El
obispo Agustín Román: la esencia de la caridad

Arzobispo John C. Favalora
Queridos amigos:
Decir que el obispo Agustín Román es un devoto hombre de Dios, es,
probablemente, una afirmación insuficiente. En todos mis años de
sacerdocio, he conocido a muy pocas personas que vivan a la par de
él, en términos de servicio al Señor y de caridad hacia los demás.
Es un hombre que vive para los otros, más que para sí mismo. Un
hombre que, cuando fue ordenado en su Cuba natal hace 44 años, se
entregó completamente al Señor. Y vive esa entrega cada día,
poniendo las necesidades de cada cual primero que las suyas.
El obispo Román es, primero que todo y por encima de todo, un
maestro, un catequista en el sentido más pleno de la palabra. Como
sacerdote y obispo, por supuesto, está llamado a predicar y a
enseñar la palabra de Dios.
Pero el obispo Román hace esto de la misma manera en que Jesús lo
hizo, empleando parábolas o relatos sencillos que pueden ser
comprendidos fácilmente por sus oyentes. Sabe con exactitud lo que
hay que decir para llegar a la gente, especialmente a aquéllos que
pueden no tener mucha instrucción en la fe,
Del mismo modo en que María señala el camino hacia Jesús, Mons.
Román se vale de la devoción popular a la patrona de Cuba, Nuestra
Señora de la Caridad, para ayudar a sus compatriotas a descubrir a
Jesús. Tal como él mismo dijo en uno de sus muchos escritos y
cartas: “He visto cómo la devoción a la Virgen, la madre de Jesús,
es la fuerza principal que mueve a nuestro pueblo. En ella, los
cubanos descubren al Señor”.
Lo mismo puede decirse de muchas de nuestras hermanas y de
nuestros hermanos hispanos, de gente de Centroamérica y Suramérica,
de Haití y de otras islas del Caribe, que son católicos por
cultura y por bautismo, incluso aunque no asistan regularmente a
Misa o reciban los sacramentos. La razón de ser del obispo Román
es evangelizarlos, enseñarles la riqueza y la profundidad de la
fe católica, y llevarlos a formar parte de una congregación
parroquial. Como declara su lema: “¡Ay de mí si no evangelizara! ”
(1 Corintios 9: 16.)
El obispo Román también se siente extremadamente feliz cuando
escucha confesiones, lo que hace todos los días en la Ermita, cada
vez que se lo piden. No hay necesidad de reservar turnos. No es
necesario estar allí a determinadas horas. Si Mons. Román está
presente, escuchará la confesión.
Otra cosa que admiro en el obispo Román, es su maravilloso sentido
del humor, a pesar de su vida de gran sufrimiento.
Fue expulsado a punta de pistola de su querida patria, arrancado
del pueblo al que había jurado servir, en la zona rural de
Matanzas. Ha sufrido no una, sino dos riesgosas operaciones de
corazón abierto. Ha sido testigo cotidiano del sufrimiento de sus
compatriotas, así como del de los refugiados de todos los países,
que acuden a la Ermita para orar por el buen viaje de sus seres
queridos, o por una reunificación familiar largamente ansiada. Y
nunca ha estado lejos de su mente el pueblo de Cuba, que encara
una vida sin libertad y días sin esperanza.
Y a pesar de todo esto, aún es capaz de reír y de bromear a costa
de sí mismo y de la idiosincrasia de sus compatriotas, así como de
encontrar solaz y renovación en la naturaleza, que es la creación
de Dios.
De manera muy especial, admiro al obispo Román porque él es la
esencia de la caridad. Quizás se deba a ello que esté tan
estrechamente relacionado con el santuario que lleva ese nombre,
Nuestra Señora de la Caridad, pues el obispo Román jamás critica a
otros. Nunca habla mal de nadie.
Su vida es el epítome de lo que San Pablo llamó la mayor de las
virtudes: la caridad.
Somos muy afortunados en el sur de la Florida por tener al obispo
Román con nosotros. Es un ejemplo para todos nosotros, no sólo
sacerdotes o religiosos, sino para todo el que profese el ser
cristiano.
Que Dios le conceda permanecer muchos años más entre nosotros,
para que podamos aprender de este gran sacerdote, de este profeta
cuya vida habla tan alto de Dios y del amor por nuestros
semejantes.
Mons. John C. Favalora
Arzobispo de Miami

Mons. Agustín Román junto a la Ermita de la Caridad.
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