Hasta quedarse en pura alma
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El
Papa desfallece al leer su Homilía en la misa que celebró el
13 de septiembre, en Roznava, Eslovaquia. El viaje de cuatro
días pareció minar sus fuerzas. A la izquierda, el Papa Juan
Pablo II saluda a la Madre Teresa en el Vaticano, el 29 de
junio de 1997. Su Santidad presidirá la ceremonia de
beatificación de la fundadora de las Misioneras de la
Caridad,
el 19 de octubre en la Plaza de San Pedro.
(Fotos: CNS)
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Emilio de Armas
Los medios informativos de todo el mundo dedicaron recientemente
su atención a la fragilidad mostrada por el Papa Juan Pablo II
durante su viaje a Eslovaquia. Millones de personas pudieron ver
la imagen del encorvado anciano, que se esforzaba por expresar su
mensaje en palabras casi inaudibles. Este mensaje, sin embargo,
conserva toda la lucidez y la grandeza espirituales que han hecho
de Carol Wojtyla uno de los más altos sucesores de San Pedro, y un
hombre en quien la condición humana se honra en grado sumo.
En Eslovaquia, Juan Pablo II reiteró su inclaudicable defensa de
los valores humanos, con la misma fortaleza interior que le
permitió sobrevivir moralmente a los dos regímenes más despiadados
de la historia moderna: el nazismo y el comunismo.
En un artículo publicado en el diario español ABC, el columnista
Juan Manuel de Prada escribió: “El polvo del camino ha cegado su
voz; las muchas leguas han desgastado sus sandalias, hasta dejarlo
tullido. Podría refugiar su decrepitud en la molicie de un palacio
vaticano, pero entiende que la misión que le ha sido confiada
exige apurar hasta las heces el cáliz del dolor, convertir sus
achaques en una Eucaristía que alivie y reconforte a los de
quebrantado corazón”.
Juan Pablo II, en efecto, es un anciano Papa que se consume, pero
se consume ejemplarmente, ante los ojos del mundo, como se
consumió hasta quedarse en pura alma la madre Teresa de Calcuta.
De él podría decirse lo que él dijo al fallecer la Madre de los
Pobres: “nos deja un ejemplo elocuente para todos, creyentes y no
creyentes. Nos deja el testimonio del amor de Dios”; sus obras
“ponen de manifiesto ante los hombres de nuestro tiempo el alto
significado que tiene la vida”.
Una llamada que espera la respuesta
La obra pastoral de Juan Pablo II ha sido, efectivamente, un
testimonio de cómo el amor de Dios por el hombre engendra y
fortalece el amor del hombre por Dios, y una expresión de cómo
este amor entre el Creador y su criatura se traduce en obras que
elevan al ser humano sobre sí mismo, impulsándole a la santidad.
Para el Pontífice, el ejemplo sumo de este crecimiento humano
hacia Dios es la Virgen María, y así lo ratificó en Eslovaquia,
donde se refirió al pasaje del Evangelio en que “María se dirige
al arcángel Gabriel, que le comunica que Dios la llama a ser madre
de su Hijo. La encarnación del Verbo constituye el punto decisivo
del ‘proyecto’ manifestado por Dios desde el principio de la
historia humana”, señaló el Papa. El Creador “quiere comunicar a
los seres humanos su misma vida, llamándolos a transformarse en
hijos suyos”.
“Es una llamada que espera la respuesta de cada uno”, agregó el
Pontífice, al recordar que “Dios no impone la salvación; la
propone como una iniciativa de amor, a la que es necesario
responder con una libre decisión, también motivada por el amor”.
“¿Qué lección nos da María?”, se preguntó el Papa; y contestó:
“Nos enseña el camino hacia una libertad madura. En nuestra época
no son pocos los cristianos bautizados que todavía no han hecho
suya su fe de forma adulta y responsable. Se llaman a sí mismos
cristianos”, señaló, “pero no responden con plena responsabilidad
a la gracia recibida; todavía no saben lo que quieren ni por qué
lo quieren”.
“Ésta”, precisó, “es la lección que tenemos que aprender hoy: es
urgente educarse en la libertad. En particular, es urgente que, en
las familias, los padres eduquen en la justa libertad a sus hijos,
para prepararles a dar la respuesta oportuna a la llamada de Dios”.
¡No te avergüences nunca del Evangelio!
Como ejemplos modernos de seres humanos que han dado esta clase de
respuesta a la llamada de Dios, Juan Pablo II beatificó durante
una multitudinaria Eucaristía a dos mártires del comunismo, y dejó
este mensaje al pueblo católico de Eslovaquia: “¡No te avergüences
nunca del Evangelio!”
Los nuevos beatos fueron el obispo greco-melquita Mons. Vasil
Hopko (1904-1976), y la religiosa Zdenka Schelingová (1916-1955).
En febrero de 1950, el régimen comunista checoslovaco decidió
suprimir la Iglesia greco-católica, y Mons. Hopko fue arrestado y
condenado a quince años de prisión. No pudo terminar su condena
por su precaria salud y falleció a causa de los sufrimientos que
padeció antes y después de la prisión.
La religiosa Sor Zdenka, de la Congregación de las Hermanas de la
Caridad de la Santa Cruz, fue una enfermera encarcelada por los
comunistas tras facilitar la fuga de un sacerdote injustamente
apresado en 1952. Sor Zdenka enfermó por los malos tratos
recibidos y, aunque fue liberada el 16 de abril de 1955, murió
poco después, el 31 de julio.
Según el Papa, “ambos afrontaron un injusto proceso y una condena
inicua; las torturas, la humillación, la soledad, la muerte. De
este modo, la Cruz se convirtió para ellos en el camino que les
llevó a la vida, manantial de fortaleza y de esperanza, prueba de
amor por Dios y por el hombre”.
En este amor “por Dios y por el hombre” se resume también la
luminosa trayectoria del propio Juan Pablo II, a quien podrían
aplicarse las palabras con que el Dalai Lama se refirió a la Madre
Teresa de Calcula: “fue un ejemplo viviente de la capacidad humana
para generar amor infinito”.
La energía del amor de Cristo
En su dramática visita a Eslovaquia –quizás uno de los últimos
actos públicos de un Pontificado singularmente providencial– Juan
Pablo II ha demostrado que pertenece a la estirpe de los mártires,
de los que saben morir en un momento o ir muriendo día a día, en
un acto o una obra de valeroso amor por Dios y por el hombre.
El encorvado anciano que en su visita a Eslovaquia se esforzó por
expresar su mensaje en palabras casi inaudibles, puede reconocerse
hoy en la imagen que él mismo esbozó un día, al evocar la figura
de la Madre Teresa, “doblada por una existencia transcurrida al
servicio de los más pobres entre los pobres, pero siempre cargada
de una inagotable energía interior: la energía del amor de Cristo”.
Y cuando llegue el momento, podrá decir adiós con la serena
parquedad de la santa de Calcuta, como si las voces de ambos
fuesen una: “Amaos los unos a los otros, como Jesús os ama. No
tengo nada que añadir al mensaje que Jesús nos dejó. Para poder
amar hay que tener un corazón puro y rezar. El fruto de la oración
es la profundización en la fe. El fruto de la fe es el amor. Y el
fruto del amor es el servicio al prójimo. Esto nos trae la paz”.
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