
yo podría abrirme a esas realidades espirituales, pero, ¿cómo lo
podría hacer yo como familia? Como familia solamente se puede
hacer tratando de vivir en familia esas actitudes, y viendo a ver
si el joven o la joven adolescentes son capaces de asumir ese
futuro. Pero recuerden ustedes que yo he hablado de la libertad,
uno propone, yo puedo vivir en el amor y la reconciliación que me
pide el Reino de Dios y quererlo sembrar y aceptar y superar las
desesperanzas mirando el futuro, pero puede ser que un muchacho o
una muchacha no lo comprenda así. Y hay una libertad ahí.
Comprendo que los padres siempre tienen una interrogante especial
con respecto al futuro de sus hijos. Cuando alguien quiere guiar
por la fuerza la historia del hijo en un sentido o en otro, hace
al hijo muy desgraciado. Y muchas veces, queriendo su mejor bien,
le hacen un mal inmenso. El futuro está abierto al Señor, los
padres y las madres tienen sus hijos para Dios en último término,
no para ellos mismos, y eso les cuesta a muchos aceptar que es así,
que cada persona es otra realidad muy distinta y que hay que
respetar sus opciones, pero hay que proponerles también la nuestra
y pensar que ellos la podrían vivir. De hecho yo conozco esa
realidad aquí, en nuestra misma Arquidiócesis de La Habana,
respuestas personales de jóvenes con sus familias que les permiten
permanecer serenamente aquí, y respuestas en las que deciden
familiarmente todos partir, y respuestas familiares que respetan
la decisión de los hijos de hacer su vida. Esa preocupación se
comprende, pero recuerden que hay una serie de cosas que no se
pueden imponer, y yo dije que prima la libertad en muchas de esas
actitudes. Por lo tanto, la capacidad de proponer y proponer
auténticamente y válidamente es muy importante.
¿Cómo pueden trabajar cristianos de diferentes confesiones,
denominaciones, en la labor reconciliadora de la Iglesia por la
unidad en el amor?
Yo creo que eso es elemental, que debe ser así. Nuestra condición
de cristianos nos llama a esto. Tenemos que hacer todo lo posible,
en cualquiera que sea nuestra denominación, para que haya un
sentido de reconciliación, de amor, de servicio, en el seno del
pueblo cubano que, repito, no es ignorar que existen dificultades,
ni lanzar un velo de olvido sobre realidades a veces duras. La
memoria no se puede perder, porque la memoria hay que tenerla
presente para no cometer en el futuro los mismos errores. Uno no
lanza una especie de humo misericordioso espeso que borra el
pasado, o superficialmente considera las cosas sin darse cuenta de
la gravedad y profundidad que tienen y que pueden dañar los
corazones humanos. Se trata de superar sin olvidar. Esto es motivo
de un estudio muy especial.
Si se hace todo en la misma clave, si los cristianos de distintas
denominaciones avanzamos en una misma clave de reconciliación y
amor, ni facilismos por un lado, ni dramatismos por otros, sino
buscando de verdad vivir lo que Cristo Jesús nos enseñó, todos
podríamos trabajar juntos para que hubiera un espíritu
reconciliador desde hoy. Porque en el futuro tendrá que producirse
muchas veces esa reconciliación en actos concretos.
¿Qué obstaculiza el dialogo entre las iglesias?
Bueno, esto ya sería también un tema que se va de este tema. Yo
creo que ha habido a veces diversas maneras de enfocar la realidad
social y política de Cuba, diversos enfoques, por eso yo me
refería, al hablar de la reconciliación, a que deberíamos llegar a
una claridad serena de lo que es la reconciliación, para poder, de
verdad, ponernos de acuerdo. Porque en muchas ocasiones hay una
aproximación diversa a nuestras realidades por iglesias de una
denominación e iglesias de otra denominación, y esto ha
obstaculizado evidentemente en Cuba el diálogo ecuménico, que
existe a veces entre algunos de nosotros, entre una congregación y
nosotros, entre una iglesia u otra, pero que no existe “corporativamente”.
No, hasta ahora no se puede decir que lo haya, y creo que se debe
fundamentalmente a enfoques y puntos de vista que tienen que ver
con la manera de abordar la realidad sociopolítica de Cuba por
parte de unos y otros.
