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Cartas de los lectores

 

Clemencia para mi hijo
El objetivo de mi carta es pedir clemencia por mi hijo, George Luis Castiñeira González, que cumple 33 años el 20 de octubre y está preso en Cuba desde el  21 de febrero, privado de libertad injustamente, y sin pruebas. Se encuentra en la prisión Cubasí, de Holguín. Mi hijo es asmático crónico, y por la cantidad de medicamentos ingeridos, está enfermo de los nervios y del corazón. Por razones desconocidas, al llegar a la prisión le suspendieron el tratamiento médico que, de por vida, lleva.

El instructor de su caso es de apellido González, y es de Moa Provincia de Holguín. Espero que alguien pueda ayudarnos. Estoy desesperado por los riesgos a los que tienen sometido a mi hijo enfermo.

Áureo Castiñeira Rueda
Hialeah, FL


 

Los Obispos de Cuba reclaman libertad religiosa

Leí con sumo interés el documento “La presencia social de la Iglesia”, firmado por los Obispos de Cuba, publicado en la edición especial de La Voz Católica el10 septiembre de 2003), y quiero expresarles mi agradecimiento por habernos proporcionado este importante documento con una rapidez admirable.

Aprovecho esta oportunidad para felicitarlos por su incansable labor como medio de información y vehículo propagador del mensaje de Cristo, dentro de la comunidad hispana de Miami. Los Obispos de Cuba reclaman ansiosamente la libertad religiosa que “implica, entre otros [derechos], que la Iglesia pueda disponer del libre y normal acceso a los medios de comunicación”, algo que, afortunadamente, ustedes disfrutan y utilizan con gran eficacia para el beneficio de todos sus fieles lectores.

¡Felicidades!

Ileana Armengol
Coral Gables, FL


 

La tarde de los pañuelos mojados

Hace unos días, en nuestro ministerio Nuevo Caminar, realizamos un seminario. Me sentí muy mal al ver a aquellos padres y madres con sus hijas e hijos adictos. Me sentí muy mal al ver a esas pobres esposas con sus esposos adictos. Hombres y mujeres de todas las edades, unos muy jóvenes, otros ya muy maduros, arrastrando sus penas, su tristeza. Ninguno reía. Las drogas y el alcohol les habían robado la sonrisa.

Hombres y mujeres de todas las edades, abuelos, todos vestidos con la tristeza de tener un familiar adicto. Ninguno reía. Aquel local estaba lleno de un dolor contagioso al cual, por un momento, me entregué, pensando que nada podía hacer para mitigarlo.

Estaba equivocado. Esas personas estaban allí con los brazos extendidos, mendigando ayuda. Allí también estaba Dios, reprochándome por mi flaqueza y diciéndome –seguro estoy de haberlo oído– que esos hombres y esas mujeres volverían a ser lo que fueron antes de caer en la adicción, y que sus familias también volverían a ser felices.

Durante esa noche y en los dos días siguientes, me dediqué a observarlos, a estudiar sus rostros, y vi cómo aquella expresión de pena, de resentimiento, por minutos desaparecía. Ya hablaban de su adicción, ya querían ser ayudados, ya sabían que hay personas dispuestas a llevarlos por un nuevo caminar.

Ya habían comenzado a confiar en Dios.

El colofón de esto fue el domingo en la tarde, cuando, después de dos días, se reunieron los adictos con sus familiares. Se abrazaban, se acariciaban. La famlia se había reencontrado después de muchos meses o años de separación. Todos lloraban juntos, pero esta vez con lágrimas de alegría, y de perdón. A esa tarde o la llamo “la tarde de los pañuelos mojados”.

 

Francisco Suárez-Mederos
Hialeah, FL

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