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La defensa de los no nacidos
no justifica el asesinato

 
Arzobispo John C. Favalora

Queridos amigos:

¿No les parecieron vagamente familiares las últimas palabras de Paul Hill antes de ser ejecutado?: “Espero una gran recompensa en el cielo”.

Recuerdo haber oído palabras muy similares después del 11 de septiembre de 2001. Los secuestradores que estrellaron cuatro aviones contra el Pentágono, las Torres Gemelas del World Trade Center y el suelo de una zona rural de Pensilvania, también esperaban una gran recompensa en el cielo. También ellos justificaban sus acciones violentas como parte de una “guerra santa” contra el mal.

Hill, sin embargo, no era un terrorista musulmán. Era un ex ministro presbiteriano, condenado por asesinar a un médico abortista y al guardaespaldas de éste en Pensacola, en 1993. A causa de estos asesinatos que nunca negó haber cometido, sino de los que más bien se jactaba, Hill fue ejecutado por el estado de Florida a comienzos de este mes.

Hill formaba parte de una reducida facción de fanáticos militantes pro vida que afirman que, como el aborto es un asesinato, el asesinato de quienes practican abortos está moralmente justificado. Sus seguidores consideran a Hill como un mártir de esta causa.

Los terroristas del Medio Oriente y los terroristas suicidas, también creen que van a alcanzar la condición de mártires si matan a otras personas. Como Hill, piensan que la violencia es la única manera de lograr sus fines políticos.

Afortunadamente, pocos de los militantes pro vida que defienden a Hill siguen su ejemplo, del mismo modo que sólo una pequeña facción de los musulmanes se dedica al terrorismo. Pero un terrorista es un terrorista, ya sea musulmán o cristiano, pro-vida o antiamericano.

Por definición, los terroristas son fanáticos que llevan sus opiniones hasta el extremo. Tristemente, en este momento de la historia, muchos terroristas son fanáticos religiosos. En vez de seguir las enseñanzas tradicionales de su fe, han asumido una actitud por cuenta propia, convencidos de que su interpretación personal y privada de la escritura es absolutamente correcta.

La Iglesia Católica, una de las más antiguas y firmes instituciones defensoras de la vida, condena enérgicamente el pensamiento de los extremistas pro-vida. Creemos que sus palabras y sus acciones perjudican gravemente la causa de los no nacidos.

En efecto, más de un millón de niños son asesinados anualmente en los Estados Unidos mediante el aborto, y ésta es una triste y horrible estadística. Pero asesinar a los médicos que practican abortos no es una respuesta moral ni práctica.

La única manera de proteger a los niños no nacidos es cambiar las leyes mediante procedimientos políticos: pidiéndole a la Corte Suprema que revierta su decisión en el caso Roe vs Wade, de 1973, o trabajando por la aprobación de una enmienda constitucional que declare ilegal el aborto.

Quienes están en favor de la vida también deben esforzarse por persuadir a las mujeres de que matar a sus hijos no nacidos no les resolverá sus problemas económicos o matrimoniales. Independientemente de lo que la ley diga, los abortos no cesarán hasta que la sociedad, como un todo, vea a los hijos como dones valiosos y no como cargas desechables.

Es cierto que hemos estado trabajando en favor de estas metas durante más de 30 años, sin haber logrado gran cosa hasta ahora. Pero no podemos permitir que la desesperación nos empuje a cometer actos extremos. Es ilógico que nos llamemos defensores de la vida, si al mismo tiempo justificamos el matar a otros en nombre de la vida.

Como vemos día a día en el Medio Oriente, la violencia engendra violencia. La muerte engendra muerte. Las acciones de Hill y de sus defensores demuestran que los fanáticos y los extremistas no se alían exclusivamente con Allah.

 Monseñor John C. Favalora
Arzobispo de Miami