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“LA PRESENCIA SOCIAL DE
LA IGLESIA”
INSTRUCCIÓN
TEOLÓGICO-PASTORAL
A todos los
sacerdotes, diáconos, religiosas, religiosos y fieles laicos:
I.
INTRODUCCIÓN:
Con
ocasión de la fiesta de la Virgen de la Caridad del Cobre, nuestra
Madre, y al conmemorar los cinco años de su Coronación como Reina
y Patrona de Cuba por el Papa Juan Pablo II en su inolvidable
visita a nuestra Patria, los Obispos de Cuba queremos hacerles
llegar algunas reflexiones y propuestas que consideramos
necesarias sobre la misión de la Iglesia, especialmente en la
particular coyuntura de nuestro pueblo.
Tenemos delante de nuestros ojos la realidad social y eclesial
vivida en comunión de origen y destino con nuestros hermanos
cubanos. Compartimos con nuestros sacerdotes, diáconos,
religiosos, religiosas y muchos de nuestros laicos las
preocupaciones, agobios y aspiraciones de tantas personas que se
acercan a nosotros en busca de orientación y consuelo.
A
todos, tanto en su vida personal como en su compromiso eclesial,
queremos dirigirles nuestras palabras con el deseo de que les
puedan iluminar en sus esfuerzos y aspiraciones. Esto con el fin
de apoyarnos mutuamente en las pruebas, manteniendo siempre la
esperanza fundada en el único y verdadero Dios que, en Jesucristo,
nos ha manifestado su cercanía y amor. En Jesucristo, a quien
reconocemos como “Camino, Verdad y Vida” (Jn. 14, 6) y a quien
escuchamos como al único Maestro “que tiene palabras de vida
eterna” (Jn. 6, 68), se inspiran los criterios, actitudes y
compromisos que como Obispos queremos compartir con ustedes.
2. A
LOS DIEZ AÑOS DE “EL AMOR TODO LO ESPERA”
Han
pasado diez años desde que los Obispos cubanos publicamos la
Carta Pastoral “El amor todo lo espera”. Eran momentos críticos,
ya que se había deteriorado rápidamente la situación económica con
drásticas repercusiones sociales.
Los
Obispos manifestábamos entonces nuestra preocupación y
describíamos los factores no sólo externos de la crisis, sino
también los internos: aquéllos donde en realidad puede nuestra
reflexión común encontrar causas y elementos de solución. Esto fue
lo que nos propusimos, aunque la interpretación oficial mostrada a
través de los medios de comunicación que, durante un mes, atacaron
fuertemente la carta pastoral con toda clase de tergiversaciones y
aún de insultos, fue de rechazo absoluto, sin dejar un resquicio a
la posibilidad de una aportación positiva por parte de la Iglesia.
El documento fue criticado, pero nunca publicado por los medios
oficiales.
Sin
embargo, al pasar el tiempo y en el clima de más apertura que se
produjo a raíz de la introducción del dólar en la economía
popular, a los acuerdos migratorios que daban a muchos la
esperanza de poder emigrar y a otras medidas, constatábamos que
comenzaban a ponerse en práctica, a partir del año siguiente a
nuestra carta, algunas de aquellas propuestas que tanta violencia
verbal habían desatado.
En
los años siguientes se permitió de nuevo un mercado campesino
libre, se extendieron licencias para variados trabajos por cuenta
propia, se autorizaron pequeños restaurantes, cuidados de niños en
casas particulares, algunos servicios privados de transporte, se
incrementó la iniciativa privada en el campo del arte pictórico,
musical, de la artesanía, autorizando también una cierta
comercialización. Parecían soplar nuevos aires y, aunque el camino
político permanecía cerrado, algunos intuían una tolerancia mayor
para el futuro, pues la presión ideológica y la propaganda habían
disminuido poco a poco en forma marcada. Este clima de mayor
apertura fue favorable para la preparación de la visita del Papa
Juan Pablo II a Cuba.
3. LA
VISITA DEL PAPA
“Que Cuba se abra con todas sus magníficas posibilidades al mundo
y que el mundo se abra a Cuba”
pareció que fue para
muchas personas en el mundo el pensamiento catalizador y la
propuesta motivante de nuevas esperanzas, que el Papa nos dejaba
como mejor legado a todos los cubanos. Así lo mostraron
dignatarios y personalidades del ámbito internacional que con
prontitud desearon caminar tras las huellas del Papa, visitando
nuestro país, iniciando o restableciendo relaciones diplomáticas
inexistentes, etc.
Los
Obispos cubanos, teniendo presente el contenido total de las
enseñanzas del Papa en nuestro país, hemos considerado el llamado
del Santo Padre a que Cuba se abra al mundo no sólo como una
invitación a la inserción creciente de Cuba en el concierto de
naciones, sino también como un reclamo para que se dé internamente
en nuestro pueblo una apertura que propicie el ejercicio y respeto
de los derechos integrales del hombre, desde el derecho a la vida,
a la salud y a la educación, hasta el derecho a la libertad de
expresión y de participación social y política. Es un bien entre
nosotros que los derechos primarios a la salud, a la educación, a
cierta seguridad social, sean altamente valorados y protegidos,
pero es necesario promover otros derechos que tienen también su
asiento en la dignidad del hombre, creado libre por Dios.
