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Dios te Salve, María
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El rosario es la oración favorita de Juan Pablo II, que el 7
de octubre hará una Visita Pastoral al Santuario de la
Santísima Virgen María del Santo Rosario de Pompeya, cuya
imagen aparece a la derecha. (Foto: CNS/Catholic Press) |
Rogelio Zelada
El 16 de octubre de 2002, Juan Pablo II inició el cuarto de siglo
de su pontificado proclamando el “Año del Rosario”. Ese día, con
la firma de la Carta Apostólica Rosarium Virginis Mariae,
el Papa quiso de manera solemne continuar la obra de sus
predecesores que, desde los tiempos de San Pío V, hicieron grandes
elogios de esta devoción mariana. Así, en 1964, Pablo VI
constataba que, “resulta una tradición para los Papas de estos
últimos tiempos tributar a la Virgen un homenaje siempre renovado
y especial, mediante la explicación, la apología y la
recomendación del santo Rosario”.
En su Exhortación Apostólica Marialis Cultus, Pablo VI nos
dejaba quizás la más hermosa página del magisterio acerca del
lugar privilegiado que ocupan la Virgen y el rosario en el corazón
de la Iglesia.
La evolución del Rosario
El Rosario, tal como lo conocemos, es fruto de un proceso que tuvo
una lenta evolución. La tradición popular atribuyó su difusión a
Santo Domingo de Guzmán, pero este gran santo español, que murió
en 1221, no conoció la forma actual del rosario y mucho menos la
del Ave María, ya que en su tiempo sólo se rezaba la primera parte
de esta oración, que conocemos como el saludo del Ángel a María.
En el siglo XII apenas hay datos sobre el rezo del Ave María. Los
Padres y concilios recomiendan encarecidamente el rezo del Símbolo
de la Fe (el Credo ) y la Oración Dominical (el Padre Nuestro ),
pero no aparece por ninguna parte referencia alguna a la costumbre
de rezar el Ave María. En esta época, al rezo de las palabras del
ángel se le añade el saludo de Isabel, y se encuentra solamente
como costumbre notable y particular de algún santo o beato de la
época, pero no como un uso generalizado entre los fieles.
Poco a poco se va extendiendo la práctica popular de rezar esta
oración mariana, y ya en 1298, Eudes de Sully, obispo de París,
ordena a su clero que enseñe a los fieles el “Padre Nuestro, el
Credo y la Salutación a la Bienaventurada Virgen”. Gregorio IX
establece en las constituciones de la Milicia de Jesucristo, un
grupo de seglares asociados a los dominicos, que en cada una de
las siete horas del Oficio Divino, éstos rezaran siete
Padrenuestros y siete Avemarías.
En dos siglos y medio, el Ave María, de recitación particular se
convirtió en oración de todos. Como invocación bíblica se amplía y
se entiende como síntesis de la Encarnación. De exclamación
aislada, apenas recogida en la liturgia, pasa a ser “guirnalda de
rosas marianas”. De extraña y ajena al Oficio Divino, el Ave María
se convierte en su sustituta; sobre todo para aquella gran parte
de la iglesia que no puede o no sabe rezar en latín los 150 salmos
del salterio.
El primer documento oficial sobre el rosario es de 1476, y allí se
dice que éste consta de 50 Avemarías y 5 Padrenuestros, y es donde
por primera vez se atribuye la institución del Rosario a Santo
Domingo de Guzmán.
En un primer momento, la recitación del saludo a la Virgen no
incluía la contemplación de los misterios de la vida de Cristo.
Esta práctica apareció en el siglo XVI, gracias al trabajo del
dominico Alberto de Castello, quien seleccionó 15 meditaciones
tomadas del Evangelio. La jaculatoria al final de las Avemarías
hacía alusión a cada uno de estos pasajes.
La segunda parte del Ave María: “Santa María, Madre de Dios…”
aparece tardíamente y no proviene, como se ha pensado muchas veces,
del Concilio de Efeso (a 431). Se fue formando poco a poco, en
distintos momentos y mediante diversas aportaciones. En el Siglo
XIII aparece por primera vez “Santa María, ruega por nosotros”.
