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San Francisco de Asís y los leprosos

Adele González

Hablo mucho de San Francisco de Asís y me considero franciscana. Me gusta la espiritualidad de amor por la creación, por los pobres, por lo sencillo. Me las doy de alguien que, como ministro en la Iglesia por muchos años, ha tratado de ayudar a construirla como hizo Francisco. Me alegra celebrar su fiesta cada 4 de octubre. Me gustan las estatuas con pajaritos y la bendición de los animales en las parroquias. Pero, ¿acercarme a un leproso? Quizás diga que sí simplemente porque no me encuentro con muchos cada día. En realidad, nunca he visto a un leproso cara a cara. ¿Qué haré si algún día uno me sale al camino?

Las historias de la vida de San Francisco con los leprosos me molestan, me desafían y al mismo tiempo me recuerdan el amor tan grande del Dios a quien digo seguir.

Como todo joven normal, Francisco se apartaba instintivamente de los leprosos, por quienes sentía asco y repulsión. Nos cuenta su biógrafo Tomás de Celano que “tan repugnante le había sido la visión de los leprosos… que al divisar de lejos, a unas dos millas, sus casetas, se tapaba la nariz con las manos”.  La historia nos narra que, después de su conversión inicial y a medida que crecía en su deseo de seguir totalmente a Jesús, “un día que (Francisco) paseaba a caballo por las cercanías de Asís le salió al paso uno de los leprosos. Y por más que le causara no poca repugnancia y horror… saltando del caballo, corrió a besarlo. Y, al extenderle el leproso la mano en ademán de recibir algo, Francisco, besándosela, le dio dinero… Pocos días después… se va al lugar donde moran los leprosos, y, según va dando dinero a cada uno, le besa la mano y la boca. Así toma lo amargo por dulce”.

Visitar a los leprosos se convirtió en uno los ministerios más importantes de Francisco. La bienaventuranza: “Bendito los pobres porque de ustedes es el Reino de Dios” (Lucas 6,20-23), se realizó para él en su relación con los leprosos. Al igual que para los apóstoles en tiempos de Jesús, la vida del joven italiano había cambiado para siempre. ¡El mundo se le viró al revés! Lo que antes tenía valor era ahora insignificante. Lo que antes era despreciado, ahora era valorado. Lo que antes era temido, ahora era amado. Una vez que Francisco encontró a Jesús en los pobres, su experiencia religiosa nunca sería la misma. A partir de ese momento, las voces del pobre, del rechazado, del marginado, se convirtieron para el pobre de Asís en la voz de Dios.

A veces me pregunto si esta experiencia fue algo específico del siglo XII. Francisco, como muchos otros, estableció un movimiento evangélico frente a la Iglesia poderosa y rica de su tiempo. Su sensibilidad y su amor por el evangelio de la pobreza en seguimiento de Jesús pobre, no eran populares en su época. Sin embargo, creo que este modo de pensar es mi excusa para no hacer lo mismo hoy. Aunque nuestra situación histórica difiere de la del siglo XII, el desafío evangélico de seguir los pasos del Jesús pobre sigue vigente hoy.

Pero, ¿besar a un leproso? ¿Ir en contra de los valores de la cultura americana, que proponen riqueza, poder, consumismo, etc.? ¿No se supone que éste sea el trabajo de “gente especial”, como las hermanas de la Madre Teresa y los hermanos de Camillus House?

Este año, al celebrar una vez más la festividad de San Francisco de Asís, quiero estar abierta a recibir a los leprosos de mi vida: los que no me caen bien, los que me exasperan, los que me fastidian. Por suerte, los enfermos no me molestan, sino los supuestamente “sanos”, a quienes juzgo como si yo fuera Dios. No me molestan los apestosos, sino los que usan perfumes tan caros que, en mi opinión, con lo que pagan por ellos podrían alimentar a una familia desamparada durante un mes. Y me doy cuenta de que mi actitud se parece más a la de Judas, cuando le pide a Jesús que no permita a la mujer gastar un perfume caro en ungirle los pies, que a la de Francisco, que recibió al pobre lo mismo que al Sultán de Babilonia.

En este 4 de octubre que el Señor me ha permitido vivir, voy a tratar de abrir mis brazos a Adele, la leprosa: la que no es perfecta, la que no le cae bien a todo el mundo, la que juzga a otros y no ve sus propios errores. Creo que hacer esto me permitirá también abrazar a los otros leprosos de mi vida: los que no son como yo, los que no están de acuerdo conmigo, los que tienen ideas políticas diferentes a las mías.

Pido que nuestro Dios nos haga cada día más como Francisco, el poverello, el pobre de Asís. Pobre no sólo materialmente, sino de espíritu, dependiendo siempre de Dios. Sabiendo que la única solución posible a la violencia y la injusticia de nuestra sociedad es abrazar a los leprosos, físicos o espirituales, para que lo que antes rechazábamos como amargo se nos convierta, como a Francisco, en dulce como la miel.

 Adele González