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El Espíritu nos reunió para dar gracias

Miembros de la Institución Teresiana celebran en Miami la canonización de su fundador


Miembros de la Institución Teresiana junto a la imagen de su fundador, Pedro Poveda, que fue honrado en una misa presidida por el Arzobispo en la Parroquia Saint Martha el 31 de mayo. (Foto: Dora Amador)

Guillermina Damas
Especial para La Voz Católica

“El espíritu nos reunió, el espíritu nos une, el espíritu nos impulsa, el espíritu nos conforta”. Estas palabras escritas por el recientemente canonizado San Pedro Poveda podrían aplicarse para describir el encuentro de la Institución Teresiana con un grupo de familiares y amigos el pasado 31 de mayo. Nos reunimos sencillamente para dar gracias, para celebrar la canonización del fundador en una Eucaristía, la Acción de Gracias por excelencia. Esta celebración, presidida por el arzobispo John Clement Favalora, concelebrada por el obispo Agustín Román y otros 15 sacerdotes amigos, aunó e impulsó a ser “sal y luz del mundo” a más de trescientas personas.

Un joven resumía su experiencia con estas palabras: “Ésta es la misa más bonita que he vivido en toda mi vida”. Otros usaban frases como: “¡Qué bonita estuvo esta misa!” Es que se podían palpar la alegría, los lazos de cariño y amistad de todos a los que había reunido el Espíritu ese día. Fue una experiencia “fruto de la unión”, y seguramente por ello la alegría fue mayor. Nos parecía oír como dichas para nosotros las palabras del Maestro: “Donde dos o tres estén reunidos en mi nombre, yo estaré en medio de ellos”. Celebramos entre familiares y amigos en la Archidiócesis de Miami, conscientes de que la fiesta también ha tenido o tendrá lugar en otros pueblos o ciudades de treinta países donde la Institución Teresiana está presente.

 La homilía del arzobispo proclamó el don que Dios da a su Iglesia con testigos o modelos para nuestro vivir diario. También nos leyó palabras del nuevo santo que nos estimularon a vivir la llamada evangélica a ser sal de la tierra: “La sal sazona lo desabrido. Ésta es la misión del cristiano: sazonar lo desabrido allí donde va, en el sitio en donde vive, a las gentes con quienes trata; hacer agradable la vida fervorosa, amable la virtud, alegre la penitencia, consolador el sufrimiento… La sal preserva de la corrupción. Donde se deposita la sal no puede haber corrupción, y en donde se encuentre un verdadero cristiano tampoco puede existir. Las palabras y conversaciones del cristiano, sus obras, sus modales, su manera, su porte, todo él debe ser símbolo contra la corrupción”.  No hay duda, esta llamada es posible también hoy porque “el espíritu nos impulsa” y “el espíritu nos conforta”.

La celebración en Miami era eco de la proclamación hecha en Madrid por Juan Pablo II el 5 de mayo. Con el lema de “Seréis mis testigos”, el Papa reunió allí a más de un millón de fieles para canonizar a cinco beatos españoles. También allí se dieron cita numerosos cristianos procedentes de muchas partes del mundo. Con palabras tan sencillas como profundas, el Santo Padre proclamó: “…declaramos y definimos santos a los beatos Pedro Poveda, José María Rubio, Genoveva de Torres, Ángela de la Cruz y María Maravillas de Jesús, y los inscribimos en el catálogo de los santos y establecemos que en toda la Iglesia sean devotamente honrados entre los santos”. A partir de ese momento, sus vidas, su ejemplo, sus escritos dejaban de pertenecer a su grupo o comunidad eclesial: ya eran modelos para toda la Iglesia universal.

En 1924, al ser aprobada la Institución Teresiana, San Pedro Poveda exclamó con alegría: “La Obra ya no es mía, es de la Iglesia”. Igualmente, a partir del pasado 5 de mayo, la figura de Poveda se convierte en “verdadero discípulo del Señor y testigo de su resurrección”  para toda la Iglesia. En palabras de Juan Pablo II, San Pedro Poveda “fue maestro de oración, pedagogo de la vida cristiana y de las relaciones entre la fe y la ciencia, convencido de que los cristianos debían aportar valores y compromisos sustanciales para la construcción de un mundo más justo y solidario. Culminó su existencia con la corona del martirio”.

 Los que tuvimos el privilegio de asistir a ese histórico momento en la Plaza de Colón volvimos convencidos de la fuerza del Espíritu que convoca y continúa llamando a vivir el mensaje evangélico en todo tiempo y lugar con todas las consecuencias. Volvimos convencidos por las palabras del Pontífice, que nos recordaban que “se puede ser moderno y profundamente fiel a Jesucristo”.

También en la fiesta del 31 de mayo, con María en el Magnificat, nos parecía oír el mismo mensaje. Celebramos la fuerza del Espíritu que nos convoca, nos une, nos conforta y nos impulsa a ser testigos del Resucitado, anunciando la alegría de la salvación en el aquí y ahora. Celebramos con esperanza el deseo alentador del Santo Padre: “Surgirán nuevos frutos de santidad si la familia sabe permanecer unida, como auténtico santuario del amor y de la vida”.