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Los cuatro tronos de la Virgen de la Caridad

Un
8 de septiembre más nos sorprende en el exilio, dispersos en mil
lugares; a otros, en la patria esclavizada.
Redacción
La Voz Católica
Este artículo de Mons. Eduardo Boza Masvidal forma parte del libro
Voz en el destierro (tercera edición actualizada, 1997),
donde se recogió una parte importante de la amplia producción
pastoral del obispo cubano, recientemente fallecido. “Viendo a los
cubanos dispersos por tantos lugares en un exilio que ya adquiría
grandes proporciones”, escribió Mons. Boza, “sentí que había que
hacer algo para que esa dispersión fisica no se convirtiera en
dispersión espiritual, en desorientación, frustración y amargura,
ya que el pueblo cubano necesitaba fortalecer su fe cristiana en
la hora de la prueba, unirse en principios fundamentales comunes,
respetando en los demás las opciones personales de cada uno,
profundizar en sus raíces históricas y doctrinales y en la
doctrina social de la Iglesia, en la que se unen la justicia y la
libertad, y ayudarse mutuamente en la difícil situación que se
plantea cuando se sale de la Patria dejándolo todo”. Sin duda
alguna, la devoción a la Virgen de la Caridad del Cobre es una de
las raíces espirituales del pueblo cubano, y, por ser éste el
primer año en que Mons. Boza no estará con nosotros al celebrarse,
el 8 de septiembre, la fiesta de la Patrona de Cuba, reproducimos
aquí dicho artículo en un doble homenaje: a la Santa Madre de Cuba
y a la memoria viva de Mons. Eduardo Boza Masvidal, que de este
modo se hace presente, una vez más, en las tribulaciones y
esperanzas de su pueblo.
Mons. Eduardo Boza Masvidal
Pero no importa: Ella, que sabe de cruz y sabe de exilio, está con
nosotros, con los de dentro y con los de fuera, y eso basta.
El 1º de mayo de 1916, Su Santidad el papa Benedicto XV confirmaba
solemnemente, con la autoridad apostólica, lo que ya era una
realidad hacía tres siglos, y proclamaba oficialmente a la
Santísima Virgen María de la Caridad del Cobre, Patrona Principal
de la República de Cuba.
¿Cuándo empezó la Santísima Virgen María de la Caridad a ser
nuestra Patrona, la Reina y Madre de nuestro pueblo? Yo diría que
desde aquel mismo día de principios del siglo XVII en que tres
hombres humildes de nuestra tierra encontraron su imagen flotando
sobre las aguas de Nipe, como paloma mensajera de gracias y
bendiciones del cielo. Por ser nuestra patria una isla larga y
estrecha, nuestra vida está íntimamente ligada al mar. Los cubanos
amamos el mar, que siempre nos quedaba cerca, que forma parte de
nuestra psicología y de nuestra vida. Hoy, si tenemos que vivir en
grandes países, tierra adentro, una de las cosas que más echamos
de menos es precisamente su azul incomparable, que se pierde en el
horizonte y serena y eleva el espíritu.
El primer trono de la Virgen María de la Caridad fue el mar. Su
primer dosel, el cielo. Así apareció Ella, bajo la azul inmensidad
del cielo y sobre la azul inmensidad del mar, como un punto blanco
y luminoso que venía de Dios y que nos señalaba el camino para ir
a Él.
El segundo trono de la Virgen María de la Caridad fueron las manos
de tres hombres humildes y sencillos de nuestro pueblo. En ellos
estaba representado todo el pueblo cubano. Sus manos rudas y
encallecidas de obreros, se hicieron tiernas y sedosas para
recoger con amor aquel regalo del cielo.