II. MIRANDO LA REALIDAD
No
obstante la novedad del lenguaje y de los espacios que parecían
abrirse durante los días de la visita del Santo Padre, hemos visto
cómo, casi inmediatamente después de la misma, comenzó en el país
un aparente proceso de revisión que no favorecía las aspiraciones
de pluralismo, tolerancia y apertura que se vislumbraban en el
horizonte nacional. Se suma a ello una franca involución en la
apertura de la economía a la justa aspiración del pueblo en
pequeños negocios, trabajos privados, etc., gravados cada vez más
por impuestos, multas elevadas, negación de permisos que
desalientan o impiden esas actividades económicas.
A
partir de la visita del Papa, se ha experimentado en Cuba de forma
creciente un retorno al lenguaje y a los métodos propios de los
primeros años de la Revolución en todo lo referente a la
ideología. Esto se hace presente en casi todos los espacios de la
vida pública mediante “la batalla de ideas”, “las marchas”, “las
tribunas” y “las mesas redondas”. Distintos acontecimientos
nacionales o internacionales han servido de apoyo a esas acciones.
Sin embargo, este estilo repetitivo en la comunicación ha puesto
de manifiesto que el tratamiento ideológico de los problemas hace
menos objetiva la información y dificulta cualquier posibilidad de
diálogo crítico.
Cuando se identifica la ideología del Gobierno con todo el
ordenamiento jurídico y la realidad ética del país, se está
identificando Sociedad con Estado, y de este modo el Estado se
convierte a sí mismo en conciencia de los ciudadanos. La difícil
situación creada por esa indebida identificación, sólo puede ser
superada por el desarrollo de una ética civil y por el
acrecentamiento de una cultura abierta en la que converjan el
mayor número posible de realidades y esperanzas de los ciudadanos.
Es preocupante constatar que, actualmente, todo lo que en el
pensamiento y en las acciones no coincida con la ideología
oficial, se considera carente de legalidad y es descalificado y
combatido sin tener en cuenta la verdad y la bondad que pueda
poseer.
Debemos señalar que, después de la visita del Santo Padre, han
quedado pendientes también algunas de las legítimas solicitudes
que fueron expuestas en sus encuentros y discursos en relación con
la Iglesia Católica. Sin embargo, para los Obispos de Cuba éstas
no son las únicas ni principales preocupaciones del momento
presente, en el que constatamos en muchos cubanos la falta de
esperanza, los agobios diarios para la subsistencia y el creciente
deseo de emigrar. Nos preocupan de modo particular el
encarcelamiento y las altas condenas impuestas a un número
considerable de opositores políticos, así como la aplicación de
varias penas de muerte en juicios sumarios. Nos ha impresionado la
tristeza manifestada por el Papa ante esas acciones que, de
momento, han cerrado el camino a la libertad de expresión y a la
comprensión entre los cubanos.
Los
Obispos de Cuba compartimos los sentimientos del Santo Padre y,
haciendo nuestras sus palabras, pedimos de nuevo a las más altas
autoridades del país un gesto de clemencia hacia estas personas
que están en la cárcel, sobre todo considerando humanitariamente
sus condiciones de edad, estado de salud y sexo, que exigen una
atención especial, y para todos ellos un acercamiento a sus
lugares de residencia y mejores condiciones carcelarias.
III. NATURALEZA Y MISIÓN DE LA IGLESIA
Las
transformaciones sociales que se han vivido en Cuba, inspiradas
por la ideología marxista-leninista durante una larga etapa del
proceso revolucionario, con sus consecuentes prejuicios y el
desconocimiento de lo que es la Iglesia, nos mueven a exponer,
nuevamente, cuál es la naturaleza de la Iglesia, qué determina su
vida y cuál es su misión en el mundo.
1. LA
IGLESIA, ACONTECIMIENTO DE GRACIA
La visita del Papa Juan Pablo II a Cuba ha marcado
significativamente la vida de la Iglesia. Su paso hizo notar a los
cubanos y al mundo la presencia de una Iglesia viva, fiel a su
misión, capaz de organizar cuidadosamente esa visita y convocar a
nuestros compatriotas ante tan histórico acontecimiento, a pesar
de carecer de un número suficiente de sacerdotes y religiosas, y
de los medios apropiados para el cumplimiento de su misión.
Estos años posteriores a la visita del Santo Padre han sido de
crecimiento y de revitalización de la Iglesia en Cuba, que
agradecemos a Dios y que nos comprometen a seguir adelante con
renovado entusiasmo y creatividad pastoral. Algunos signos de esta
vitalidad son: la creación de nuevas Diócesis, el surgimiento de
centenares de casas de oración en barrios y en pueblos sin
templos, el compromiso de los laicos en ese empeño misionero, etc.
Pero
la Iglesia
no es únicamente una realidad social, sino sobre todo un
acontecimiento de Gracia. Es misterio, es decir, “realidad
profunda penetrada por la gracia de Dios” (Pablo VI).
