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Encuentro y comunión, caminos de esperanza

 


Participantes del Encuentro de Laicos Cubanos, realizado del 18 al 21 de septiembre en el antiguo convento de La Inmaculada Concepción, en Hialeah.
(Fotos: Hna. Ondina Cortés, RMI)

P. Juan Sosa

Recientemente, la arquidiócesis de Miami le abrió las puertas a la delegación cubana de clero y laicos que, representando a la Conferencia de Obispos Católicos y a la Iglesia de Cuba, participó en el cuarto Encuentro de líderes católicos cubanos del Sur de la Florida, Atlanta, Nueva Jersey, y de otras partes de los Estados Unidos.

Muchos se preguntan el objetivo de estos Encuentros. La respuesta surge de la llamada que hiciera la Iglesia de Cuba para establecerlos hace más de siete años:  crear una comunión de hermanos y de hermanas en la fe y en el servicio eclesial que busquen medios y objetivos para ayudarse mutuamente, para enriquecer sus experiencias de Iglesia y para lograr una reconciliación plena entre todos los cubanos de buena voluntad.

Durante el Encuentro de sacerdotes se examinó la identidad sacerdotal en el presente y en el futuro de ambas comunidades,  y se trazaron líneas de reflexión y de colaboración sobre temas en común que afectan a la vida sacerdotal dentro y fuera de la isla. En el Encuentro de los laicos se presentó magistralmente el tema de la reconciliación de varias maneras.  La reflexión teológica del Dr. Antonio López, profesor del Seminario Regional de San Vicente de Paúl; la experiencia teológico-pastoral y personal de la Dra. Alicia Marill, de la Universidad Barry, y el aporte sociocultural de la Dra. Marifeli Pérez-Stable, de la Universidad International de la Florida, motivaron e inspiraron a los participantes a asumir un rol serio de mediación que los compromete a seguir concertando los sentimientos y las posturas diversas que el pluralismo religioso y social de los cubanos presenta en la actualidad y presentará en el futuro.

Si se les añade a estas ponencias la ardua labor y el interés de los participantes, se puede decir que el Encuentro logró su objetivo principal y sirvió de nuevo para aclarar conceptos percibidos en diferentes maneras por la distancia emocional y la falta de comunicación continua que existen entre ambos grupos, debido a las condiciones sociales que les impiden superarlas. Tanto los delegados de Cuba como los de la diáspora lamentaron, sin embargo, la ausencia de varios de sus miembros –tres sacerdotes y dos laicos– que no recibieron la visa de los Estados Unidos para asistir a estas reuniones.

Terminado el encuentro de sacerdotes y abierto ya el de los laicos, ambos grupos se reunieron junto a los coordinadores de los movimientos apostólicos de Miami a los pies de la Virgen de la Caridad, patrona de Cuba y copatrona de la Arquidiócesis, en el Santuario Nacional de la Ermita, para un momento cumbre y emotivo.

La liturgia Eucarística, presidida por Mons. John C. Favalora, Arzobispo de Miami, y concelebrada por Mons. Dionisio García, de Bayamo-Mazanillo, y Mons. Agustín Román y los sacerdotes presentes, sirvió para estrechar aún más los lazos de comunión y solidaridad fraterna que comparten la Iglesia particular de Cuba y la de los Estados Unidos, de la que forman parte muchos cubanos esparcidos por toda la nación norteamericana.

Como gesto de fraternidad y de agradecimiento por la acogida tan hermosa que recibieron, Mons. Dionisio García le obsequió a Mons. Favalora, en nombre de los delegados cubanos y de toda la Iglesia de Cuba, un báculo tallado a mano por un artesano de Bayamo, quien, utilizando varias maderas cubanas, logró transformar la materia prima en una obra de arte de una belleza extraordinaria. Al concluir la celebración, Mons. Román le obsequió a Mons. Dionisio su rosario, para que, a los pies de la patrona de Cuba en la Basílica del Cobre, recuerde al pueblo de la diáspora y encomiende así a todos los cubanos que viven fuera de su patria.

