Las
escuelas católicas se enfrentan a la pobreza
La calidad de la educación debe estar al alcance de todos

La Hna.
Kathleen Carr, SSJ (izquierda), imparte instrucciones a los
estudiantes de la escuela St. James, ubicada en North Miami,
antes de comenzar el primer día de clases, el 25 de agosto. (Foto:
Brenda Tirado Torres)
Brenda Tirado Torres
La Voz Católica
Yasmín Garate, de 17 años, recuerda claramente su primer día de
clases en el kindergarten de una escuela pública. “Me sentía
perdida entre tantos otros niños, y tenía miedo de todo el mundo.
Pero mi madre me cambió a la escuela católica, y ahora es como
estar en una familia, donde todos se cuidan unos a otros”.
Aquella institución donde la joven asegura que se sintió acogida,
es la escuela católica Corpus Christi, en el noreste de Miami. Su
experiencia allí motivó a Yasmín para pedirle a su madre que,
cuando tuviera que ingresar en la escuela superior, también la
matriculara en una escuela católica. En el verano de 2004 se
graduará de la Escuela Católica Archbishop Curley-Notre Dame,
también en Miami.
Como se encuentran en zonas donde el nivel de pobreza es superior
al del resto de la ciudad, ambas instituciones son consideradas
como “escuelas católicas para estudiantes con dificultades
económicas”. Pero la Arquidiócesis de Miami está comprometida con
una educación de calidad para todos, independientemente de los
distintos niveles económicos de los estudiantes.
Una oportunidad en la vida
Debido a que su experiencia en instituciones educativas católicas
ha sido tan positiva, la joven sueña con ingresar en una de las
universidades católicas del sur de la Florida –St. Thomas o Barry–
al finalizar la escuela superior.
“En la escuela católica nunca me sentí abandonada, sino acogida.
Eso tiene mucho que ver en mi deseo de continuar mi formación en
una universidad católica”, manifiesta Yasmín.
“Esa estudiante lo describió perfectamente: se siente parte de una
familia”, dice Lynn VanderWyde, coordinadora de las escuelas
elementales de la Superintendencia de Escuelas Católicas.
“Estas escuelas ofrecen a los niños de Miami una oportunidad en la
vida. La historia de estos niños es terrible; están más
familiarizados con las drogas y el crimen”, explica VanderWyde.
“Durante ocho horas al día hallan refugio en nuestras escuelas,
donde quizás no tengan lo último en equipos, pero donde lo
intangible –la fe, la seguridad– es su puerto seguro. Ahí está la
importancia de nuestras escuelas”.
El trato personal
En la Arquidiócesis de Miami hay ocho instituciones educativas
definidas como “escuelas para estudiantes con dificultades
económicas”.
Se
trata de Corpus Christi, Archbishop Curley-Notre Dame, St. Francis
Xavier, St. James, St. Mary, St. Monica, Holy Family y Sacred
Heart, todas en Miami-Dade.
VanderWyde explica que el arzobispo de Miami, Monseñor John C.
Favalora, siempre ha destacado la importancia de estas escuelas,
particularmente para las comunidades donde están localizadas.
Además del aspecto académico, las escuelas católicas que se
encuentran en los barrios pobres de la ciudad no sólo son símbolos
de la fe y de la espiritualidad, sino que también se destacan por
ofrecer un trato individual, tanto para los estudiantes como para
sus padres.
De ello da testimonio la Hna. Kathleen Carr, SSJ, directora de la
escuela St. James, en North Miami. “Nuestra relación con los
padres y los estudiantes es personal”, indica. “Conocemos a cada
niño por su nombre, y sabemos quiénes son sus padres. Les damos la
bienvenida en la mañana y los despedimos en la tarde. Me parece
que la diferencia se encuentra en el trato personal”.
Éste es uno de los detalles por los que Blanca Garate matriculó a
sus tres hijos en la escuela Corpus Christi. Garate destacó el
comportamiento de los estudiantes de la escuela católica, ya que
ha podido compararlo con otros de la escuela pública, hijos de
amistades suyas. Los dos hijos mayores de Garate experimentaron
esta situación mientras cursaban grados primarios en la escuela
pública, donde las propias maestras le aconsejaron a su madre que
considerara trasladarlos a la escuela católica.
