El
celibato y la intimidad con Dios

Adele González
AdeleGonz@aol.com
Soy célibe porque así lo elegí sin que nadie me presionara. No
necesito proclamarlo ni validarlo a través de una ceremonia
eclesial, y nunca me he visto como víctima de la misoginia ni
sexofobia, y mucho menos como una mujer asexual. Sin embargo, de
acuerdo con el artículo de Ileana Fuentes titulado “A propósito de
las 11,000 vírgenes”, publicado en El Nuevo Herald el 16 de
agosto de este año, yo sufro de todos estos males y, según la
escritora, de muchos más que por respeto a los lectores no voy a
mencionar aquí.
El artículo me causó tristeza e inquietud. Tristeza por el odio
que refleja hacia la religión católica. Inquietud porque se me
hace difícil creer que una persona educada muestre tanta
ignorancia sobre lo mejor de la teología espiritual católica. Creo
que la intensidad de sus sentimientos le impidió tratar este tema
con objetividad.
Pocas veces he leído una mezcla tan increíble de odio, medias
verdades, errores históricos, insultos, etc., todo en nombre de la
liberación, en este caso de la mujer. Quisiera tener espacio
suficiente para contestar una por una todas las ideas expresadas
por Fuentes, pero me resulta imposible en esta columna. Por eso me
voy a limitar a aclarar algunos puntos que considero importantes,
y a compartir mi propia experiencia sobre la virginidad consagrada
que tanto la ofende. Al final de mi artículo el lector encontrará
un breve glosario, con el fin de aclarar algunos de los conceptos
que aparecen confusos en el artículo citado.
Los Sacramentos
Primeramente, aclararemos que la ceremonia de la consagración de
una virgen no es un sacramento, sino un sacramental (ver glosario).
Para los católicos, los sacramentos son el Bautismo, la
Confirmación, la Eucaristía, la Penitencia, la Unción de los
Enfermos, el Matrimonio y el Orden Sagrado. En segundo lugar, el
Concilio Vaticano II terminó en 1965, no en 1970 como afirma la
autora. Son detalles menores, pero que destacan la falta de
cuidado al escribir sobre la religión católica.
Hay un dicho en inglés que aconseja: “No botes al bebé junto con
el agua de la bañera” (Don’t throw the baby out with the bath
water). Es una frase muy sabia que resume lo que este artículo
ha hecho: junto al agua sucia de más de dos mil años de historia
de gracia y de pecado que se debe seguir cambiando, Ileana Fuentes
ha botado también a la criatura llena de vida que se desarrolla en
esa agua. Esta criatura es el deseo de unión entre una persona y
su Dios.
Errores de la Iglesia
Es verdad que las tradiciones de
las tres grandes religiones monoteístas –la judía, la cristiana y
la musulmana– han reflejado a través de los siglos una posición
humillante hacia la mujer. Esto no ha sido un problema teológico,
sino cultural y social: posiciones misóginas, que las diferentes
religiones asumieron como parte de su verdad histórica. Así,
encontramos a Pablo, el gran abogado de la inclusión, afirmando
que después de Jesús no hay diferencia entre judíos y gentiles,
entre hombre y mujer, etc., y a la vez exhortando a los “esclavos”
a obedecer a sus amos con respeto y temor (Efesios 6,5). Deducir
de este pasaje que el cristianismo aboga por la esclavitud sería
ignorante. Sin embargo, durante años, muchos se han escudado en
pasajes como éste para justificar abusos. Esta es parte del “agua
sucia” de la bañera, que ha cambiado y tiene que continuar
cambiando para evitar la contaminación de los que se sumerjan en
ella.
Amor por la creación
La idea de que ser virgen es un
estado superior al estar casado es otro de los errores que se han
dado en la historia de la Iglesia. De nuevo, esto no es teológico,
sino cultural y social. En el libro del Génesis se ve claramente
que la unión del hombre y de la mujer era algo que Dios deseaba
como expresión de Su amor por toda la creación. El pecado que la
historia de Adán y Eva presenta no es sexual: es un pecado de
arrogancia, de querer ser dioses sin Dios. Si bien es cierto que
esta historia, escrita hace más de 3,000 años, ha dado pie a la
acusación de la mujer como la causante de la caída del hombre y
fuente de todo pecado, ninguna persona que se considere seria en
sus estudios bíblicos interpretaría hoy esa narración de esta
manera.
El mensaje bíblico ha sido originado por el Espíritu Santo, pero
los libros fueron escritos por seres humanos. Es decir, los
escritores sagrados fueron inspirados por Dios al escribir los
diferentes libros de la Biblia, sin embargo, es muy importante
comprender que Dios, al inspirar al escritor sagrado, respetó su
personalidad, su estilo, su contexto histórico, y su cultura. Todo
esto nos ayuda a entender que la Palabra de Dios ha sido revelada
a través de las palabras de seres humanos. (Documentos del
Vaticano II: Dei Verbum, #s 11, 12 y 13). Hasta hace poco,
estos textos sólo fueron interpretados por hombres europeos de la
raza blanca. ¡Otra parte del agua que se ha ido purificando! Hoy
los estudios bíblicos se han enriquecido al haber exégetas,
mujeres, asiáticos, africanos y latinoamericanos, teólogos y
teólogas.