¿Qué hará la Iglesia para obtener la libertad de los disidentes
políticos?
Nosotros expresamos la opinión con respecto a la prisión de los
disidentes en la declaración que hicimos el mismo día en que
fueron ajusticiados los tres jóvenes. Hablamos de nuestra
deploración de la pena de muerte, con la cual no estamos de
acuerdo en ningún caso, y también nos referimos a las largas
condenas de prisión, lamentándolas, como el Papa también lo ha
hecho. Él ha pedido clemencia por ellos en carta que el Secretario
de Estado dirigió al Presidente Fidel Castro en nombre suyo,
hablando de esas sentencias largas y hablando también de las
personas condenadas a muerte, y ésa es la opinión de la Iglesia,
de la Iglesia Universal y en Cuba. Así fue expresado desde el
primer momento.
En cuanto a lo que puede hacer la Iglesia para obtener la libertad
de los disidentes presos: el otro día Mons. Tauran, Secretario
para las Relaciones con los Estados de la Santa Sede, en una
conferencia que daba en España, decía: la Iglesia no es una
potencia militar o política, la Iglesia es una potencia moral. Él
es como el Ministro de Relaciones de la Santa Sede, para hablar un
lenguaje inteligible. Pero fíjense que en este caso tampoco las
potencias políticas logran algo. Quizás la potencia moral podría
lograr algo más, como lo que el Papa ha pedido, clemencia,
petición que repitió en declaración hecha a la prensa en
Castelgandolfo el Cardenal Sodano pocos días después, clemencia
para estas personas, recordando que el Papa lo había pedido. Es
decir, es el único poder que tenemos, no hay otro poder, no lo
tiene la Iglesia. Además, hay muchas instancias que no dependen
del poder, que son de orden moral, espiritual, que pueden hacer
llegar algún tipo de mensaje, pero que puede ser acogido o no
acogido muchas veces.
Cuando un gobierno o sistema político se convierte en una tiranía,
¿cuál es o debe ser la posición de la Iglesia o de los cristianos?
La posición de la Iglesia o de los cristianos ante sistemas que
pueden ser totalitarios, tiránicos, autoritarios de cualquier tipo,
tiene que estar de acuerdo con la misma manera que tenemos
nosotros de presentar aquí hoy la misión total de la Iglesia. Ha
pasado por aquí un obispo checo, es un Obispo Auxiliar que vino
así un poco caído del cielo, no porque llegara en avión, sino
porque no conocía nada de aquí. Este obispo, con el background
de la situación de Checoslovaquia de la época que él vivió, que
son dos realidades bastante distintas, llegó aquí y vio a algunas
personas –a mí no me vio–, vio a un Obispo Auxiliar, de paso, vio
al Nuncio Apostólico, y después visitó a disidentes, visitó a
familias de los presos y ha hecho la declaración siguiente al
llegar a la Republica Checa: la Iglesia debería apoyar más a los
opositores, a la oposición en Cuba.
Yo respeto la opinión de ese Obispo Auxiliar de Praga, pero me
gustaría sentarme a hablar con él. Porque primero él declaró: la
Iglesia no debe meterse en política, pero después dijo que debía
apoyar a los opositores. Es como querer salvar a Dios y al diablo
al mismo tiempo. La Iglesia no tiene –lo he dicho yo en
entrevistas que me han hecho en el extranjero–, no tiene la misión
de ser el partido de oposición que lamentablemente no existe en
Cuba. Yo quisiera que hubiera uno, dos o tres partidos con
pensamientos distintos, pero bien, eso es un deseo mío personal,
pero no los hay, pero no se puede pedir que la Iglesia se
convierta en el partido de oposición. Como no se le puede pedir a
la Iglesia que apoye al gobierno revolucionario tampoco. En
cualquiera de los dos sentidos, siempre han sabido que nosotros
hemos dicho: estamos aquí para anunciar el Reino de Dios. Cuando
hay una posibilidad, como hubo un referéndum en Chile para decir
sí o no, la Iglesia no dijo: digan no, ni la Iglesia dijo digan sí,
sino que dijo: vayan al referéndum y voten según su conciencia. Es
lo único que puede hacer la Iglesia. Esa fuerza moral que ella
tiene a partir de su misión no puede ser utilizada ni en un
sentido ni en otro con las características que puedan tener las
sociedades o los países donde vive. Normalmente lo que nos toca a
nosotros siempre es comulgar con el misterio de la Cruz, en todos
los casos lo que nos ha tocado es sufrir y lo que nos puede tocar
es sufrir y morir. Pero no morir por esta causa o por aquella otra,
sino morir por el amor, por el servicio, por la reconciliación,
por el bien del ser humano.