Esta dimensión teologal de la Iglesia es fundamental. La
resurrección de Jesús y el don del Espíritu Santo en Pentecostés
constituyen a la Iglesia como una presencia santificadora y
vivificadora.
La originalidad de Jesús –en su acción y su mensaje– produce la
originalidad de la Iglesia. En todo su ser y en toda su misión, la
Iglesia se remite a Jesucristo como fuente, sentido y corrección
de lo que debe ser su vida y su acción en la sociedad. Jesucristo
no es sólo el fundador de la Iglesia, es también su fundamento. La
Iglesia por su origen, por su fin y por los medios propios de su
quehacer pastoral, es diferente del Estado, diversa de la sociedad
civil o de las asociaciones o grupos que constituyen la misma.
La
Iglesia es de origen divino y por eso no es equiparable a ningún
otro elemento integrante de la sociedad. La Iglesia no es una
sociedad alternativa a la comunidad de los hombres. Tampoco es una
realidad más en igualdad de condiciones en el concierto de
entidades que conforman la sociedad civil; ni siquiera puede
considerarse una parte de la misma, pues es una comunidad abierta
a todos y acoge en su seno a quienes pertenecen a diversos
estamentos estatales, gubernamentales e incluso militares.
Lo que la Iglesia puede aportar a la sociedad como proyecto no es
otra cosa que el propuesto por Cristo, a través de su palabra y de
su ejemplo. Ella tiene que hacer inolvidable a Jesucristo. Pero en
la conducta y palabras de Jesús, el núcleo central es la
revelación de Dios como amor gratuito, misericordia, Padre que
quiere la vida en plenitud para todos. Por eso el proyecto de
Jesús, que también debe ser el proyecto de la Iglesia, es la
llegada del Reino de Dios, esa fraternidad donde todos puedan
sentarse como hermanos en la mesa común de la creación. En esa
inspiración teologal y como participación del amor de Dios
revelado en Jesucristo, se comprende la preocupación de la Iglesia
por la situación de los excluidos y su mensaje de reconciliación.
La Iglesia es portadora de una Palabra y unos Sacramentos que ha
recibido gratuitamente de Jesucristo, y puede ayudar a mejorar la
sociedad civil en la medida en que la misma Iglesia sea una
comunidad de fe, verdaderamente religiosa, memoria viva y
significativa de Jesucristo. Esta visión teologal descarta
concebir a la Iglesia, dentro y fuera de ella misma, por sus
miembros o por sus adversarios, como una institución social más
que se opone a otras con la lógica del poder. Tal visión de la
Iglesia desfiguraría su condición, con el consecuente trastorno de
su acción en la sociedad y en detrimento de su credibilidad como
presencia viva de Jesucristo.
2. LA
MISIÓN DE LA IGLESIA
Jesús
confió a la Iglesia la misión de anunciar el Evangelio. Ella debe
predicar a tiempo y a destiempo a Jesucristo, propiciando que
todos los hombres se encuentren con Él para que participen de su
vida nueva y lleguen a la salvación. Esta vida nueva nace del amor
de Dios que Cristo pone en el corazón de los cristianos, quienes
así podrán comprometerse en la llegada del Reino de Dios:
“Reino de verdad y de vida, de santidad y de gracia, de justicia,
de amor y de paz” (Prefacio de Cristo Rey).
El
papel de la Iglesia es siempre
el servicio del
amor al prójimo y a la sociedad. Ante el ser humano, especialmente
ante el más desvalido, la Iglesia, como comunidad de los creyentes
en Cristo, debe poner en práctica la verdad, la justicia, la
solidaridad, la caridad, pero debe hacerlo siempre de modo
evangélico. Lo “profético” en la Iglesia no consiste
en anunciar lo bueno y denunciar lo malo, o en una de las dos
alternativas exclusivamente, sino en valorar la realidad de
acuerdo a las circunstancias concretas, según las intenciones y el
estilo propios de Jesús, de modo que “anunciemos con amor” y,
llegado el caso, “denunciemos con amor”.
Es cierto que la caridad o amor cristiano sólo se hace real de
modo tangible en un tejido social, en una organización de la
ciudad, de la “polis”. Con razón se habla de “caridad
política”, porque el amor cristiano incide en la transformación de
la sociedad y toma cuerpo en las instituciones sociales. Con
frecuencia en esas instituciones económicas, políticas o
religiosas se instala una tentación de la cual debemos hacernos
conscientes: suplantar el amor que sirve por el poder que oprime o
por la protesta que estremece e irrita, pero no construye.
Sin embargo, la comunidad cristiana debe ser germen de solidaridad
y los cristianos están llamados a mostrar el nuevo lazo de
solidaridad universal al que nos convoca el Evangelio, ajeno a
toda estrategia y cálculo político o propagandístico. La
solidaridad no es un “sentimiento superficial por los males de
tantas personas, cercanas o lejanas, sino la determinación firme y
perseverante de empeñarse por el bien común, es decir, por el bien
de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente
responsables de todo” (Juan Pablo II, Sollicitudo rei
socialis, n.38).
