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La transformación de la cruz en fuente de vida

P. Pedro Corces

El domingo 14 de septiembre celebramos la Fiesta Litúrgica de la Exaltación de la Santa Cruz. No es común que estas fiestas caigan los domingos, pero así fue este año. Las lecturas de ese domingo fueros las propias de tal celebración. Se rompió el ciclo de lecturas del Evangelio de San Marcos propio del Ciclo C, y la Liturgia de la Palabra nos lanzó de vuelta a los brazos del Evangelio de San Juan. Lo primero que me llamó la atención fue la combinación de estas dos palabras: “exaltación” y “cruz”. “Exaltación” habla de algo que es suspendido en alto, elevado para ser admirado, adorado, y hasta deseado o buscado. Algo que en sí es bueno. Cuando se habla de “cruz”, se piensa en dolor, soledad, angustia, muerte y abandono. Como que, a primera vista, estas dos palabras no pueden ir juntas. ¿Cómo la cruz va a ser algo que hay que desear, buscar, adorar como bueno, positivo? Parece haber una contradicción en la unión de estos dos términos.

En la Cruz y por medio de la Cruz
El dolor siempre va a llegar a nuestras vidas, nos guste o no. Es parte del vivir como humanos. Es parte de la propia vida. ¿Qué hacer cuando llega? El hombre o la mujer sin fe se dejan vencer por el dolor; hay un rechazo absoluto, permanente, y hay amargura, aislamiento. Ya no se puede amar más, rezar más, reír más y hasta vivir más. Pero el hombre y la mujer de fe, aunque al principio puedan responder como los que carecen de ella, una vez recuperados del golpe comienzan a ver el dolor, la cruz, con ojos diferentes, y comienzan a descubrir un tesoro escondido a los simples ojos humanos.

¿Cómo vio y abrazó Jesús de Nazaret su cruz? Para Él fue una oportunidad de crecer en el amor, en el perdón, en la confianza en el Padre. Para Jesús, la cruz, fue el momento de prueba, de crecimiento, de darlo todo o nada. En la cruz y por medio de la cruz, Jesús alcanza la reconciliación de la Creación con su Creador. Si Jesús hubiese rechazado la cruz, todo lo dicho y hecho se hubiese perdido. Todo hubiera sido en vano. Hubiese negado su propia existencia. Pero Jesús asume la cruz como el momento culminante de entrega total y absoluta al Padre y a toda la Creación. Por eso puede ser su Cruz exaltada, amada, buscada y hasta deseada. Es la fe de Jesús en el Padre lo que lo ayuda a abrazar la cruz de esta forma tan radical.

Cada momento en que llegan el dolor y la soledad a nuestras vidas, es un momento de opciones. O lo abrazamos como Jesús abrazó su momento y crecemos, nos empinamos más y más en el Amor y la Esperanza, o rechazamos la Esperanza y afrontamos la consecuencia de dicho rechazo: seguir viviendo una fe superficial, sin sentido, egoísta, para resolver el problema del momento, sin capacidad de entrega radical;  o peor aun: nos aislamos de los otros, de Dios, y vivimos una existencia llena de amargura y soledad.  Nuestras cruces, unidas a la Cruz de Cristo Jesús, se convierten en fuentes de vida y entrega a Dios y a los otros.

 

Si esto no es fe, ¿qué es, entonces?
Muchos en Miami conocemos al P. Cristóbal de Paula y la tragedia que sufrió su familia hace unas cuantas semanas en República Dominicana. Murieron su papá y sus tres sobrinos pequeños en una explosión de un tanque de gas para cocinar. Es una de esas pesadillas que parecen imposibles, pero que ocurren en la realidad.

El P. Octavio Colomina y yo asistimos al final de novenario por el padre del P. Cristóbal. Tuvimos la oportunidad de compartir con su mamá y su hermano, el padre de los niños fallecidos. Su mamá, Felicia, es una mujer sencilla, bella por dentro y por fuera. Una mujer que, durante toda su vida, ha confiado totalmente en Dios, y esperado todo de Dios. Una mujer limpia de corazón. Allí nos contó al P. Octavio y a mí lo que iba a hacer: “Toda mi vida he ayudado a otros más pobres que yo, porque siempre hay alguien peor que uno...Yo no voy a permitir que esta tragedia me apague el deseo de hacer el bien; al contrario, ahora que todos se han ido, tengo más tiempo que nunca para hacer algo bueno por otros; voy a buscarme a una viejita, a un enfermo, a alguien que necesite mi ayuda, y allí voy a ir, a darme a otros”. Y añadió: “Cuando siento que me voy hundiendo en un hueco oscuro y sin fondo, me tiro al suelo, donde esté, y le pido a mi Jesús que me saque, que me hale por el brazo y me saque.”

Estaba sentada. Y se levantó su falda negra hasta las rodillas. Tenía dos callos, casi ya dos llagas, de rezar, pidiéndole fuerzas a Jesús para que su dolor se transformara y no acabara con ella y su mundo. Si esto no es fe, ¿qué es, entonces? Si esto no es otra cosa que la transformación de la cruz en fuente de vida para otros, ¿qué es?

P. Pedro Corces