El concepto de la impureza de la mujer se ve a través del Antiguo
Testamento. Esos escritos reflejan las creencias y los tabúes de
la cultura judía. Es a ese marco social e histórico adonde llega
Jesús, el liberador. Jesús, un judío que permitió que las mujeres
fueran sus discípulas y testigos de su resurrección. Cuando le
presentan a la mujer adúltera para que fuera apedreada según la
ley de Moisés, Jesús invita al que esté libre de pecado a que
lance la primera piedra, destacando así la universalidad del
pecado. Otra mujer que sufría de hemorragias lo tocó, algo que
estaba también en contra de la ley, porque el hombre que fuera
tocado por una mujer durante el período menstrual de ésta, quedaba
impuro. Jesús rompió todas la barreras que impedían la inclusión
de los marginados de la época. Pero los primeros cristianos –la
Iglesia primitiva– estaban inmersos en esas costumbres, y en poco
tiempo comenzaron a reflejar no el Evangelio, sino la sociedad en
que vivían. ¿No es eso lo que pasa hoy también? ¿Quién dijo que la
cultura, con sus errores y falsos valores, no influye en el
desarrollo de las religiones?
He tratado de exponer algunos de los errores que son parte del
devenir histórico de la Iglesia.
Pasemos al tema de esa criatura que la autora despreció junto con
“el agua sucia”.
¿Qué factores determinan que una persona desee ser célibe?
En mi caso, soy célibe porque en algún momento, hace mucho tiempo,
conocí a Dios. Mi Dios es fuente de amor y de energía creadora. Mi
Dios es bondad, belleza, compasión. Mi Dios se ha hecho “carne” en
Jesús porque necesitaba estar más cerca de nosotros. Cuando conocí
a este Dios, se me hizo imposible poner a otra persona en el
centro de mi vida. Sólo habría tenido sentido si hubiera
encontrado un compañero tan loco de amor por Dios como yo.
El celibato no es superior al matrimonio. No me siento más santa
que mi cuñada, la esposa de mi hermano. La unión carnal y
espiritual y la fidelidad de ellos me revelan al mismo Dios. Cada
uno entra en intimidad con Dios de una manera diferente: para mi
hermano y mi cuñada, es a través del sacramento del matrimonio;
para las religiosas de una congregación, es a través de su
celibato vivido en comunidad; para las vírgenes consagradas (práctica
que verdaderamente ha estado fuera de uso), es a través de una
promesa pública de celibato ante la autoridad eclesiástica local,
que fue lo que hizo Kathleen Danes en la Catedral St. Mary, en
Miami, el 22 de junio.
Ileana Fuentes ignora la cantidad de mujeres católicas laicas que
escogen el celibato sin ser víctimas de sexofobia, misoginia o
humillación. Yo soy una de ellas.
Todos estamos invitados a la intimidad con Dios, casados o
solteros. El agua de la historia de la Iglesia –formada por seres
humanos pecadores– se ha purificado y se sigue purificando siempre.
En medio de ella vive un Dios apasionado, que con paciencia
infinita sigue deseando y esperando nuestra respuesta.
Glosario
Castidad:
Virtud moral que llama a la persona a adoptar un conjunto de
normas éticas que nos lleven a moderar y regular el apetito
sexual.
Castidad significa la integración lograda de la sexualidad en la
persona, y por ello en la unidad interior del hombre en su ser
corporal y espiritual. La sexualidad, en la que se expresa la
pertenencia del hombre al mundo corporal y biológico, se hace
personal y verdaderamente humana cuando está integrada en la
relación de persona a persona, en el don mutuo total y
temporalmente ilimitado del hombre y de la mujer.
La cultura religiosa judeocristiana no es la única que valora la
castidad. En el budismo, la castidad se practica en la vida
monástica y en la laica.
Celibato:
Estado de quien no ha contraído matrimonio. El celibato libremente
escogido es una manera de vivir la sexualidad afectiva, como forma
de amor, como vocación especial.
Consagración de vírgenes:
La acción litúrgica mediante la cual una mujer cristiana consagra
a Dios su virginidad, invocando el don del Espíritu, para
comprometerse al servicio del culto y de la diaconía, en favor de
la comunidad eclesial. Es un vínculo esponsal con Cristo. Signos
de la consagración son el velo y el anillo y el libro de la
liturgia de las horas. Curiosamente, no hay rito de consagración
virginal para los varones.
Sacramental:
Signo instituido por la Iglesia en orden a la santificación de
ciertos ministerios eclesiales, estados de vida, o actos. Un
ejemplo de sacramental es el agua bendita, que nos recuerda
nuestro bautismo.
El sacramental de la vida consagrada simboliza la unión entre Dios
y su pueblo, entre Jesús y su Iglesia, unión que, dicho sea de
paso, se expresa precisamente mediante el símbolo del matrimonio.
|