Por solidaridad cristiana la Iglesia tiene que anunciar, promover
y defender la dignidad humana, la justicia social y todos los
derechos del hombre, inseparables del Reino de Dios.
De acuerdo con las enseñanzas del Concilio Vaticano II, queremos
recordar que en este campo los cristianos laicos deben desempeñar
su papel específico. “En el amor a la Patria y en el fiel
cumplimiento de los deberes civiles siéntanse obligados los
católicos a promover el genuino bien común y hagan valer así el
peso de su opinión para que el poder político se ejerza con
justicia y las leyes respondan a los preceptos de la moral y al
bien común” (Cf Apostolicam Actuositatem n. 14).
3. LA
IGLESIA, SIGNO DE COMUNIÓN
El rostro más visible de la Iglesia es el de sus miembros. El
carácter de Pueblo de Dios es el que se presenta como más cercano
e inmediato. Sin embargo, lo que hace que el Pueblo de Dios sea
Iglesia es que Jesucristo convoca y une consigo mismo y entre sí a
los que creen y aceptan su doctrina, esperan en sus promesas y
cumplen el mandamiento nuevo del amor.
Por voluntad de Cristo, la Iglesia es comunidad orgánicamente
estructurada y ha recibido unos ministerios ordenados con la
misión de santificar, enseñar y regir. El ejercicio de esta misión
tiene que discurrir por la lógica evangélica del amor y del
servicio y, gracias a estos ministerios, la Iglesia se mantiene
fiel a la tradición apostólica, a la verdadera doctrina y a la
catolicidad. En orden a su vida y misión, la Iglesia es
enriquecida con dones o carismas del Espíritu que el ministerio
de los Obispos tiene el deber de discernir y, en caso conveniente,
aprobar, no apagando los carismas auténticos, sino cuidándolos.
De ahí se deriva que la Iglesia no es una democracia ni se conduce
por los criterios de ésta. El contenido de la misión de la Iglesia
y el modo de realizarla no provienen de la voluntad, por mayoría o
consenso, de quienes pertenecen a ella, sino del mismo Cristo y de
la Tradición bimilenaria de la Iglesia, profundizada por la
enseñanza de su Magisterio y la santidad de sus hijos.
A partir de las experiencias acumuladas, los Obispos de Cuba
reconocemos que las dificultades vividas por la Iglesia en nuestro
país han favorecido la unidad entre todos sus miembros. Es un
apreciable don de Dios que agradecemos y protegemos frente a las
influencias disgregadoras, como pueden ser los intentos de
manipular grupos de distintos signos en el interior de la
Iglesia,para que desempeñen un rol político ajeno a la naturaleza
y misión de la misma, como también un tipo de mentalidad que
concibe la Teología como instrumento de liberación para este mundo,
haciendo de su meta los cambios sociales mediante la confrontación.
IV. LA PRESENCIA PÚBLICA
DE LA IGLESIA
De
acuerdo con la naturaleza y misión de la Iglesia se determina cómo
debe ser su presencia pública y su servicio a la sociedad: qué
debe aportar la Iglesia, cómo deben actuar los cristianos y cómo
debe relacionarse con el Estado.
1. SERVICIO
DE LA IGLESIA A LA SOCIEDAD CUBANA
La Iglesia... “existe en el mundo y con él vive y actúa”,
“avanza junto con toda la humanidad y experimenta la misma
suerte terrena del mundo”, más aún, “existe como fermento y
alma de la sociedad” (Gaudium et Spes 40).
“La misión propia que Cristo confió a la Iglesia no es de orden
político, económico o social, pues el fin que le asignó es de
orden religioso” (Gaudium et Spes, 42). Por tanto, la
Iglesia no debe identificarse con ningún partido político ni
parecerse a él; tampoco es una sociedad económico-financiera para
distribuir equitativamente los bienes de producción, ni
principalmente una entidad asistencial para enfermos y desvalidos
de la sociedad. Su misión es religiosa, ser proclamación de un
Dios Padre Creador de los hombres, y de su proyecto de vida en
plenitud para todos los seres humanos y para la creación entera,
tal como se reveló en Jesucristo. Pero esta proclamación incide
necesariamente en la organización social y política donde se juega
la vida de los seres humanos. Por ello esa fe cristiana, o
encuentro personal con el Dios revelado en Jesucristo, “ilumina
todo con una nueva luz y manifiesta el plan divino sobre la
vocación integral del hombre, y así dirige la mente hacia
soluciones plenamente humanas” (Gaudium et Spes, 11).
“La persona humana es el principio, el sujeto y el fin de todas
las instituciones sociales”
(Gaudium et Spes,
25).
“La Iglesia, que
por razón de su ministerio y de su competencia, de ninguna manera
se confunde con la comunidad política y no está vinculada a ningún
sistema político, es al mismo tiempo el signo y la salvaguardia
del carácter trascendente de la persona humana”
(Gaudium et Spes,76).