El tercer trono de la Virgen María de la Caridad fue el verdor de
nuestros campos. El verde, ¡qué metido lo tenemos en la retina de
nuestros ojos los cubanos! Nuestros campos, nuestras palmas,
nuestras llanuras, nuestras montañas, ¡todo es verde como la
esperanza! Ella misma escogió el lugar: fue en El Cobre, sobre las
montañas más altas de la patria, como para que desde allí Ella nos
pudiera ver a todos, y nosotros para mirarla tuviéramos que
levantar la vista hacia lo alto; entre los penachos de las palmas
que se agitan en saludo vibrante y las cañas que se mecen
suavemente a sus pies en oración callada, como ofreciéndole la
dulzura del azúcar que contienen en su seno. Allí, donde Ella
quiso, sobre el trono verde, quedó su imagen.
El cuarto trono de la Virgen María de la Caridad fue rojo. Rojo
vivo, como el amor, como el sacrificio, como el martirio, como la
sangre: fue el corazón de cada cubano. Y allí llega María para
traer a Cristo. Ella es el camino por donde Cristo viene a
nosotros y por donde nosotros vamos a Él. Ella quiere encontrar
allí, no el amor sentimental de la devoción insulsa y
supersticiosa, sino el amor valiente de la plena vivencia de
nuestra fe cristiana, y ese amor es fuerte como el sacrificio, y
rojo como el martirio callado y oculto del deber heroico de todos
los días, o como el martirio cruento del sufrimiento y de la
sangre que se vierte por Cristo y por la patria.
Han pasado tres siglos en los cuales, como la madre convive con
sus hijos, la Virgen María de la Caridad ha compartido nuestra
historia, nuestras ansias de liberación, nuestras penas y nuestras
alegrías, nuestras inquietudes y nuestras esperanzas. Ella ha
escuchado plegarias de muchas generaciones de cubanos.
Terminada la lucha independentista, cuando ya la República
comenzaba a asentarse sobre bases firmes, los Veteranos sintieron
que les quedaba un deber que cumplir, y en nombre de todos, los
que residían en las zonas más cercanas se reunieron en El Cobre y
allí firmaron el precioso documento que elevaron al Papa Benedicto
XV, pidiéndole que confirmara oficialmente a la Santísima Virgen
María de la Caridad como Patrona de Cuba. El Papa leyó aquella
petición emocionada; miró a Cuba y vio a la Virgen de la Caridad
como Reina de aquel pueblo en el trono azul de las aguas
ondulantes, en el trono blanco de las manos limpias, en el trono
verde de las montañas, en el trono rojo de varios millones de
corazones cubanos, y gozoso firmó el documento que confirmó en
forma solemne y oficial aquel título y aquella realidad tres veces
secular. Era el 1º de mayo de 1916.
Un 8 de septiembre más nos sorprende en el exilio, dispersos en
mil lugares; a otros en la patria esclavizada. No podemos rendirle
a nuestra Madre de la Caridad los grandes homenajes que
quisiéramos. No podemos llevarla en peregrinación por todos los
rincones de Cuba como en 1952, cuando el Cincuentenario de la
República; no podemos reunimos todos en un magno Congreso como en
1959. Pero no importa: Ella, que sabe de cruz y sabe de exilio,
está con nosotros, con los de dentro y con los de fuera, y eso
basta.
Que nuestro gran homenaje a la Virgen de la Caridad en esta hora
de prueba sea manternemos firmes y hacernos mejores cristianos y
mejores cubanos.
Virgen Mambisa
Madre, que en la tierra cubana
Riegas desde lo alto tu amor;
Madre del pobre y del que sufre,
Madre de alegría y dolor:
Todos tus hijos a ti clamamos,
Virgen Mambisa, que seamos hermanos.
Madre, que en tus campos sembraste
Flores de paz y comprensión:
Dale unidad a tu pueblo,
Siembra amorosa la unión.
Madre, que el sudor de tus hijos
Te ofrezca su trabajo creador.
Madre, que el amor a mi tierra
Nazca del amor a mi Dios.
Música: Orlando Rodríguez
Letra: Rogelio Zelada
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