|
«¿Qué es el hombre
para que te acuerdes de él?»
Reproducimos a continuación la meditación que había preparado Su
Santidad Juan Pablo II para exponerla personalmente durante la
audiencia general del miércoles 24 de septiembre, y que, debido a
una indisposición del Pontífice, fue leída en su nombre por el
Cardenal Angelo Sodano, Secretario de Estado del Vaticano. La
meditación tiene por tema el salmo 8, «Grandeza del Señor y
dignidad del hombre».
Señor, Dios nuestro,
¡qué glorioso es tu nombre en toda la tierra!
[...]
Cuando contemplo el cielo,
obra de tus dedos,
la luna y las estrellas que has creado,
¿qué es el hombre para que te acuerdes de él?;
¿el ser humano, para darle poder?
Lo hiciste poco inferior a los ángeles,
lo coronaste de gloria y dignidad,
le diste el mando sobre las obras de tus manos,
todo lo sometiste bajo sus pies.
Rebaños de ovejas y toros,
y hasta las bestias del campo,
las aves del cielo, los peces del mar,
todo lo sometiste bajo sus pies.
1. Al meditar en el Salmo 8, admirable himno de alabanza, se
concluye nuestro largo camino a través de los salmos y de los
cánticos que constituyen el alma de la oración de la Liturgia de
Laudes. Durante estas catequesis nuestra reflexión se ha detenido
en 84 oraciones bíblicas, de las que hemos tratado de destacar en
particular su intensidad espiritual, sin descuidar su belleza
poética.
La Biblia, de hecho, nos invita a comenzar el camino de nuestra
jornada con un canto que no sólo proclame las maravillas
realizadas por Dios y nuestra respuesta de fe, sino que además lo
haga «con arte» (Cf. Salmo 46,8), es decir, de una manera bella,
luminosa, dulce y fuerte al mismo tiempo.
Espléndido como ninguno es el Salmo 8, en el que el hombre,
sumergido en la noche, cuando en la inmensidad del cielo se
iluminan la luna y las estrellas (Cf. versículo 4), se siente como
un granito de arena en la infinidad y en los espacios ilimitados
que lo envuelven.
2. En el corazón del Salmo 8, de hecho, emerge una doble
experiencia. Por un lado, la persona humana se siente como
aplastada por la grandiosidad de la creación, «obra de tus dedos»
divinos. Esta curiosa expresión sustituye a las «obras de tus
manos» (Cf. versículo 7), como queriendo indicar que el Creador ha
trazado un designio o un bordado con los astros resplandecientes,
arrojados en la inmensidad del cosmos.
Por otro lado, sin embargo, Dios se inclina sobre el hombre y le
corona como si fuera su virrey: «lo coronaste de gloria y dignidad»
(versículo 6). Es más, a esta criatura tan frágil le confía todo
el universo para que pueda conocerlo y sustentarse (Cf. versículos
7-9).
El horizonte de la soberanía del hombre sobre las criaturas queda
circunscrito, en una especie de evocación de la página de apertura
del Génesis: rebaños, manadas, animales del campo, aves del cielo
y peces del mar son entregados al hombre para que les dé un nombre
(Cf. Génesis 2, 19-20), descubra su realidad profunda, la respete
y la transforme a través del trabajo y se convierta en fuente de
belleza y de vida. El Salmo nos hace conscientes de nuestra
grandeza y de nuestra responsabilidad ante la creación (Cf.
Sabiduría 9, 3).
3. Releyendo el Salmo 8, el autor de la Carta a los Hebreos
percibe una comprensión más profunda del designio de Dios para el
hombre. La vocación del hombre no puede quedar limitada en el
actual mundo terreno; al afirmar que Dios ha puesto «todo» bajo
sus pies, el salmista quiere decir que le somete también «el mundo
venidero» (Hebreos 2, 5), «un reino inconmovible » (12, 28). En
definitiva, la vocación del hombre es la «vocación celestial»
(3,1). Dios quiere llevar «a muchos hijos a la gloria» (2, 10).
Para que se pudiera realizar este proyecto divino era necesario
que la vocación del hombre encontrara su primer cumplimiento
perfecto en un «pionero» (Cf. Ibídem). Este pionero es Cristo.
El autor de la Carta a los Hebreos ha observado en este sentido
que las expresiones del Salmo se aplican a Cristo de manera
privilegiada, es decir, más precisa que para el resto de los
hombres. De hecho, en el original el Salmista utiliza el verbo «rebajar»,
diciendo a Dios: «Lo rebajaste a los ángeles, lo coronaste de
gloria y dignidad» (Cf. Salmo 8,6; Hebreos 2, 6). Para cualquier
persona este verbo es impropio; los hombres no han sido «rebajados»
a los ángeles, pues nunca han estado por encima de ellos. Sin
embargo, en el caso de Cristo, este verbo es exacto, pues en
cuanto Hijo de Dios, él se encontraba por encima de los ángeles y
se hizo inferior al hacerse hombre, después fue coronado de gloria
en su resurrección. De este modo, Cristo cumplió plenamente la
vocación del hombre y la cumplió, precisa el autor, «para bien de
todos» (Hebreos 2, 9).
4. Desde esta perspectiva, san Ambrosio comenta el Salmo y lo
aplica a nosotros. Comienza con la frase en la que se describe la
«coronación» del hombre: «lo coronaste de gloria y dignidad» (versículo
6). En esa gloria, él vislumbra el premio que el Señor nos reserva
cuando hemos superado la prueba de la tentación.
Estas son las palabras del gran padre de la Iglesia en su «Tratado
del Evangelio según San Lucas»: «El Señor ha coronado también de
gloria y magnificencia a su amado. Ese Dios que desea distribuir
las coronas, permite las tentaciones: por ello, cuando seas
tentado, recuerda que te está preparando la corona. Si descartas
el combate de los mártires, descartarás también sus coronas; si
descartas sus suplicios, descartarás también su dicha» (Edición en
italiano IV, 41: Salmo 12, pp. 330-333).
Dios prepara para nosotros esa «corona de justicia» (2 Timoteo 4,
8) con la que recompensará nuestra fidelidad que le demostramos
incluso en los momentos de tempestad que sacuden nuestro corazón y
nuestra mente. Pero en todo momento él está atento para ver qué es
lo que le pasa a su criatura predilecta y quiere que en ella
brille para siempre la «imagen» divina (Cf. Génesis 1, 26) de modo
que sea en el mundo signo de armonía, de luz y de paz.
|