Apoyados, pues, en estas grandes verdades de fe y en la Doctrina
Social de la Iglesia, los Obispos Cubanos consideramos que, para
el adecuado desarrollo de la persona humana, se debe favorecer el
ejercicio de la libertad, las relaciones fraternas y la búsqueda
de lo que trasciende al ser humano. No habrá una sociedad sana si
no se promueven y garantizan, inseparablemente, estas tres
dimensiones de la persona humana.
Como
este desarrollo sólo se da dentro de un tejido social, en el mismo
deben garantizarse los derechos humanos, que son
aspiraciones comunes de futuro que se van fraguando como una ética
secular. Hoy ya tenemos bien formulados los derechos de los seres
humanos y de los pueblos: a la vida, a la libertad, a la
autodeterminación; derechos de la familia y de los individuos;
derechos políticos a la libertad de expresión, de asociación, de
movimiento, etc.; y derechos sociales, a la educación, a la
atención médica (Cf. Pacem In Terris n. 4). A este
propósito recordemos el texto del Sínodo de Obispos de 1971:
“Toda la Iglesia, y con ella los Obispos y los sacerdotes, según
sus responsabilidades, ha de escoger una manera precisa de actuar,
cuando está en juego la defensa de los derechos fundamentales del
hombre, la consecución de la causa de la justicia y de la paz,
arbitrando medios claramente conformes al evangelio”.
Dios
quiere la vida en plenitud para todos sus hijos y ha hecho suyos
los sufrimientos y las aspiraciones de todos, especialmente los de
los pobres y excluidos. Jesucristo no fue indiferente al
sufrimiento humano: al dolor, a la enfermedad, a la muerte, ni a
las situaciones injustas que laceran la dignidad del hombre, como
son: el hambre, la falta de libertad, el abuso del poder y otras
condiciones económicas o políticas. Su respuesta ante estas
situaciones fue el amor hasta el extremo de entregar su vida en la
cruz. A este servicio en el amor está llamada también la Iglesia:
éste es el bien que ella puede y debe aportar a la sociedad.
Ahora
bien, “la orientación del hombre hacia el bien sólo se logra
con el uso de la libertad, la cual posee un valor que nuestros
contemporáneos ensalzan con entusiasmo. Y con toda razón...: la
verdadera libertad es signo eminente de la imagen divina en el
hombre...; la dignidad humana requiere, por tanto, que el hombre
actúe según su conciencia y libre elección...” (Gaudium et
Spes 17). Por ello se pide a los cristianos una actitud
públicamente responsable y coherente que favorezca el progreso de
la libertad humana y cristiana, teniendo presentes las palabras
del Señor: “La verdad los hará libres” (Jn 8, 32).
Esta
actitud responsable es más que nunca necesaria en nuestro país,
cuando los problemas son tantos y tan grandes que no sabemos qué
hacer, o lo que se hace no da el fruto esperado. La opción que se
presenta entonces con más fuerza es la de escapar, sea hacia el
extranjero, sea hacia las evasiones que enajenan la
responsabilidad, como el alcohol, las drogas y hasta el suicidio,
o hacia una simulación acomodaticia a los requerimientos impuestos
por las circunstancias. Sólo mediante la oración, la meditación de
la Palabra de Dios, la aplicación de la Doctrina Social de la
Iglesia y una serena reflexión compartida, podrá ser ejercida la
verdadera libertad de los hijos de Dios.
2. COMPROMISO
POLÍTICO DE LOS CRISTIANOS
En la idea de muchos, lo político se refiere directamente a la
estructura gubernamental, símbolo del poder; por eso se da este
calificativo a movimientos o grupos que, con distintas ideologías,
ostentan el poder o luchan por conseguirlo. Pero, originariamente,
“político”, de “polis”, significa la esfera pública donde se
articulan los intereses de todos los ciudadanos como conjunto
social, el espacio para el desarrollo de la libertad entre los
seres humanos “en orden al logro del bien común” (Gaudium
et Spes 74).
Entendida la política en el primer sentido, la misión de la
Iglesia no es política; su misión no es intervenir directamente en
el ejercicio del poder civil ni en las estructuras de oposición a
ese poder, ni apoyar a uno u otro partido, ni recomendar a un
candidato o a un partido para que sea votado en las elecciones. En
el debate político de partidos que enfrenta a unos con otros o que
se unen en alianzas programáticas o estratégicas, la Iglesia tiene
que ser neutral, aunque no lo es en su llamado ético a que los
derechos de todos sean respetados en este debate.
Siendo esto así para la entidad eclesial, los cristianos laicos
que la integran, como personas tienen la libertad de una opción
política en un sentido o en otro, con tal de que hagan su elección
teniendo como objetivo la llegada del Reino de Dios. Este objetivo
incluye el respeto a los derechos humanos, a valores fundamentales
que deben ser protegidos, a la honestidad en el manejo de los
fondos públicos, etc.
