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Ofrecer el
sufrimiento y la vida
para alcanzar la redención

“Ofrezco todo lo que haya de dolor en mí para que se
transforme en sanación; no mía, sino de Cuba”, dice el Padre
Francisco Santana, quien recibe cientos de cartas de la isla
semanalmente. (Foto: Dora Amador)
Dora Amador
La Voz Católica
Uno de los exiliados en Miami más queridos por los cubanos que
viven en Cuba es el P. Francisco Santana. Su entrega a la
evangelización y ayuda a los cubanos ha sido la causa de su vida y
de su sacerdocio.
Desde 1985 transmite un programa semanal a través de Radio Martí
–“El cubano y su fe”–, que es, sin duda, uno de los más escuchados
en la isla. El 13 de mayo –día de la Virgen de Fátima– de 1993,
fundó Fe en Acción, un programa de envío de medicinas a Cuba que
ha curado a miles de personas y aliviado el padecimiento de muchas
otras. Las medicinas,y el dinero de los constantes viajes a Cuba a
llevarlas, se obtienen de donaciones. Los medicamentos se entregan
en las parroquias y de ahí se distribuyen entre los necesitados.
El gobierno cubano ofrece excelentes servicios médicos y de
hospitalización a los extranjeros que puedan pagarlos en dólares,
pero los cubanos carecen de los medicamentos más esenciales. Las
personas se mueren por falta de antibióticos, de un ataque de asma,
de presión alta y de otras enfermedades curables. No hay aspirinas
para aliviar el dolor; tampoco vitaminas, y la falta de alimentos
es muy grave.
Pero si la curación física de los cubanos es muy importante para
el P. Santana, no menos lo es su sanación espiritual. Y a eso le
ha dedicado y le dedica mucho tiempo, mucho esfuerzo, y sobre todo,
mucha oración.
Pero a este sacerdote cubano de inmenso corazón le están faltando
las fuerzas. El P. Santana está muy enfermo. Y fiel a su
compromiso con Cristo y con Cuba, ha decidido ofrecer su
enfermedad por la redención de su patria.
El miércoles 25 de junio fui a visitarlo. Lo que sigue es parte de
nuestra conversación:
¿Cuándo supo que tenía cáncer?
En la primera semana de marzo, después del programa de Radio Martí,
fui a la consulta del doctor Reinaldo Payá Sardiñas, el hermano de
Oswaldo. Cuando me vio me dijo que me encontraba mal, que me
quería hacer unos análisis y tomarme una placa. Él mismo me la
tomó, y cuando la vio me dijo que tenía que ir inmediatamente para
el hospital, que no podía esperar.
¿Había tenido algún síntoma?
No. El único síntoma era que me sentía cansado; pero como trabajo
tanto, pensaba que era normal ese cansancio, e incluso llegué a
pensar que tal vez había algún elemento de depresión, porque mi
organismo me pedía ya a las seis de la tarde descansar, y para mí
eso era muy poco usual. Por lo demás, no sentía nada. Pero cuando
llegué al hospital me ingresaron por una neumonía y me encontraron
dos litros de líquido en el pulmón, y me los sacaron. Después tuve
un segundo ingreso, en el que me hicieron una biopsia, y llegó el
diagnóstico.
¿Cómo es el tratamiento de quimioterapia que está recibiendo?
Es una sesión cada 21 días: seis en total. Cada una dura unas ocho
horas, en las que por sueros te aplican las sustancias químicas
destinadas a controlar la enfermedad. Es un proceso que no es
curativo, lo que hace es controlar y localizar la enfermedad.
Además de este suero cada tres semanas, estoy tomando diariamente
una pastilla nueva llamada Tegratin, para reforzar la
quimioterapia; pero esta medicina te sube los triglicéridos a
niveles increíbles.
Han pasado ya tres meses del diagnóstico y que empezó el
tratamiento.
¿Cómo se siente?
Hay épocas de diarrea y de vómitos; hay otras de muchas náuseas y
de no poder ir al baño. Hay momentos en que uno se siente muy
débil, pero lo peor es una cosa grata. Yo lo veo en su dimensión
espiritual, la aceptación de la debilidad humana llevada al máximo.
¿Cuándo nace la idea –o el llamado– de unir su dolor al del pueblo
cubano, de ofrecer su sufrimiento por la salvación de Cuba?
Fue el Domingo de Resurrección, cuando estaba hablando de Cristo
resucitado. Al final de esa predicación anuncié que tenía esta
enfermedad, y ofrecí mi vida por la sanación de Cuba, y ofrezco
todo lo que haya de dolor en mí para que se transforme en sanación;
no mía, sino de Cuba.
¿Es ésta la catequesis que ha hecho de su enfermedad?
La catequesis es más que eso: es el misterio de la cruz. Porque
por la cruz nos viene la salvación; identificando nuestro dolor
con Cristo, nuestro dolor se convierte en redentor, en salvífico.