Cuando me preguntaron a mí en el Seminario de La Habana unos
periodistas, un día en el mes de febrero: ¿La Iglesia por qué no
apoya el Proyecto Varela?. Yo dije, bueno, la Iglesia no tiene que
apoyar ningún proyecto de ese orden. Aquí existen muchos proyectos,
existe el Juramento de Baraguá, existe el proyecto Marta Beatriz,
“La Patria es de todos”. Entre los disidentes algunos no apoyan el
“Proyecto Varela”, otros, entre los mismos disidentes, otros no
apoyaron “La patria es de todos”. Ahora dije una cosa, la Iglesia
sí apoya la libertad de conciencia, y por eso yo felicité a
Oswaldo Payá por el premio que le dieron, que era a la libertad de
conciencia, porque actuó con libertad.
La Iglesia puede defender los valores del Reino, en cualquier
circunstancia, y hablar de ellos como hice yo en mi Pastoral “No
hay Patria sin virtud” hablando de la libertad, y que había que
enseñar a la gente a pensar, y que no es pensar repetir consignas.
Son los valores que constituyen condiciones para que llegue el
Reino de Dios y que al mismo tiempo humanizan al hombre.
La existencia de opciones políticas son muy buenas y necesarias,
pero no pueden ser nunca opciones de Iglesia. La opción de la
Iglesia entonces quedaría como subsumida en el proyecto tal o más
cual. Y el proyecto nuestro está por encima de todos los proyectos,
y no los acoge a todos ni a ninguno de ellos porque es el proyecto
del Reino de Dios, de Cristo, es el servicio en el amor, la
reconciliación, el encuentro con Cristo, que no podemos dejar de
predicar sea el gobierno unipersonal, tiránico, oligárquico, de
cualquier tipo que sea, tenemos siempre que hacer esto mismo.
Sabemos que hay valores del Reino que molestan, a veces por
predicar esos valores algunos han perdido la vida, a veces se
pueden sembrar esos valores con mucha serenidad en el silencio, en
la tranquilidad, en la paz. La Iglesia no ha perdido sus cuarenta
años de presencia en Cuba haciendo eso. Porque sabía que eso era
lo importante, y por eso estamos aquí, y por eso lo hemos hecho en
todo tiempo, aceptados y no aceptados, con riesgos y sin riesgos,
en todo tiempo.
Pero así debe ser siempre, no se invierten las prioridades. Lo
dije antes, la gran prioridad para nosotros es ésa y a partir de
eso el cristiano puede tomar sus opciones, que no tienen que ser
forzosamente de Iglesia, sino las de ellos propiamente. Yo les voy
a decir lo que sucede en la pastoral común de la Iglesia en Cuba:
nosotros podemos tener, en la misa del día de las madres, a la
madre de un fusilado que llora todo el tiempo. Y en la misa del
domingo siguiente, en un pueblo de campo adonde fui, una señora
que viene llorando y me dice: hace diez años que yo estoy en la
Iglesia, no puedo recibir la comunión porque mi marido es del
Partido Comunista y me dice que puedo venir, pero que él no se
casa por la Iglesia, pero lo que más me duele es que algunos me
miran a mí como si no fuera una verdadera cristiana. La pobre
mujer quería hablar con el obispo y descargar aquello que para
ella era un gran dolor.
En las comunidades a veces tenemos sentados, lo saben los padres
dominicos, y tienen que darse la paz muchas veces, a Arcos Bernes
y a Cintio Vitier en la misma iglesia. Y la Iglesia es de ellos
dos, y la opción es de cada uno de ellos. Ah, pero si tenemos que
hablar de esos valores como la libertad, como la justicia, tal y
como lo entendemos, lo decimos, disgústese uno o el otro,
respóndanos uno en un periódico o no nos pueda responder, no
importa, lo decimos.
¿Por qué pedir libertad religiosa, si es un derecho natural?