“Y así mismo se lo aconsejo a mis amistades”, asegura Garate. “El
comportamiento en ambas escuelas es muy diferente. La enseñanza es
mejor en la católica y los estudiantes respetan más. Hay más orden,
porque los maestros están más pendientes de los niños, y nos
llaman a la casa si el muchacho no se presenta”.
“En las públicas, hay tantos alumnos que es más difícil tener
control”, añade. “Me gusta que en las escuelas católicas se va
formando a los muchachos sobre una base sólida, y terminan
encaminados”, afirma.
Hacer frente a los retos
VanderWyde expresa su inquietud ante el desconocimiento de que las
escuelas católicas también están acreditadas. Mencionó como
ejemplo las ocasiones en que se critica al sistema escolar
católico porque sus estudiantes no tienen que someterse a pruebas
estatales, como la Prueba de Evaluación Completa del estado de la
Florida (conocida como FCAT, por su sigla en inglés).
“Lo que no se sabe es que también administramos otros tipos de
exámenes. Además”, explica, “nuestras escuelas deben cumplir con
los requisitos de la Conferencia de Obispos Católicos de la
Florida para ser acreditadas, requisitos que son más estrictos que
los del Estado”.
Mucho sacrificio
Y para Garate, que enviudó hace diez años, mantener a sus hijos en
la escuela católica ha conllevado mucho sacrificio. Además, ha
necesitado asistencia económica. Como ella, hay muchos padres en
situaciones similares, pero existe ayuda. Por ejemplo, algunas
escuelas cuentan con benefactores que crean becas para estudiantes
que confrontan dificultades financieras.
Las escuelas católicas también reciben beneficios de las
organizaciones FloridaChild y Florida Pride. Ambas son entidades
que administran el programa de impuestos corporativos, procedentes
de compañías que acceden a donarles el 75 por ciento de los
impuestos que deben al estado. Para que un estudiante sea elegible,
debe haber asistido a una escuela pública durante el año anterior
y los ingresos de su familia no deben superar el nivel de pobreza.
Existe también el programa de becas McKay, para niños con
dificultades de aprendizaje, según son definidas por el sistema de
educación pública. Los padres de estos estudiantes tienen la
opción de matricular a sus hijos en otra escuela, ya sea pública o
privada, si no se sienten satisfechos con la educación que los
niños reciben en la escuela a la que asisten.
Para admitir a estos estudiantes a través de las becas McKay, las
escuelas deben contar con un programa que satisfaga las
necesidades de aquéllos. Por ejemplo, si el estudiante tiene un
impedimento del habla, la escuela debe disponer de los servicios
de un terapista capacitado para atender tal situación.
Debido a su situación económica, estas escuelas católicas
enfrentan mayores desafíos que las demás. La Hermana Carr mencionó
como ejemplo la dificultad de mantener a los maestros cuando otras
escuelas o trabajos ofrecen mejores sueldos. Pero algunos, por
otra parte, están dispuestos a sacrificar esas oportunidades para
cumplir su misión.
A la religiosa no le gusta utilizar el término “escuela pobre”
para designar a las escuelas católicas que enfrentan dificultades
económicas, pues entiende que estas escuelas son ricas en muchos
otros aspectos.
“Hay que enfrentar los retos a diario. Cada vez que llegamos al
trabajo, no importa cuál sea, hacemos un acto de fe”, expresa.
“Hay que pensar que Dios se encargará de las necesidades del día.
No sé lo que traerá el futuro, pero sé quién lo controla”.
Para obtener información sobre las escuelas católicas de la
Arquidiócesis de Miami, puede llamar al (305) 762-1076, o escribir
a
deptschools@miamiarch.org. Para encontrar información en la
internet sobre los programas de ayuda económica, visite
www.opportunityschools.orgy
www.floridachild.org.
|