Siempre una gran noticia

El obispo Thomas Wenski consuela a Acceline Jean Baptiste, de 85
años, antigua feligresa de la parroquia Notre Dame d’Haiti. La
noticia de que Mons. Wenski se iba a Orlando dejó muy
entristecida a Jean Baptiste. (Foto: Marlene Quaroni)
Ana Rodríguez-Soto
The Florida Catholic
Thomas Wenski fue el tema de mi primer artículo importante como
periodista. Fue en el verano de 1979, y yo estaba cumpliendo mi
período de internado universitario en La Voz Católica. Se
me asignó la redacción de un artículo sobre un sacerdote
polaco-americano rubio, de ojos azules, que hablaba el español
como un cubano y que estaba a punto de pasar un verano en Haití
para aprender creole.
Recuerdo que fui a una estrecha oficina en la parte posterior de
la iglesia Corpus Christi y me senté ante su desordenado
escritorio, tratando de hacerle preguntas que resultaran
inteligentes. Y recuerdo que comencé aquel artículo con una cita
de la Biblia: “quedando todos llenos del Espíritu Santo; y
comenzaron a hablar en lenguas extrañas”. (Hechos 2 :4.) Un
comienzo periodísticamente inadecuado, lo admito, pero me pareció
que esto era exactamente lo que el sacerdote estaba haciendo.
Durante los siguientes 20 años, yo entrevistaría al P. Wenski de
manera regular. Como “personaje de la noticia”, el Padre nunca
resultó decepcionante. Por lo general, la ocasión era una misa de
difuntos por haitianos que se habían lanzado hacia las costas de
la Florida, algo muy común a comienzos de la década de 1980.
Uno de los artículos que más recuerdo, lo escribí cuando el P.
Wenski viajó a Polonia en 1981, y regresó prediciendo que el
movimiento Solidaridad, encabezado por Lech Walesa, traería
consigo el final del comunismo. En esto está realmente confundido,
pensé, preguntándome incluso si debía reproducir esta opinión, por
temor a ponerlo en una situación embarazosa. Pero aquella resultó
toda una historia, y la publicamos en la primera plana. Todavía
admiro el alcance de su previsión.
También me acuerdo de aquel artículo investigativo que quise
escribir en 1985, sobre la pobreza en Belle Glade. El P. Wenski
iba a allá todas las semanas y celebraba una misa para los
campesinos haitianos, de modo que se ofreció a mostrarme el lugar
y presentarme a algunas personas.
“¿Quiere que vayamos por avión?”, me preguntó. “Acabo de obtener
la licencia de piloto”. “¿Qué experiencia tiene usted?”, le
respondí. “Catorce horas de vuelo solo”, replicó con orgullo. El
temor de dejar viudo a mi esposo me impidió aceptar, de modo que
el P. Wenski me llevó por carretera, manejando casi a la misma
velocidad de un avión, y haciendo comentarios ocasionales sobre
aquel hermoso y despejado día de enero, que hubiera sido ideal
para volar.
Por aquella época, el Padre se compró una computadora Apple
Macintosh e inició la publicación de un periódico en creole. Como
The Voice y La Voz empleaban el mismo software
de edición, el P. Wenski nos telefoneaba para pedirnos ayuda cada
vez que le aparecía en la pantalla una de aquellas inevitables
“bombas” gráficas de Apple, con el mensaje de que el sistema había
sufrido un colapso. Sé el tiempo que toma diseñar una página, y me
impresionó la intensidad con que trabajaba. Hasta el día de hoy,
pienso que duerme muy poco.
El ejemplo de su dedicación fue lo que me hizo llamarlo, un día en
que mi madre estaba a punto de sufrir una intervención quirúrgica.
En la iglesia a la que ella asistía no había ningún párroco libre
en aquel momento. Yo sabía que el P. Wenski estaba ocupado, pues
empleaba la mayoría de los sábados y domingos en viajar entre
Miami, Pompano Beach e Immokalee. Pero sentí interiormente que no
me diría que no.
Vino esa misma tarde, en un acto de generosidad que ni mi familia
ni yo olvidaremos nunca. Ésta es la esencia de la evangelización:
no se trata de lo que se dice, sino de lo que se hace. Conozco a
otras personas que pueden ofrecer el mismo testimonio: el obispo
Wenski responde.
Algunos años después, le pedí otro favor: quería que bautizara a
mi hija y a mi sobrino, que habían nacido con un intervalo de dos
semanas. Dijo que sí otra vez, a pesar de que fue durante el
festival de su parroquia. Creo que en aquel momento, yo intuía ya
que el P. Wenski podría llegar a ser Obispo. Estaba convencida de
que alguien con su amor por el sacerdocio, con su capacidad para
relacionarse con personas muy diversas, y con su dedicación a los
demás, reunía las condiciones para serlo.
Muchísima gente lo va a extrañar en esta arquidiócesis, pero
también hay muchísimas personas en Orlando que van a recibir la
bendición de tenerlo entre ellas.
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