Entendida la política, en el segundo sentido, como la esfera
pública en que se articulan los intereses de todos los ciudadanos
para lograr el bien común, la Iglesia tiene ineludible presencia
pública en lo político, y debe intervenir cuando desde el
ejercicio del poder, sea en el campo económico como en el
político, se atente contra los derechos fundamentales de los seres
humanos. Puede y debe, desde el Evangelio y con su Doctrina
Social, iluminar no sólo la llamada “alta política”, sino también
el ejercicio del poder político, respetando la justa autonomía de
ese ámbito. Y eso en virtud de su misión religiosa, pues “en la
Encarnación el Hijo de Dios se ha unido en cierto modo con todo
hombre” (Gaudium et Spes 22), quien sólo se desarrolla
dentro de una sociedad sociopolítica.
3. LAS
RELACIONES IGLESIA-ESTADO
Se
percibe que la concepción que tiene el Estado cubano de la Iglesia
parece desconocer lo que es su verdadera naturaleza y misión. La
Iglesia es considerada como aliada o enemiga, sin otra
alternativa según un presupuesto ideológico inmodificable que,
sólo por conveniencias coyunturales, puede revestirse de formas de
abundante cortesía en contraste con otras de poca tolerancia.
A
este propósito conviene recordar lo dicho por el Papa Juan Pablo
II, durante la Misa celebrada en la Plaza de la Revolución, el 25
de enero de 1998: “El Estado, lejos de todo fanatismo o
secularismo extremo, debe promover un sereno clima social y una
legislación adecuada que permita a cada persona y a cada confesión
religiosa vivir libremente su fe, expresarla en los ámbitos de la
vida pública y contar con los medios y espacios suficientes para
aportar a la vida nacional sus riquezas espirituales, morales y
cívicas”.
Tenemos la impresión de que en nuestro país subsiste una lucha
sutil contra la Iglesia, tratándola como una entidad privada o un
hecho marginal que puede sustraer fuerzas o energías a la
revolución. La existencia de una Oficina para la Atención a los
Asuntos Religiosos, adscrita al Comité Central del Partido
Comunista, es percibida a menudo como una instancia de control
que limita la acción evangelizadora de la Iglesia, y no como una
adecuada entidad que posibilite, mediante el diálogo, la revisión
y solución de asuntos de interés común.
Aunque la misión de la Iglesia, como ya se ha dicho, no es
política, quiérase o no, sus obispos y sus instituciones juegan un
papel social. La Iglesia Católica está presente en medio de la
sociedad al igual que las demás confesiones religiosas. Tiene
derecho a un estatuto específico que le permita cumplir su misión;
la satisfacción de ese derecho no es un privilegio. Por ello es
poco realista, y puede pecar de espiritualismo vacío, una ruptura
total de la Iglesia con los poderes públicos, porque deja a un
lado las relaciones indispensables que todo grupo social se ve
obligado a mantener con la sociedad política y sus autoridades.
La independencia necesaria a la acción pastoral de la Iglesia no
puede concebirse como una renuncia al diálogo y a los contactos
institucionales con las autoridades de la sociedad. Los Obispos de
Cuba reiteramos que la misión encomendada por Cristo a la Iglesia
no es de orden político ni está inspirada en la preocupación por
lograr una presencia pública que funcione con la lógica del poder.
Es importante dejar bien sentado este punto, cuando unos esperan
de la Iglesia que sea un partido de oposición y otros que se deje
domesticar por el régimen político vigente. Pero, ¿cómo mantener
contactos con el poder sin ser absorbidos por él? ¿Cómo
relacionarse apareciendo completamente libres a la mirada de todos?
Hay que tener los ojos muy abiertos a la realidad, escuchar
pacientemente a los otros y, sobre todo, sanear evangélicamente el
corazón para no confundir ni la prudencia con el miedo a perder
falsas seguridades, ni la audacia profética con imprudencia
temeraria.
En
este contexto cobran particular importancia las declaraciones del
Cardenal Angelo Sodano, Secretario de Estado de Su Santidad, el
día 30 de abril del presente año, en las que reafirma el valor del
diálogo como vía para una mayor comprensión en la solución de
conflictos. Refiriéndose a nuestra realidad el Cardenal Sodano
afirma: “Nosotros continuaremos este diálogo. Nunca el diálogo
se interrumpirá porque en todo hombre hay una base sobre la cual
conversar... aún cuando parezca un diálogo sin esperanza”.
La
Iglesia en Cuba ha dicho siempre, en esta etapa revolucionaria,
que espera contra toda esperanza y reconoce en el diálogo el cauce
y el estilo que mejor pueden contribuir al servicio del pueblo del
que forma parte. Sabemos que nuestra propuesta de un diálogo
constructivo y reconciliador entre cubanos no es bien acogida,
tanto por las autoridades del país como por algunos cubanos
radicados fuera de la Patria. La Iglesia no tiene intereses
políticos de grupo, porque no está alineada políticamente ni con
el gobierno ni con la oposición. Por esto exhortamos a todos los
cubanos, por el bien de Cuba, a superar la tentación común de
vencer al otro, y a buscar en el diálogo responsable, entre todos,
la solución de nuestros conflictos.