Luego, en el XIV: “Ruega por nosotros, pecadores. Amén” . En el
siglo siguiente aparece: “Virgen María, Madre de Dios, ruega por
nos pecadores. Amén.” En Roma, en el siglo XVI , San Pío V, al
finalizar el Concilio de Trento, le añade finalmente “Ahora y en
la hora de nuestra muerte. Amén”. Este Papa, que llevó a cabo la
reforma tridentina, configuró con la bula Consueverunt romani
Pontifices lo que es la esencia del Rosario de María.
El Papa atribuyó al rezo del rosario la gran victoria de la
cristiandad sobre los turcos en la batalla de Lepanto, e instituyó,
el 7 de octubre de 1571, la conmemoración de la Virgen María de la
Victoria; una fiesta que Gregorio XIII hace llamar “de Nuestra
Señora del Rosario”, y que Clemente XI extiende a toda la Iglesia.
Benedicto XIII la introduce en el Breviario Romano, y San Pío X
resalta su esplendor e importancia al fijar definitivamente la
fiesta de la Virgen del Rosario cada 7 de octubre. León XIII, en
su profundo aprecio por el rezo del rosario, recomienda que los
laicos –entonces ignorantes del latín y la liturgia– lo recen
durante la celebración de la Misa, y por primera vez en la
historia consagra todo el mes de octubre a la Virgen del Rosario.
Pío XII, Juan XXIII y Pablo VI continúan la misma tradición,
escribiendo hermosos documentos y exhortaciones sobre la Virgen y
el Rosario.
Juan Pablo II y los Misterios Luminosos
Con su carta apostólica Rosarium Virginis Mariae, Juan
Pablo II, un papa especialmente mariano, desea “desarrollar una
reflexión sobre el rosario”, porque ve en esta devoción popular un
modo privilegiado de “contemplar con María el rostro de Cristo”.
Para ello, enriquece el rosario con cinco nuevos “misterios de luz”
a los que ve como “momentos de revelación… que dejan brillar el
esplendor de la naturaleza divina de Dios en Jesucristo”, y en los
que la presencia de María, a excepción del pasaje de las Bodas de
Caná, “se encuentra generalmente en el trasfondo”.
Los Misterios Luminosos vienen a complementar la meditación de la
infancia, la pasión y la gloria de Cristo el Señor, con la
contemplación de importantísimos momentos de la vida pública de
Jesús de Nazaret. El rostro de Jesús, revelador del Padre, con la
fuerza de su palabra y de sus obras, se nos muestra como el “Hijo
amado de Dios” en el Bautismo en el Jordán; nos deja ver el
comienzo de su “hora mesiánica” en las Bodas de Caná; nos invita a
aceptar, compartir y vivir el solemne Anuncio del Reino; a
pregustar la Resurrección y a poner todo el oído en la Palabra del
Hijo, en la Transfiguración del Monte Tabor; y a colocarnos
totalmente en actitud de agradecida entrega ante la contemplación
profunda del misterio de la Institución de la Eucaristía, Misterio
con mayúscula de la fe y la vida cristianas.
El Santo Padre reconoce en su catequesis que la presencia de María
en las Bodas de Caná se convierte en clave determinante de lectura.
Ella toma la iniciativa y hace saber al Hijo que el vino se acaba.
Es la figura y la condición materna la que apremia a la acción,
porque ha conservado y meditado desde el comienzo cada uno de los
gestos, palabras e “intuiciones profundas de Jesús.” Para Juan
Pablo II, el Rosario “conserva toda su fuerza y sigue siendo un
recurso importante en el bagaje pastoral de todo buen
evangelizador”. En este itinerario “de anuncio y profundización”, el
misterio de Cristo se nos presenta de muchas maneras en relación
con la experiencia cristiana y la oración íntima y personal, para
“modelar al cristiano según el corazón de Cristo”. El Rosario es
el compendio del Evangelio, una forma de orar “de orientación
profundamente cristológica”. Repetir el “Dios te salve, María” es
también una “alabanza constante a Cristo, término último del
anuncio del Ángel y del saludo de la madre del Bautista: “Bendito
el fruto de tu vientre”, porque “el Jesús que toda Ave María
recuerda es el mismo que la sucesión de misterios nos propone una
y otra vez como Hijo de Dios y de la Virgen”.
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