Como cristianos, todos tenemos una cuota que pagar en la causa más
tremenda en la historia de la humanidad, que es la salvación de la
propia humanidad. Y cada uno de nosotros tiene que hacer su
contribución. A mí me ha tocado esta contribución en este momento.
Y de ahí paso con toda honestidad a decirte: “felices los que
sufren”. Yo soy feliz con esta enfermedad.
Usted ve en su padecimiento un sentido mayor, digamos, la
providencia de Dios. ¿Pero no ve la fuerza del mal? Hay momentos
–al menos así lo siento yo– en que parecería que el mal arremete
por todos lados en un mismo momento.
Para algunos podrá ser locura; para otros, no. Pero yo lo siento
así, yo lo sentí así desde el primer momento. Esta no es una
cuestión racional, sino del mundo de la intuición, del mundo
espiritual, muy interno.
Cuando me dijeron que tenía cáncer recibí un shock; igual
que cuando supe que estaban arrestando a la disidencia en Cuba,
recibí otro shock. Todo sucede en el mismo mes. Hay como
una coincidencia en el tiempo: habían descabezado a la disidencia,
el Proyecto Varela parecía liquidado. En mi comunicación personal
con Oswaldo [Payá], yo veía que pensaba sólo en los presos con
grandes sentimientos de culpa.
Al ir yo procesando mi shock personal, pude visualizar
claramente la lucha entre el bien y el mal que se está librando:
es una lucha entre las fuerzas del amor, las fuerzas positivas, y
las fuerzas del odio.
Es un momento crucial en la historia espiritual, de salvación de
Cuba. La disyuntiva es retomar la esperanza. ¿La tiene usted? ¡A
veces es tan difícil no caer en la tentación de la desesperanza!
¡Cómo no voy a tener esperanzas, si sé que hay una cantidad
tremenda de gente rezando por mí! ¡Cómo no voy a tener esperanzas,
si sé que esto se está dando precisamente en un momento en que de
mi esperanza va a depender también la de otros, como es el caso de
Oswaldo!
Después de uno de mis programas de Radio Martí [sobre el
ofrecimiento de su enfermedad por la salvación de Cuba], Ofelita [esposa
de Payá] me dijo que Oswaldo había decidido retomar el Proyecto
Varela. Acá tengo una carta de él donde me habla de la esperanza
que yo le di para salir de su depresión.
Todo es gracia; si no lo fuera, ¿cómo entender el inmenso
sufrimiento del pueblo cubano por tanto tiempo? Estoy convencida
de que únicamente a la luz de las Sagradas Escrituras, los cubanos
podemos acoger nuestro dolor y confiar, esperar, amar.
Todo este dolor por el que hemos pasado los cubanos tiene un
significado redentor. Lo único que necesitamos es tomar conciencia
de que es salvífico, si lo aceptamos y lo ofrecemos como tal.
El pueblo cubano está dañado, pero existe la nostalgia por la
bondad, como dicen los obispos cubanos; es una nostalgia por Dios,
por el amor. El mundo necesita de personas que traten de ser
buenas, y entonces el amor genera amor; por eso te decía de mi
felicidad, porque yo no tengo un centavo, sin embargo, soy más que
millonario en cuanto al amor, y eso es lo esencial.
La mayoría de los cubanos condenados en esta histórica Semana
Santa de 2003, son católicos. Me llama mucho la atención que la
prensa siempre menciona que son disidentes, opositores,
periodistas independientes, poetas. Pero jamás hace mención de su
fe. Es muy significativo el ocultamiento de ese “detalle” tan
vital.
De los 75 presos, 48 son católicos muy comprometidos. El proyecto
lleva el nombre del Padre Varela; no podía ser de otra manera. El
Proyecto Varela surge de la raíz cristiana de la nación cubana. Al
evangelio del P. Félix Varela el gobierno cubano no ha logrado
mancharlo, y hay que volver ahí.
Ahí, donde ha estado usted siempre: unido a Cristo, librando la
gran batalla del bien por Cuba y los cubanos. Y hasta su
enfermedad la quiere convertir en enseñanza de amor y sacrificio.
Qué misterio tan profundo es la fe, la redención, el amor.
Me han pasado cosas tan asombrosas. Por ejemplo, cuando estaba
celebrando la Misa de Pentecostés por televisión, me sentía que
estaba en el suelo. No podía ni levantarme de la silla, y de
pronto comienza la música, y me levanto, y a partir de ahí sentí
una energía increíble, y cuando terminó la misa me desplomé de
nuevo.
Noto más que nunca que el Señor me enseña con una realidad
tremenda su frase: “Éste no eres tú, no eres tú, soy Yo”. Y me
enorgullezco de mi debilidad.
Son las palabras de San Pablo, y me acompañan también a mí; yo me
uno a usted: “Cuando soy débil es cuando soy fuerte, porque no soy
yo, es Cristo quien vive en mí”.
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