La
Iglesia en Cuba ha tenido que ser firme y unida para mantener su
independencia ante el poder de quienes gobiernan y ante aquellos
que impugnan ese poder. Esto no significa que la Iglesia se
mantenga indiferente a los problemas del pueblo cubano, sus
dificultades, carencias y angustias. La Iglesia no puede ser
neutral ante la falta de libertad del hombre, o si no se da la
participación política de los ciudadanos según las opciones
personales de cada uno. La Iglesia no se adhiere a tal o cual
Proyecto, pero reconoce como un valor que los ciudadanos, siendo
capaces de opciones libres, tengan la posibilidad de adherirse al
proyecto de sociedad que deseen.
V. ALGUNOS IMPERATIVOS
PARA LA RENOVACIÓN
Ante
la situación de la sociedad cubana y de la comunidad eclesial,
señalamos algunos problemas y algunas propuestas que requieren
especial atención para abrir caminos de futuro.
1.
LA
LIBERTAD RELIGIOSA
Los
cambios que se han producido en el mundo, provocados muchos de
ellos por el ocaso de las ideologías, no han modificado
sustancialmente la situación de la libertad religiosa en nuestro
país. La concepción de la libertad religiosa sigue siendo
restringida al ámbito de lo cultual, o sea, de las relaciones del
cristiano con Dios, pero no de manera amplia y adecuada a la
presencia de la Iglesia en la sociedad. Se trata, más bien, de una
libertad de culto.
La comunidad de discípulos de Jesucristo requiere, por su misma
naturaleza, una presencia pública en la sociedad. Frente a
tendencias del laicismo moderno y de otras ideologías, que
pretenden echar a la Iglesia fuera de la vida pública, de lo que
se trata no es sólo de que la Iglesia tenga una existencia social
y jurídicamente reconocida, sino de que su presencia en la
sociedad sea evangélicamente significativa, como dice el P. Félix
Varela, “para el bien de los pueblos no sólo en lo espiritual
sino también en lo temporal”.
El
respeto a la libertad religiosa incluye que se facilite la
participación social de los cristianos en la vida sindical,
profesional y política, con la posibilidad de propagar y proponer
a otros libremente su fe y la ética cristiana con sus
implicaciones sociales.
Además, el respeto a la libertad religiosa implica, entre otros,
el reconocimiento del derecho de la Iglesia a construir templos, a
que se facilite la entrada al país de sacerdotes y religiosas que
quieren ayudar en la obra de la evangelización, que la Iglesia
pueda disponer del libre y normal acceso a los medios de
comunicación y la natural presencia de la Iglesia en el campo
educativo.
2.
LA UNIDAD DEL PUEBLO CRISTIANO
Para desempeñar nuestra misión debemos primeramente sabernos y
sentirnos unidos en la única Iglesia del Señor, que tiene una sola
tarea igual para todos: anunciar y plantar el Reino de Cristo en
el mundo. La unidad en el amor solidario es el testimonio del
Reino de Dios que la Iglesia Católica ha dado en nuestro país.
Esta unidad no la podemos considerar como una fuerza frente a
nadie, sino como un testimonio de fidelidad a Cristo, que nos
mandó que fuéramos uno como Él y el Padre son uno.
En
Cuba la unidad de la Iglesia, cultivada y protegida como una
virtud que brota de la misma fe y de la caridad cristiana, es
también una necesidad para la conservación de la identidad
católica y para la fecundidad de su misión. Esta comunión entre
obispos, sacerdotes, diáconos, religiosas, religiosos y fieles
laicos, ha sido un don que agradecemos al Señor y una tarea que
debe ser mantenida de modo visible para todos nuestros
compatriotas dentro y fuera de Cuba.
Como
un valor se percibe el derecho y la práctica de un sano pluralismo
en lo que se refiere a los distintos carismas en los cristianos,
en los grupos, asociaciones y movimientos. Sin embargo, en lo que
concierne a la naturaleza de la Iglesia, su estructura jerárquica
y la misión recibida de Cristo, la unidad de la fe católica debe
ser puesta siempre en evidencia.
Queremos recordar a todos los católicos que deben reconocer en sus
Obispos a los primeros interlocutores del diálogo que compete a la
Iglesia con las autoridades civiles, y con las instancias que
puedan contribuir a la superación de las dificultades que afectan
nuestra sociedad, y aceptar en las orientaciones de sus Pastores
la expresión de la voluntad de Dios sobre la comunidad cristiana.
3. EL
COMPROMISO DEL PUEBLO CRISTIANO EN LA RECONCILIACIÓN DE LA
SOCIEDAD
La
Iglesia Católica siente como un imperativo moral impostergable el
compromiso en favor de todos nuestros hermanos cubanos. Las
constataciones de los elementos negativos en la sociedad cubana
hoy, las señalamos no como un desafío desde un poder frente a
otro, sino como la expresión consecuente de una responsabilidad
que hunde sus raíces en el Evangelio de Jesucristo, y como
manifestación de la determinación firme y perseverante de
contribuir al bien de todos, aceptando incluso los posibles
conflictos y fracasos.
La
Iglesia, como testigo de Cristo, por su propia vocación y en
fidelidad a su misión, debe trabajar por la reconciliación y
asumir las incomodidades que implique este trabajo. En tal
sentido, los Obispos cubanos nos hemos propuesto desarrollar una
pastoral de la reconciliación destinada a sanar las heridas
históricas que hay en nuestro pueblo.