Ah, bueno, porque a veces uno tiene un derecho y no se lo dan, y
lo pide y lo pide y lo pide, y el Papa lo pide y lo pide. Muchas
veces se confunde la libertad religiosa con la libertad de culto,
y entonces vienen los extranjeros y dicen: todas las iglesias
están abiertas, incluso en épocas más difíciles aún que éstas. Sí,
están abiertas, pero la libertad religiosa es mucho más que la
libertad de culto, es mucho más: es la libertad de expresar la
religión y la fe por todos los medios.
¿Cuáles han sido los mayores logros de la Iglesia desde la visita
del Papa y cuáles han sido sus principales frustraciones?
Vamos a empezar por las frustraciones. Frustraciones, yo (y no
puedo hablar por toda la Iglesia), frustraciones yo no he tenido
casi ninguna, porque no tuve muchas expectativas, y no me refiero
al Papa, no porque sea él el Sumo Pontífice y yo un Cardenal de la
Iglesia y esté cerca de él y tenga que decir esto, pero el Papa
estuvo grandioso, no me refiero a eso. Sino que hubo expectativas
de orden político, que yo sabía no tendrían ninguna incidencia; de
orden social, incluso de orden económico, por ejemplo, que iba a
continuar la apertura económica, que llegaría la pequeña empresa...
Sobre la pequeña empresa tuve mis esperanzas, mis pequeñas
esperanzas antes, ya en ese momento no las tenía. Pero como no
tenía expectativas, no ha habido frustraciones. Ahora, yo creo que
la Iglesia después de la visita del Papa estructuró su Plan
Pastoral Nacional muy bien, a nivel de todas las diócesis. Ustedes
vieron en qué consiste el plan de cinco años que tenemos: la
Iglesia ha creado muchas comunidades nuevas. No hemos podido
construir un templo, no era algo que yo esperara que pudiera
hacerse. Pero hemos creado muchas comunidades pequeñas en casas de
familia, hasta más de doscientas cincuenta tenemos en la
Arquidiócesis de La Habana. En esas comunidades se reúnen gentes
de los barrios, de los pueblos sin templo, rezan, a veces se
celebra la misa allí, a veces se celebran los sacramentos de
iniciación cristiana. La Iglesia se mantiene viva, no ha habido un
crecimiento espectacular, pero no ha habido un decrecimiento.
Hay una encuesta muy interesante, que yo no puedo retener de
memoria, en la cual se ve que los cristianos que hay en la Iglesia
ahora en Cuba en su gran mayoría han llegado a la Iglesia desde
hace diez años para acá, lo cual quiere decir que han llegado
muchos, alrededor del 45%. La encuesta es muy interesante y fiable.
Cuando se preguntó en la misma encuesta por la formación de esos
cristianos, se hicieron preguntas que tenían que ver con la fe,
con la Santísima Trinidad, con Cristo, con la Iglesia y las
respuestas fueron sorprendentemente claras. Es un cristiano que ha
llegado y ha aprendido a conocer lo que es fe, lo que es la
Iglesia. ¿Qué problemas tenemos? Un desnivel inmenso entre fe y
moral. Llegan a conocer los presupuestos y algo más de la fe, pero
la vida no responde exactamente a esto, porque aquí hay una crisis
muy grande, dijéramos, una quiebra moral, como la de la familia,
que está muy afectada, lo decía en mi Carta Pastoral.
Es decir, no es una Iglesia heredada, no es una Iglesia de antes,
no cristianos de tradición, de conservación, algunos han venido
desde el ateísmo, porque hay tantos que se bautizan cada año
adultos, esto es algo que ha continuado, como los catecumenados
para adultos. Yo creo que eso han sido, no diría logros, porque no
me gusta la palabra, es un signo de vida, es como cuando el médico
ausculta y ve que aquí está viva la Iglesia, aquí están los puntos
donde se oye, se palpa que la Iglesia está viva.
Para esto fue fantástica la visita del Papa. Cuando yo encuentro
personas por la calle que me hablan del Papa, de lo que fue su
presencia en Cuba, siempre hay una especie de alegría, una
gratitud, una admiración, eso quedó grabado en la mente y en el
corazón de los cubanos
* “Camello”: expresión popular cubana que designa
un vehículo de transporte público improvisado a partir de otros
vehículos viejos o en desuso.
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