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El anticatolicismo en los Estados Unidos


Dora Amador

Lo que sucedió hace dos años en la sala de redacción de CNN en Washington es un ejemplo de lo que en este país ha ido cobrando una fuerza alarmante. Me refiero a la discriminación contra los católicos que con impunidad se ejerce en la prensa, las instituciones gubernamentales y la industria cinematográfica, principalmente.

El escándalo en CNN ocurrió un Miércoles de Ceniza. Los empleados se habían reunido para darle una despedida al presentador de noticias Bernard Shaw, cuando de pronto entró Ted Turner en el salón. “¿Qué son ustedes, un montón de anormales cristianos?”, les dijo amenazador a unos empleados católicos que tenían ceniza en la frente. Sin duda empleados valientes, porque pocos son hoy los que no se quitan la ceniza en seguida que salen de la iglesia el primer día de Cuaresma, para que no los vean en el trabajo y los tilden de “raros”… En fin, para “evitar comentarios”.

Hacía algunos años, Turner había dicho públicamente que el cristianismo era para “los fracasados”. No le quedó más remedio que pedir excusas por eso, pero al poco tiempo reincidió en sus ataques, criticando a los cristianos por ser “muy intolerantes”.

Una característica significativa de muchas personas que se tienen a sí mismas por tolerantes, pluralistas y civilizadas, es que no toleran a un católico o a una católica que ose hablar o hacer demostración de sus creencias. La intolerancia religiosa de estos “tolerantes” –que por lo general también se consideran ilustrados– raya en fundamentalismo.

Philip Jenkins lo ha definido brillantemente en su último libro, titulado El nuevo anticatolicismo. El último prejuicio aceptable: “Vemos la rápida condena que hacen los líderes de una comunidad cuando se hacen comentarios públicos que son racistas, antisemitas o antimusulmanes”, dice Jenkins. “Pero demostraciones claramente hostiles hacia los católicos y su Iglesia pasan sin repercusiones… El anticatolicismo florece con fuerza y puede ser el antisemitismo de los intelectuales”.

En estos días ha sido noticia de primera plana el monumento a los Diez Mandamientos, que el juez protestante Roy Moore colocó en la rotonda de la Corte Suprema de Alabama, y que un juez federal ordenó remover el 27 de agosto. Soy consciente de que el monumento violaba una prohibición constitucional contra toda promoción gubernamental de cualquier creencia religiosa. Estoy totalmente en favor de la separación de la religión y el Estado. Pero puedo comprender la desesperación de un cristiano –parece que fue el caso de este juez que cree en Dios– ante la falta de valores y el relativismo que minan la sociedad estadounidense, y su decisión de exponer ante el público las tablas de la ley de Moisés.

Quisiera saber si las personas que se sienten ofendidas –y justo es que así ocurra en una democracia– cuando creen que una expresión pública de creencias religiosas ha violado la Constitución, adoptan la misma actitud cuando se obstruye sistemáticamente el nombramiento de personas calificadas, a cargos en la corte federal, sólo porque son católicas. Basta con observar lo que ha estado pasando en el Senado en los últimos meses.

Yo creo que calificar a un católico de “liberal” o de “conservador” es un error común y tramposo. Se es católico o no se es. Cierto, seguir con fidelidad a Cristo es andar por un camino incierto, lleno de sacrificios y peligros. Pero si se ha elegido esta opción de vida, no hay otra. La fe y la esperanza nos enseñan que el Señor siempre nos da fuerza y una alegría inmensa, que es fruto del Espíritu y de reconocernos fieles.

Advierto que la situación política del país se va a poner candente cuando los políticos que se dicen católicos tomen una decisión: si se dan a conocer como tales para obtener el anhelado “voto católico”, tienen que actuar consecuentemente. Esto lo define claramente un documento de la Santa Sede, hecho público por orden de Su Santidad hace unos meses: Nota doctrinal sobre algunas cuestiones relativas al compromiso y la conducta de los católicos en la vida política.

 

¿Quién viola los derechos de quién?
Pero en este complicado marco social de inicios del siglo XXI sucede algo más, y es que, a diferencia de sus padres, hay una nueva generación de católicos que se niega a practicar su fe sólo en el ámbito de lo privado. Hay maravillosos testimonios de lo que está sucediendo entre los jóvenes creyentes de la nación.

Teresa Becker es una joven católica que pudo estudiar con una beca estatal sus dos primeros años universitarios en Ave María College, en Míchigan. El año pasado le confirmaron que le darían la misma cantidad –$2,750– para continuar su tercer año. Pero cuando los funcionarios estatales se enteraron de que Becker quería hacer su especialización en teología, le negaron la ayuda económica. Le enviaron una carta donde le decían que “los estudiantes matriculados en un curso que conduzca a un diploma en teología o educación religiosa no son elegibles para esta ayuda”. Becker, de 21 años de edad, demandó al estado.