Nos
parece legítimo y justo, en orden a trabajar por un futuro
reconciliado para todos los cubanos, desterrar de entre nosotros
los sentimientos de odio. En todo camino reconciliador debemos
tener en cuenta a nuestros compatriotas que viven en el
extranjero. Hacemos nuestras las palabras que nos dirigió el Santo
Padre a los Obispos en el Arzobispado de la Habana, el 25 de enero
de 1998: “Sé que su atención pastoral no ha descuidado a
quienes, por diversas circunstancias, han salido de la Patria pero
se sienten hijos de Cuba. En la medida en que se consideran
cubanos, éstos deben colaborar también, con serenidad y espíritu
constructivo y respetuoso, al progreso de la Nación, evitando
confrontaciones inútiles y fomentando un clima de positivo diálogo
y recíproco entendimiento”.
4. CONSTRUIR
LA ESPERANZA
El
Papa Juan Pablo II vino a Cuba como “Mensajero de la Verdad y la
Esperanza”. Paradójicamente, desde entonces y de modo progresivo,
sentimos que decrece la esperanza en nuestro pueblo. Por amor a
este pueblo en el que hemos nacido y que llevamos en nuestro
corazón, cuyas dificultades, fracasos y dudas son también
nuestras, los Obispos de Cuba invitamos a los cristianos a acoger
el llamado urgente de Jesucristo a ser sus testigos en medio de
nuestro pueblo. Sólo así podremos superar las adversidades y
construir el futuro. Desde nuestra fe cristiana, este compromiso
sólo es posible hasta sus últimas consecuencias si mantenemos una
mirada de fe, confiando en las promesas de Dios, que nos ama.
Estas promesas nos garantizan que nuestro futuro está habitado no
por la desgracia, sino por la Gracia. Es la confianza que, según
el Señor, vence al mundo (1Jn 4).
VI. CONCLUSIÓN
No
queremos concluir nuestra Instrucción Teológico-Pastoral sin
manifestar el aprecio de la Iglesia en Cuba por el apoyo que en
todo momento ha experimentado de la Santa Sede. Reafirmamos
nuestra inalterable comunión con la Sede de Pedro y,
particularmente, con la persona del Santo Padre, a quien rendimos
homenaje de obediencia y gratitud en el extraordinario ejercicio
de su ministerio de Pastor Universal, como vínculo visible de la
unidad de la Iglesia Católica en el mundo.
Su
Santidad Juan Pablo II, por su parte, ha manifestado siempre su
amor entrañable, su cercanía y su profunda y certera comprensión
de la situación de Cuba y de los católicos cubanos, en lo cual,
sin dudas, han tenido peso las particulares circunstancias
históricas que él mismo tuvo que vivir en su patria.
Apreciamos la solidaridad de la Iglesia Católica de Europa, de
Estados Unidos y del Continente Latinoamericano, y su interés por
coadyuvar a que la misión de la Iglesia en Cuba pueda
desarrollarse con la misma libertad y posibilidades que en los
demás países cristianos. En las súplicas a nuestra Patrona hemos
tenido presentes a los pastores y fieles de esas iglesias.
Con
el Santo Padre reconocemos que “el alma cristiana constituye
para los cubanos el tesoro más valioso y la garantía más segura de
desarrollo integral bajo el signo de la auténtica libertad y de la
paz” (Juan Pablo II en Roma a su regreso del viaje a Cuba. 28
de enero de 1998).
Exhortamos a todos los católicos a cultivar, en total fidelidad a
la Verdad, la coherencia evangélica entre la fe y la vida, entre
lo que se piensa, lo que se dice y lo que se hace en todos los
ámbitos de la existencia personal y social. Para cumplir estas
exigencias los invitamos a vivir intensamente una auténtica
espiritualidad cristiana, alimentada en el Evangelio y en la
Eucaristía, con una oración perseverante que haga cada vez más
firme la unión con Dios.
Con
la presente Instrucción Teológico-Pastoral reafirmamos que la
Iglesia en Cuba espera con amor. Queremos, por tanto, infundir
ánimo y confianza en el alma de todos los católicos y de todos los
cubanos. Que “Dios ilumine los ojos de nuestro corazón para
que podamos reconocer la esperanza a la que nos llama” (Ef
1,18). Con filial devoción invocamos el bendito nombre de Santa
María de la Caridad del Cobre. Bajo su maternal protección nos
colocamos todos. Ella, como Madre amorosa, está siempre pendiente
del verdadero bien de todos nosotros, sus queridos hijos. ¡A ti,
Madre, ofrecemos con humildad y sencillez los frutos de nuestra
reflexión! Que fortalecidos por esta esperanza, trabajemos todos
con paciencia, abnegación y amor, por el presente y futuro bien de
nuestra Patria.
En Cristo, Supremo
Pastor, los bendicen;
Los Obispos de Cuba
8 de septiembre de
2003
Festividad de la
Virgen de la Caridad del Cobre
Patrona de Cuba
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