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Del Dios lejano y trascendente
al Dios cercano y enamorado
Juan Pablo II comenta en la audiencia general del 18 de junio el
Cántico de Isaías 61,10-62,5. «Alegría del profeta ante la nueva
Jerusalén».
Queridos hermanos y hermanas:
En el Cántico hoy proclamado, Isaías describe la reconstrucción de
Jerusalén tras el exilio, utilizando la imagen de la novia que se
esposa. Lo que antes era desolación, devastación y drama, ahora es
amor, ternura, fiesta y felicidad. Dios ha pasado de ser distante
y juez a estar cercano y enamorado de su pueblo. Los primeros
cristianos han aplicado este texto a la relación de Cristo con su
Iglesia, Esposa fiel.
Desbordo de gozo con el Señor,
y me alegro con mi Dios:
porque me ha vestido un traje de gala
y me ha envuelto en un manto de triunfo,
como novio que se pone la corona,
o novia que se adorna con sus joyas.
Como el suelo echa sus brotes,
como un jardín hace brotar sus semillas,
así el Señor hará brotar la justicia
y los himnos ante todos los pueblos.
Por amor de Sión no callaré,
por amor de Jerusalén no descansaré,
hasta que rompa la aurora de su justicia,
y su salvación llamee como antorcha.
Los pueblos verán tu justicia,
y los reyes tu gloria;
te pondrán un nombre nuevo,
pronunciado por la boca del Señor.
Serás corona fúlgida en la mano del Señor
y diadema real en la palma de tu Dios.
No se dirá de ti jamás «Abandonada»,
ni de tu tierra se dirá jamás «Desolada»,
sino que a ti se te llamará «Mi Complacencia»,
y a tu tierra, «Desposada».
Porque el Señor se complacerá en ti,
y tu tierra será desposada.
Porque como se casa joven con doncella,
se casará contigo tu edificador,
y con gozo de esposo por su novia
se gozará por ti tu Dios.
1. Comienza como un «Magnificat» el admirable Cántico que la
Liturgia de los Laudes nos propone y que acaba de ser proclamado:
«Desbordo de gozo con el Señor, y me alegro con mi Dios» (Isaías
61, 10). El texto está engarzado en la tercera parte del Libro del
profeta Isaías, sección que los expertos enmarcan en una época
posterior, cuando Israel, al regresar del exilio de Babilonia (siglo
VI a. c.), retoma su vida de pueblo libre en la tierra de los
padres y reconstruye Jerusalén y el templo. Significativamente la
ciudad santa, como veremos, se encuentra en el centro del Cántico
y el horizonte que se abre ante él es luminoso y lleno de
esperanza.
2. El profeta comienza su canto representando al pueblo renacido,
con espléndidos vestidos, como una pareja de novios, lista para el
gran día de la celebración nupcial. Inmediatamente después se
evoca otro símbolo, expresión de vida, de alegría y de novedad: el
símbolo vegetal del brote.
Los profetas recurren a la imagen del brote de diferentes maneras
para representar al rey mesiánico (Isaías 11, 1; 53, 2; Jeremías
23, 5; Zacarías 3, 8; 6, 12). El Mesías es un brote fecundo que
renueva al mundo, y el profeta hace explícito el sentido profundo
de esta vitalidad: «el Señor hará brotar la justicia» (Isaías 61,
11), por lo que la ciudad será como un jardín de justicia, es
decir, de fidelidad y de verdad, de derecho y de amor. Como decía
poco antes el profeta, «llamarás a tus murallas “Salvación” y a
tus puertas “Gloria”» (Isaías 60, 18).
3. El profeta sigue elevando con fuerza su voz: el canto es
incansable y quiere representar el renacimiento de Jerusalén, ante
el que está a punto de abrirse una nueva era. La ciudad es
presentada como una novia que prepara para celebrar las bodas.
El simbolismo esponsal, que aparece con fuerza en este pasaje es
utilizado en la Biblia como una de las imágenes más intensas para
exaltar el lazo de intimidad y el pacto de amor que existe entre
el Señor y el pueblo elegido. Su belleza, hecha de «salvación», de
«justicia» y de «gloria» será tan maravillosa que podrá ser una
«corona fúlgida en la mano del Señor».
El elemento decisivo será el cambio de nombre, como sucede en
nuestros días cuando se casa una muchacha. Asumir un «nombre nuevo»
es como revestirse de una nueva identidad, emprender una misión,
cambiar radicalmente de vida.
4. El nuevo nombre que asumirá la esposa Jerusalén, destinada a
representar a todo el pueblo de Dios, es ilustrado con el
contraste que presenta el profeta: «No se dirá de ti jamás “Abandonada”,
ni de tu tierra se dirá jamás “Desolada”, sino que a ti se te
llamará “Mi Complacencia”, y a tu tierra, “Desposada”» (Isaías
62,4). Los nombres que indicaban la precedente situación de
abandono y desolación, es decir, la devastación de la ciudad por
obra de los babilonios y el drama del exilio, son sustituidos
ahora por los nombres del renacimiento y son términos de amor y
ternura, de fiesta y felicidad.
Al llegar a este momento, toda la atención se concentra en el
novio. Aquí llega la gran sorpresa: el Señor mismo asigna a Sión
el nuevo nombre nupcial. Particularmente estupenda es la
declaración final, que resume el hilo conductor del canto de amor
que el pueblo ha entonado: «Como se casa joven con doncella, se
casará contigo tu edificador, y con gozo de esposo por su novia se
gozará por ti tu Dios».
5. El canto deja de ensalzar las bodas entre un rey y la reina y
celebra el amor profundo que une para siempre a Dios y Jerusalén.
En su novia terrena, que es la nación santa, el Señor encuentra la
misma felicidad que el marido experimenta con la mujer amada. Al
Dios lejano y trascendente, justo juez, le sigue ahora el Dios
cercano y enamorado. Este simbolismo nupcial se aplicará en el
Nuevo Testamento (Efesios 5, 21-32) y será retomado y desarrollado
por los Padres de la Iglesia. Por ejemplo, san Ambrosio recuerda
que en esta perspectiva «el novio es Cristo y la esposa es la
Iglesia, esposa por amor, virgen por su innata pureza».Y en otra
obra sigue diciendo: «La Iglesia es bella. Por ello el Verbo de
Dios le dice: “Eres preciosa, amiga mía, y en ti no hay motivo de
reprobación”, porque la culpa ha sido enterrada… Por ello, el
Señor Jesús –movido por el deseo de un amor tan grande, por la
belleza de su vestido y por su gracia, dado que en aquellos que
han sido purificados ya no hay suciedad alguna– dice a la Iglesia:
“Ponme como un sello en tu corazón, como un sello en tu brazo”, es
decir: ¡estás acicalada, alma mía, eres preciosa, no te falta
nada! “Ponme como un sello en tu corazón”, para que a través de él
resplandezca tu fe en la plenitud del sacramento. Así
resplandecerán tus obras y mostrarán la imagen de Dios, a imagen
de quien estás hecha».
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