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Su canto vivirá en todas las generaciones

Adele González
La Voz Católica

Estaba dándole la leche a mi sobrina-nieta recién nacida, cuando CNN anunció que Celia Cruz había fallecido de un tumor cerebral. Después de la primera reacción de tristeza ante su muerte, me di cuenta de que esta noticia la estaba recibiendo a través de una cadena de televisión internacional. Estaba de visita en casa de mis sobrinos en las afueras de Atlanta, Georgia. Me dije: “¡Wow, Celia era bien querida”, y me sentí muy orgullosa de la importancia que el mundo le daba a esta gran artista cubana!

Mi sobrina y su esposo nacieron en los Estados Unidos, como, por supuesto, sus dos niños de dos años y medio y de dos meses, respectivamente. Cuando mi sobrina, que estaba con el varoncito en otra parte de la casa, se me acercó un poco más tarde, le dije: “¿Sabes quién murió? ¡Azúcar!” Se sentó a mi lado y me dijo con ojos llorosos: “Me da mucha tristeza, she was great, tremenda lady y muy buena persona, ayudó a muchos”.

Tengo que admitir que su reacción me sorprendió. No pensé que la muerte de una cantante cubana de 77 años hiciera un impacto tan grande en ella. Esa noche, cuando su esposo llegó del trabajo, fue directamente a poner un CD con la música de Celia Cruz. Al poco rato llegaron unos primos de visita, también jóvenes, y por el resto de la noche lo único que se oyó fue la música de la guarachera cubana. Escuchamos en su voz inigualable los ingredientes de su receta secreta para el amor: “Una taza de cariño… revuelto con ternura, algunos besitos, una pinta de alegría, y un costal de comprensión.” (Sazón)

Días después, tuvo lugar el velorio. Más de cien mil personas desfilaron ante su féretro con ojos llenos de lágrimas para honrar y decir un último adiós a quién algunos han definido como “la bandera que canta”. En las misas que se celebraron en la iglesia Gesu, en Miami, y en la Catedral de San Patricio, en Nueva York, muchos fieles rezaron en acción de gracias por la vida de esta mujer de gran talento, que por tantos años nos endulzó la vida y llevó el sabor de la caña cubana por todo el mundo.

Entre los que participaron en su funeral, o en las misas, había personas de opiniones políticas distintas. Estoy segura de que algunos favorecían el embargo a Cuba, y otros no.  Probablemente, otros ni siquiera sabían que ella era católica. Una gran mayoría desconocía las obras humanitarias que hacía la Reina de la Salsa, y la ayuda que les dió a muchos jóvenes que comenzaban sus carreras artísticas. Sin embargo, todos nos unimos para darle gracias a Dios por habernos regalado la vida y la obra de Celia Cruz.

Al día siguiente les comenté a mis sobrinos –porque he trabajado en la Iglesia durante 33 años y me preocupa– que todavía no habían nombrado los nuevos obispos de Miami. Aunque ellos son católicos prácticos, no hicieron ningún comentario. A lo mejor no me prestaron atención en medio de la preparación de la comida de los niños, de pañales y de fórmulas. Pero me sorprendió el contraste entre la reacción a mi noticia eclesiástica y la que tuvieron ante la muerte de la cantante cubana.

Todos debemos aprender algo de la vida de esta mujer, que supo usar a plenitud los dones que Dios le dio. Esos dones Celia Cruz los puso al servicio de la comunidad como instrumentos de amor y de esperanza.

No sé como será el cielo, pero en el rincón de Celia hay son, guaguancó, mucho amor, y un azúcar especial que no le hace daño a los diabéticos. Imagino el gran encuentro de Celia Cruz con “Cachita”, la Virgencita de la Caridad, que simboliza para el pueblo cubano protección, guía y el amor incondicional de Dios. ¡Sería maravilloso que no la recordáramos sólo por su música, sino por su vida total, su generosidad, y su gran corazón, donde cada cual encontró un lugar dispuesto a recibirle!

Celia: desde tu rincón en el cielo, no nos mandes flores, nos nos mandes estampas, háblale a la Virgen de la Caridad. Lo que queremos es que nuestra patrona, Madre del Dios del amor, no nos abandone y continúe caminando con nosotros.

Señor bondadoso: pedimos paz y libertad para Cuba, Venezuela, Colombia y todos nuestros países que sufren opresión y abusos.

Ayúdanos a reconocer nuestros talentos y a ponerlos siempre al servicio de los demás. Ayúdanos a ser instrumentos de tu paz. Que donde haya tristeza, sembremos alegría; donde haya injuria, perdón; donde haya desaliento, esperanza. Porque dando es como recibimos…