“Elegí teología basada en mi convicción religiosa de que este curso me va a ayudar a seguir mi vocación en la vida: conocer, amar y servir a Dios y a mi prójimo”, le dijo la estudiante al reportero de The New York Times, Adam Liptak, cuando la entrevistó el 5 de agosto. “Crecí en la fe católica, la amo. Tiene una gran influencia en mí y en cómo trato a los demás. Es mi salvación; en un sentido, es todo para mí”. Sin duda, palabras que asustan a funcionarios no acostumbrados a lidiar con personas que anteponen su fe a sus intereses económicos u otros. “El estado está violando el derecho de los ciudadanos a la libertad religiosa”, dijo Becker.

Un caso similar, procedente de la Universidad Estatal de Washington, se presentó ante la Corte Suprema de los Estados Unidos. De acuerdo con cinco fiscales estatales que están litigando en estos casos, hay 11 estados que prohíben la ayuda económica a los alumnos que elijan teología. ¿Quién viola los derechos de quién?

 

“La Pasión”
Ahora la prensa y la industria cinematográfica, los dos gigantes formadores de la opinión de este país, la han emprendido con toda su astucia y fuerza contra Mel Gibson, por su película La Pasión. Ya todo el mundo “sabe” que el filme es “muy controversial” porque “ataca a los judíos”. La verdad es otra: a Gibson lo atacan por ser católico comprometido con su fe y atreverse a expresarlo sin temor.

Deal Hudson, director de la revista católica Crisis, afirma en un artículo citado por la agencia de noticias ACI, que “la controversia en contra de La Pasión muestra más anticristianismo que antisemitismo”. Según Hudson, Mel Gibson le reveló que la mano que en la película se ve tomando el clavo y el martillo para taladrar la mano de Jesús, es la suya. Gibson quiso –afirma Hudson– que su mano apareciera en ese episodio, como símbolo personal de que no han sido los judíos los que clavaron a Cristo, sino “todos nosotros, con nuestros pecados. En mi opinión La Pasión no inspirará rechazo a los judíos, sino que a muchos les inspirará fe en Jesucristo. Esto es en el fondo lo que muchos enemigos de Gibson temen”.

El calumniado actor y director de cine ha estado mostrando su película en varias ciudades a grupos privados para conocer su opinión. Nunca se pudo imaginar que, por intentar presentar las últimas 12 horas de la vida de Jesucristo de la manera más real posible, lo fueran a acusar de oscurantista, de antisemita e, incluso, de anticatólico. Porque una de las más fuertes acusaciones que le hicieron a Gibson a principios de año, fue que el filme no mostraba la “visión actual de la Iglesia Católica después del Concilio Vaticano II”.

 

Los datos
Pero volvamos al importantísimo estudio de Jenkins. El autor, profesor de historia y estudios religiosos en la Universidad Estatal de Pensilvania, ofrece los siguientes datos, confirmados por otras fuentes acreditadas:

  • “El número de sacerdotes católicos que ha incurrido en conducta sexual impropia fue grotescamente exagerado por la prensa. En realidad, no más del 2 al 3 por ciento del clero ha tenido relaciones con menores de edad. De estos, menos del 1 por ciento son casos de pedofilia. La mayoría de los casos se refieren a muchachos de 16 a 18 años.

  • Aunque los sacerdotes católicos han sido y son los que más publicidad han recibido por alegaciones de abuso sexual de menores y jóvenes, otras denominaciones religiosas tienen problemas similares, pero la prensa no la emprende contra ellas.

  • No existe evidencia alguna que demuestre que el clero católico es más proclive a cometer este crimen, que otros grupos religiosos o seculares que lidian con menores.

  • Ante el socorrido argumento de que el abuso en la Iglesia Católica se debe al celibato, Jenkins apunta que la Iglesia Anglicana no exige el celibato de sus pastores y tiene el mismo problema. (De hecho, se ha probado que la mayoría de los casos de abuso sexual de menores los cometen familiares cercanos a la víctima que no son célibes; por lo general, son hombres casados.)

Es sano criticar las cosas malas que hacen los católicos, clérigos o laicos. Diría más: es santo, es profético denunciar lo que anda mal en la Iglesia, pero siempre por amor a Jesús y su Evangelio. No por un odio ciego y fanático hacia la Iglesia, cuerpo de Cristo.

La intolerancia anticatólica de los “tolerantes” no es aceptable.