Evidentemente, las exigencias locales del sur de la Florida motivan a los miembros de la Iglesia local, que proceden de diferentes países, a vivir una experiencia multicultural bajo el criterio de “integración”. Bajo este criterio debe predominar tanto el respeto mutuo como la colaboración en el servicio que nace de nuestra naturaleza de ser Iglesia, pueblo de Dios en marcha, sacramento de Jesucristo en la historia y en el tiempo.  En la diversidad que traemos al banquete eucarístico, descubrimos una identidad católica que nos vincula de una manera especial.  De la Palabra y del Sacramento recibimos la gracia de Dios, que nos transforma por la fuerza del Espíritu y nos ayuda a trascender las limitaciones culturales que a veces nos separan. 

El criterio de integración cultural, no obstante, también exige que la identidad cultural y religiosa de cada uno de los grupos que componen la Iglesia local recurra a sus tradiciones de origen, para que experimente aquella identidad cultural primaria que le permita relacionarse y vivir en comunión con otros grupos. En este marco de vivencia cultural única de cada grupo, se puede colocar la preocupación de los católicos cubanos de la diáspora por los cubanos de la isla, y los de la isla por los de la diáspora.  No obstante, esta preocupación y este anhelo de comunicación y de búsqueda cultural que parecen convocar a estos católicos cubanos en primera instancia, son superados por otra llamada superior y más vinculada a su identidad católica; es la llamada de la propia Iglesia, que en su diversidad los convoca a vivir en la comunión que el don del Espíritu Santo promueve entre todos.

En la Exhortación Apostólica Ecclesia in America (1999), síntesis y reflexión del Sínodo de las Iglesias que componen todo el continente americano, Su Santidad Juan Pablo II destaca la misión que tienen las Iglesias particulares, por medio de sus obispos y de todo el pueblo de Dios, de trascender los límites geográficos y políticos que los separan para vivir “en comunión” con el mismo Cristo, que los congrega y los vincula en el amor fraterno (párrafo 37). Es por medio de esta comunión de Iglesias que la verdadera reconciliación se logra, no sólo entre los miembros de la Iglesia, sino entre todos los hombres y mujeres de buena voluntad;  por medio de ella también se hace más palpable ante la sociedad y la cultura el Reino de Dios, que el mismo Jesús anunció y que la Iglesia proclama a tiempo y a destiempo.

Estas reuniones de clero y de laicos cubanos de la isla y de la diáspora, por lo tanto, responden de una manera especial a la llamada que hiciera Su Santidad a todas las Iglesias particulares de América a conocerse mejor, a ayudarse mutuamente, y a reflejar el rostro del Señor Resucitado por medio de la comunión que comparten.  De hecho, la Iglesia Cubana, casi sin recursos y con muchas limitaciones, lo está logrando, y la Iglesia de Miami está respondiendo.  Esto es, de por sí, un signo de esperanza no sólo para los cubanos de la isla y de la diáspora, sino para muchos otros grupos culturales que celebran su fe en el sur de la Florida y en otras partes de los Estados Unidos.

Vivir como miembros de una Iglesia multicultural compuesta de muchos rostros implica vivir en comunión entre sí con todos los miembros que forman parte de esos grupos, pero también exige que los grupos construyan puentes de contacto y de reflexión con las Iglesias locales de donde proceden.  En este mutuo intercambio de una fe compartida y celebrada, con todas las consecuencias que puedan acaecer en dicho compartir, el eco de la Buena Noticia del Señor se ha de escuchar con más frecuencia en toda la sociedad.

En el amor de Jesucristo que nos llama a una reconciliación plena y profunda, coloco personalmente tanto los desafíos como el fruto de estos Encuentros tan necesarios a los pies de la Virgen de la Caridad, la única que puede lograr una verdadera unión entre todos los cubanos de buena voluntad para que, juntos, caminen hacia Su Hijo, Jesús, Señor y Redentor de toda la humanidad.