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Santa Teresa de Lisieux: “En el corazón de la Iglesia, yo seré el
amor”

Santa Teresita de Lisieux
Nació en Alençon (Francia), el año 1873. Siendo aún muy joven,
ingresó en el monasterio de carmelitas de Lisieux, ejercitándose
sobre todo en la humildad, la sencillez evangélica y la confianza
en Dios, virtudes que se esforzó en inculcar, de palabra y de obra,
en las novicias. Murió el día 30 de septiembre del año 1897,
ofreciendo su vida por al salvación de las almas y el incremento
de la Iglesia. Fiesta: 1 de octubre.
Durante su vida, Teresa descubrió “luces nuevas, significados
ocultos y misteriosos” y recibió del Maestro divino la “ciencia
del amor”, que luego manifestó con particular originalidad en sus
escritos. Esa ciencia es la expresión luminosa de su conocimiento
del misterio del Reino y de su experiencia personal de la gracia.
Se puede considerar como un carisma particular de sabiduría
evangélica que Teresa, como otros santos y maestros de la fe,
recibió en la oración.
Santa Teresa del Niño Jesús no sólo es, por su edad, la Doctora
más joven de la Iglesia, sino también la más cercana a nosotros en
el tiempo; así se subraya la continuidad con la que el Espíritu
del Señor envía a la Iglesia sus mensajeros, hombres y mujeres,
como maestros y testigos de la fe.
Teresa es maestra para nuestro tiempo, sediento de palabras vivas
y esenciales, de testimonios heroicos y creíbles. Por eso, es
amada y aceptada también por hermanos y hermanas de otras
comunidades cristianas e incluso por muchos no cristianos.
(Juan Pablo II: Divina Amoris Scientia. Carta Apostólica
para la proclamación de Teresita de Lisieux como Doctora de la
Iglesia Universal).
De sus escritos
Para mí, la Oración es un impulso del corazón, una simple mirada
dirigida al cielo, un grito de agradecimiento y de amor, tanto en
medio del sufrimiento como en medio de la alegría. En una palabra
es algo grande, algo sobrenatural que me dilata el alma y me une a
JESÚS…
No poseo el valor para buscar plegarias hermosas en los libros; al
no saber cuáles escoger, reacciono como los niños; le digo
sencillamente al buen Dios lo que necesito, y Él siempre me
comprende…
Lo que me impulsa a ir al Cielo es el pensamiento de poder
encender en amor de Dios una multitud de almas que le alabarán
eternamente…
Mi caminito es el camino de una infancia espiritual, el camino de
la confianza y de la entrega absoluta…
Yo nunca aconsejo nada a nadie sin haberme encomendado a la Virgen
Santísima. Ella es la que hace que las palabras que digo tengan
eficacia en los que las escuchan…
La vida es un instante entre dos eternidades…
¡Qué grande es el poder de la oración!. Se diría que es una reina
que en todo momento tiene acceso directo al rey y puede conseguir
todo lo que le pide…
La Santísima Virgen me demuestra que nunca deja de protegerme.
Enseguida que la invoco, tanto si me sobreviene una inquietud
cualquiera, un apuro, inmediatamente recurro a ella, y siempre se
hace cargo de mis intereses como la más tierna de las Madres…
Después de mi muerte, haré caer una lluvia de rosas…
Voy a pasar mi Cielo haciendo el bien en la tierra…
Yo no muero, entro en la vida…
De su autobiografía: “Historia de un Alma”
Teniendo un deseo inmenso del martirio, acudí a las cartas de san
Pablo, para tratar de hallar una respuesta. Mis ojos dieron
casualmente con los capítulos doce y trece de la primera carta a
los Corintios, y en el primero de ellos leí que no todos pueden
ser al mismo tiempo apóstoles, profetas y doctores, que la Iglesia
consta de diversos miembros y que el ojo no puede ser al mismo
tiempo mano. Una respuesta bien clara, ciertamente, pero no
suficiente para satisfacer mis deseos y darme la paz.
Continué leyendo sin desanimarme, y encontré esta consoladora
exhortación: Aspirad a los dones más excelentes; yo quiero
mostraros un camino todavía mucho mejor. El Apóstol, en efecto,
hace notar cómo los mayores dones sin la caridad no son nada y
cómo esta misma caridad es el mejor camino para llegar a Dios de
un modo seguro. Por fin había hallado la tranquilidad.
Al contemplar el cuerpo místico de la Iglesia, no me había
reconocido a mí misma en ninguno de los miembros que san Pablo
enumera, sino que lo que yo deseaba era más bien verme en todos
ellos. En la caridad descubrí el quicio de mi vocación. Entendí
que la Iglesia tiene un cuerpo resultante de la unión de varios
miembros, pero que en este cuerpo no falta el más necesario y
noble de ellos: entendí que la Iglesia tiene un corazón y que este
corazón está ardiendo en amor. Entendí que sólo el amor es el que
impulsa a obrar a los miembros de la Iglesia y que, si faltase
este amor, ni los apóstoles anunciarían ya el Evangelio, ni los
mártires derramarían su sangre. Reconocí claramente y me convencí
de que el amor encierra en sí todas las vocaciones, que el amor lo
es todo, que abarca todos los tiempos y lugares, en una palabra,
que el amor es eterno.
Entonces, llena de una alegría desbordante, exclamé:
“Oh, Jesús, amor mío, por fin he encontrado mi vocación: mi
vocación es el amor. Sí, he hallado mi propio lugar en la Iglesia,
y este lugar es el que tú me has señalado, Dios mío. En el corazón
de la Iglesia, que es mi madre, yo seré el amor; de este modo lo
seré todo y mi deseo se verá colmado”.
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